Hay días en los que sientes que las cosas se tuercen, que nada te sale como querrías y que de un momento a otro alguien te va a decir: “Recoge tus cosas y vete”, y te vas a ver con esa típica caja marrón con aberturas en los lados a modo de asas, y en la que llevas una planta, papeles diversos y una grapadora –que además no es tuya–, yéndote no se sabe muy bien a dónde, porque ni siquiera sabes de dónde te están echando. Días en los que parece que el mundo pasa de ti, y hace como si no existes.
Son días que denominaremos, sin más, “Días de mierda”.

Todos tenemos de vez en cuando uno, y en ese momento sentimos sobre nuestras espaldas el peso de todos los problemas de la humanidad, que están a punto de aplastarnos, porque no somos Atlas y no tenemos la capacidad de sujetarlos.
No te gusta la gente, no te gusta la ciudad donde vives, no te gusta tu trabajo. Ni siquiera te gusta la cara que ves delante del espejo cuando te pones delante de él.
El café amarga demasiado, el azúcar empalaga, el agua no refresca, el sol no calienta. Nada es como debería ser.
Las horas duran más minutos. El día se ha propuesto perpetuarse en el tiempo más de lo que debería, sólo por alargar tu sufrimiento.

Parece que no hay solución a ningún problema, ni siquiera a los más leves. Esos que en otro momento ni te plantearías pensar en ellos, pero que hoy, en vez de ser un granito de arena son una pesada losa cayéndote con fuerza, y que no tiene ni la decencia de avisar. El golpe, mejor si es de sorpresa, así hace más daño.
Se te ha olvidado quitar la alarma, y a pesar de ser festivo, te has despertado como cualquier otro lunes del año. El microondas se ha parado dejando la taza al fondo, con el asa hacia atrás, y no hay manera de cogerla sin quemarte los dedos. El iPod, a menudo tan acertado con las canciones en aleatorio, te está repitiendo una tras otra todas esas canciones que odias por un motivo u otro… Mierda!!
Y estos sólo son los problemas sin ninguna importancia. De los otros mejor no hablamos, que cada uno tiene los suyos propios.

Pero en estos casos hay que ser todo lo positivo que se pueda y pensar que, como dijeron mis amigos de Chloe, “Nunca llueve eternamente”.
Que si hay días de este tipo, es para que te des cuenta que los días buenos ganan por mayoría, y que por esa cotidianidad no los sabemos apreciar. Que si el camino se torna oscuro hay que sonreír para iluminar el sendero. Que la suma de pequeñas cosas positivas hacen que los grandes males desaparezcan casi sin darte cuenta.

Así que ya sabéis, si tenéis un día de mierda, vividlo sin bajar la cabeza. Sonreíd, aunque sea con careta, para así engañar al destino y que se vaya a amargar la vida al siguiente, en vista que contigo no puede. Rodeaos de aquellas pequeñas cosas que te hacen sentir bien.
En una palabra, vivid. Porque sí amigos, esto es la vida. A veces hay días buenos, y a veces los hay malos, y hay que saber afrontar ambos.

Besos para ellas y un abrazo para los demás.
Se os quiere y lo sabéis.

P.D.: además, ¿para qué valen estos días de mierda? Pues sin duda, para ver Love Actually

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