En mi carrera por convertirme en un señor que “va a acabar saliendo a la calle con chistera”, me he dejado bigote.

 

De los de verdad. De los que se peina con un utensilio destinado a tal efecto. De los que lucieron con igual orgullo ricos y pobres, altos y bajos, gordos y flacos durante muchos siglos, hasta que el señor Gillette decidió que el vello en la cara de los hombres no quedaba bien.

Ha sido, como de costumbre, una idea meditada, pensada seriamente, sin prisas, sopesando pros y contras, en el tiempo en que la maquinilla tardaba en llegar, con ímpetu, de la patilla al mentón. Como veréis, una decisión desarrollada cual estadista.
¿Cuántas grandes ideas se han desarrollado en el mismo tiempo?
Seguro que por lo menos, dos. El que se afeitaba en dirección contraria a la mía, y decidió un día inventar las patillas, y el que dudaba si dejarse o no barba, y a mitad de camino de decidir que no, se arrepintió, y descubrió la perilla.

Y con semejante apósito facial decidí salir a la calle hace ya unos días; con dudas –incluso diré que con miedo–.
¿Qué pensará de mí la gente? ¿Me reconocerán? ¿Me venderán una bolsa de cotillón con sus míticas gafas con bigote, sin bigote?
Todas estás preguntas asaltaban mi cabeza, y me aturdían. Por un momento sentí un cierto mareo por la incertidumbre.

¿Primeras impresiones?
Algún que otro vecino sorprendido. Éxito en mis primeros encuentros frontales con amigos. Miradas de soslayo por parte de algún que otro transeúnte no acostumbrado a tal belleza decimonónica. Incluso el desmayo de una dama a mi paso, pero creo que eso no tuvo que ver conmigo.

Por supuesto, las primeras comparaciones.
Que si soy el patrón del cartel de Medellín, que si soy el frontman de Queen, que si el vecino de mi abuelo tenía un bigote igual… Qué no, que yo con bigote, soy yo con bigote. Qué más quisiesen esos señores haberse parecido a mí (sobre todo el vecino del abuelo). Para gustos, los colores, y para bigotes, ¡¡El mío!!!

Y a todo esto, ¿cómo me sentía yo?
Siempre he sido yo muy fan de jugar con los pelos de mi cara. Perilla, mosca, barba corta, barba larga, patillas… Incluso durante una época, y como consecuencia de un despiste, llevé una patilla sí y una patilla no; pero nunca había tenido bigote fuera de un mes de noviembre. Y he de decir que estoy cómodo con él.
Me gusta atusarlo y darle forma en las puntas, intentando darle aún más prestancia, más porte, más aire aristocrático, pero he de decir que no es fácil conseguirlo. Tendré que lanzarme a la siguiente aventura, que no es otra que ir a comprar algún producto específico, con el riesgo que eso conlleva, dado lo fácil que soy de “convencer” por cualquier tipo de dependiente, vendedor, tendero, y ya me estoy viendo con una bolsa más llena que la cesta de Navidad de un alto directivo

 

Así que ya sabéis, si alguien no está de acuerdo con esto, igual le hago elegir entre plata o plomo…
Feliz Navidad a todos!!

 

Besos para ellas y un abrazo para los demás.
Se os quiere, y lo sabéis.

 

 

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