Feliz año nuevo a todos!!

En un día como hoy solía escribir sobre alguna de mis historias tradicionales navideñas, y hoy, aunque no lo voy a dejar de hacer, sí lo voy a hacer para hablar de uno de los grandes clásicos navideños de los últimos años. The Holiday.

Y sí, en parte es porque la acabo de ver en La1 por, ni sé ya la cantidad de veces; pero también porque en una boda a la que asistí hace poco, tuve la suerte de compartir mesa con mi amiga Carmen, y salió en la conversación una cosa de esta peli, y le prometí que en algún momento hablaría de ello por aquí.
Así que va por ti, Carmenchu!!

 

Empecemos por el principio, sin dobleces ni ambages, para dejar las cosas claras, estamos ante una pastelada de tomo y lomo.
Si esto ya te impide valorar la película, porque para ti esto no es arte, deja de leer. Ya nos veremos en la siguiente crónica (aunque en probable que nunca hable de ninguna película lo suficientemente sesuda para ti, superior intelectual).

Estamos delante de una película de esas que se han pensado para que te sientes en una butaca y durante dos horas no pienses más allá que lo justo para mantenerte dentro del hilo argumental, y disfrutes.
Todo es bonito, feliz, con entornos agradables. Hay un guapo y una guapa. Otra guapa (para mi más que al primera, también os lo digo) y el amigo gracioso. Un secundario de lujo que le da una base sólida a una de las parejas protagonistas. Niñas cuquis, Navidad, un jeta de la vida que se aprovecha de el amor enfermizo que sienten por él, una novia fresca… Vamos, que lo tiene todo para convertirse en un clásico del cine romántico.

Y funciona.
Porque estas películas no tienen que hacer nada más para cumplir con su cometido. Simplemente juntar unos arquetipos con los que muchos se(nos) pueden(podemos) sentir identificados, y desarrollar un argumento más o menos con sentido y ritmo, que enlace estas tramas de chico-chica en crisis amorosa, que se encuentran de forma casi casual (“encuentro cuco” que diría el gran Arthur), hasta llevarlas a un final feliz.
Además tiene algo que yo creo que es fundamental, y no es otra cosa que mezclar dos estilos de vida distintos: uno hortera y ostentoso, como es el americano,  con el clasicismo y las formas británicas (personalmente me quedo con las partes británicas de la ecuación), para dar equilibrio a la película.
Y por supuesto esto está acompañado de una bonita, al igual que el resto de la película, banda sonora –obra de uno de los pesos pesados del sector, como es Hans Zimmer–, y a la cual dan bastante protagonismo.

 

¿Que estas películas pueden nublar las mentes y hacernos creer que la vida es color de rosa siempre y que las cosas acaban saliendo bien porque sí? Pues puede ser. Pero para eso está el cine!!
Si sólo mostrasen la realidad, serían aburridas. Hay que alimentar las esperanzas y anhelos de tantos corazones rotos que hay vagando tristes por la vida, y mostrarles un halo de luz y esperanza aunque sea a través de una pantalla de cine.
Porque ¿quién no ha salido de ver películas de estas, y a pesar de estar más cerca de Jack Black, creerse Jude Law para intentar ligarse, en mi caso particular, a una Kate Winslet de la vida?
¿Quién no ha hecho el número del Señor Servilleta buscando hacer reír –y al mismo tiempo enternecer–, a su amada?
Si no levantas la mano, una de dos, o eres de otra raza que no es humana,  o eres uno de esos a los que recomendé dejar de leer al principio del post.

 

Besos para ellas y una abrazo para los demás.
Se os quiere y lo sabéis (y más en Navidad).

 

P.D.: Nancy Meyers, por Dios, ¿en qué momento se te ocurrió pensar que la última escena de la película era un buen remate para la misma? ¿”El tren del amor. Chuuuu Chuuuuuu”? Te lo perdonaremos por las primeras dos horas de metraje que tan acertadamente filmaste.

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NOCHE DE REYES
DE BIGOTES Y HOMBRES