Odio el sonido del Whatsapp!!
Ya puedo enmascararlo con cualquiera de los diferentes tonos que me ofrecen, que no puedo con él.
Y ya no sólo el sonido del mío propio, sino del de todos los que me rodean.
Obsolescencia programada para él!!

Con lo que me gustaba sin embargo, el sonido de los SMS
Sobre todo el de ese mensaje que esperabas con ansia, y que puede que tuviese el contenido mis irrelevante del mundo, pero que te mandaba ella, y que en el momento en que te llegaba, se te ponía la mayor cara de tonto del mundo, cosa que a ti te daba igual, porque ella te había contestado, y eso era lo más importante del mundo.

Ahora, sin embargo, esa magia se ha perdido –en parte, que todavía sigue habiendo whatsapp que animan–, entre otras cosas porque lo usamos para todo. Y ahí es donde se pierde la magia.
Las cosas tienen que tener un cierto valor para que se las aprecie. Un cierta exclusividad, si queréis mirarlo así mejor. Que su uso tenga una importancia, aunque sea pequeña, que les diferencia de las acciones cotidianas que nos rodean y que hacemos de manera casi instintiva.

Ese SMS que tenías controlado al milímetro para expresar en 160 caracteres todo lo que querías decir. Porque además, en este caso en concreto, además del valor que deben tener las cosas, había a mayores un valor económico, y como te pasases un carácter –o se te escapase un acento, no os olvidéis–, mensaje nuevo que te cargaban en la factura.
Además, en ese momento, ya no sólo maldecías tener que pagar dos veces, sino que encima te dabas cuenta que habías mandado un SMS con uno o dos caracteres solamente. Con la de cosas que te habías dejado en el tintero en el anterior!!

Auténticas obras de ingeniería civil se han realizado en las redacciones de los SMS. La escasez agudiza el ingenio, indudablemente, y nuestra capacidad de reducción estoy seguro que fue lo que inspiró a la nueva alta cocina en la elaboración de sus nuevos platos.
En cambio ahora, da igual. Te puedes permitir hasta el lujo de equivocarte de palabra sin que te importe. Total, puedo mandar otro inmediatamente después con la corrección hecha (o no, porque la verdad es que somos vagos hasta para eso).

Y ya no os digo nada de las cartas.
Ahí, más que problema de espacio, lo que había era un problema de tiempo. De tiempo de respuesta, para ser más concretos.
Pero una cosa os puedo asegurar, para quienes no hayáis disfrutado del placer de cartearse con alguien, creo que pocas cosas había más reconfortantes que recibir una carta. De verdad.
Y además, cuántas y cuántas grandes historias se han escrito a través de ellas.
Me gustaría retomar la costumbre de mandar alguna de vez en cuando –y de hecho lo hago, ¿verdad, Vir?–. Pero hacerlo con más asiduidad. Porque estoy seguro que algo de esa alegría que se sentía al recibir una, aún queda.

Ya lo decía Don Julio Iglesias:
“A veces llegan cartas con sabor a gloria, llenas de esperanza”
Y no seré yo quién le diga que no tiene la boca llena de verdad.

Besos para ellas y un abrazo para los demás.
Se os quiere y lo sabéis.

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BUENOS RECUERDOS
LAS COSAS SENCILLAS NOS FACILITAN LA VIDA