Seguimos con mi cambio de vida. De vida, y de forma de ver la misma.
De sus usos y sus costumbres. De lo cotidiano y lo extraordinario. De lo que fue, de lo que es, y de lo que será.

Y en esta nueva vida, Madrid está muy presente. Así que de nuevo he estado allí esta semana, durante la cual me han dado una noticia que ha trastocado mi percepción de la felicidad: cierran las tiendas de los VIPS.

Para mí eran un oasis de felicidad, porque significaban Navidad, vacaciones, escapadas sin sentido… Nada me gustaba más que pasarme por allí para echar una ojeada a todo lo que tenían.
¿Qué podía haber más placentero que encontrar una edición Taschen de un libro sobre carteles de películas de los años 60 o de dibujos de Norman Rockwell a precios irrisorios? Montañas de dvd’s en un cesto que casi se vendían al peso, discos antiguos de los que nadie se acordaba, y que eran pequeñas joyas olvidadas por el paso del tiempo, utensilios de papelería, productos de electrónica, revistas… Todo un catalogo de elementos para comprar de forma compulsiva y totalmente innecesaria, que es, a su vez, la más satisfactoria.

Me fui a despedir de ellas acercándome a la que hay en Fuencarral (perdón por serte infiel, mi querida tienda de Orense), y el alma se me cayó a los pies al ver las paredes ya completamente desnudas. Con las marcas de las estanterías, que antes las habían vestido, marcadas en el suelo. Sólo un par de mesas con algunos libros indicaban lo que antes fue un lustroso pasado, convertido ahora en desolador presente. Aturdido salí por la puerta, instantes después, tras pensar en lo que mis ojos acababan de ver.

Tras los cierres de Crisol y Madrid Rock, las tiendas VIPS eran el último vestigio de lo que a mí, un muchachito de Valladolid, más le sorprendía de la capital: “colmados” de ocio.
No eran librerías, no eran tiendas de música, no eran tiendas de regalos. Eran un mix de todo ello, que además estaban distribuidas por toda la ciudad para acudir en tu ayuda allá donde estuvieses.
De ellas han salido gran cantidad de mis regalos de Reyes “importados” de Madrid; gran parte de los libros y películas que hoy se amontonan en las baldas de mi casa; un número significativo de vinilos, cd’s –e incluso algunos que otro cassette– de mi colección de música.

Para honrar su memoria decidí brindar al sol con un cuarto de un Vips Club que me pedí para comer –por aquello de que las penas con pan son menos penas– según volvía a casa.
Salud!!

Besos para ellas y un abrazo para los demás.
Se os quiere y lo sabéis.

P.D.: menos mal que al igual que unos se van, otros llegan, y el espacio dejado en mi vida ha sido rápidamente ocupado por las bravas, los boquerones adobados y el vermú de La Tierruca. Gracias por el descubrimiento, Pibe. Confiaba plenamente en ti, a pesar de lo que ha costado!!

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