Brigadoon, Levando anclas, Un día en Nueva York, Lilí… Por supuesto Cantando bajo la lluvia. Y sobre todo Un americano en París. Todas, grandes clásicos del cine musical.
Desde hoy a esta lista le añadiré La La Land. Se lo merece sin lugar a dudas.

Es una película de 2017 pero que perfectamente podría haber firmado cualquiera de los grandes estudios de los ’50, y que bien podían llevar la firma Minnelli o Donen; aunque en este caso lleva la de otro que se está destapando, para mí por lo menos por las temáticas que suele usar, como alguien a quien le prestaré atención cada vez que estrene peli, y no es otro que Damien Chazelle (el de Whiplash, sí).

¿Que por qué me ha gustado? Pues a ver por dónde empiezo…
Ya de por si me gustan las películas que hablan de cine. También me gustan las películas que hablan de música. Me gustan los musicales. Las películas románticas. El jazz. Me gusta Emma Stone… Y ésta tiene todo esto.
Hasta ha conseguido que me congratule otro poco con Ryan Gosling, que me parece un soso (esto me puede costar más de un improperio, pero leed de nuevo, por favor, “me congratule otro poco”, lo que quiere decir que ya me había congratulado con él).

Me ha gustado porque ha conseguido que durante su metraje me hayan dado varios escalofríos de esos que nacen en el estomago, recorren la espalda hasta situarse en el cogote y hacen que se empañen los ojos, se despeje la nariz, y que el cerebelo se convierta en un generador de sensaciones formidable.
Estos escalofríos son para mí como las estrellas que les den los señores de Michelin a los restaurantes. Y ésta ha tenido 5 escalofríos. Ahí es nada!!!
(uno de ellos, doble, que yo creo que es la primera vez que me pasa, o por lo menos no recordaba que me hubiese pasado).

Que el jazz suene con fuerza me ha ayudado mucho a esto, porque no me lo esperaba, y porque por algún motivo, tras haber acabado con las revisión de los Conciertos de Año Nuevo, he pasado a escuchar jazz otra vez de forma compulsiva –está sonando de fondo, mientras escribo, Somethin’ Else, de Cannoball Adderly–, buscando nuevas variantes (viene en camino Getz/Gilberto, que espero que me descubra cosas “nuevas”, además de La chica de Ipanema). Así que que la partitura de Justin Hurwitz sea hilo conductor, es un acierto.
Y es que la música es tan importante para una película (tanto su banda sonora como su score), que probad a ver una sin ella… Es otra cosa completamente distinta. Y la de ésta, es muy buena.

Y tiene escenas de una sola toma; y usa muy bien el travelling; y cuenta con unos grandes escenarios reales y unos mucho mejores de cartón piedra, en claro homenaje a los musicales de los que hablaba al principio. Y una historia, que no por manida en su concepción principal, deja de gustar… De esas de las que te hacen salir del cine contento. Y, y, y…
Y porque yo también quiero montar un club de jazz y que Emma Stone se enamore de mí (como dirían The Beach Boys, God only knows… lo que me gustan las pelirrojas).

 

Besos para ellas y un abrazo para los demás.
Se os quiere y lo sabéis.

 

LA LA LAND 2ª PARTE (y las que quedan)

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