03/08/2016

STRANGER THINGS

Acabo de terminar de ver esa descarada –lo cual nada malo significa– apología a los ’80 llamada Stranger Things, y he de decir que me ha gustado mucho.

Todo el mundo me la recomendaba, así que no me ha quedado más remedio que verla, a pesar de que había perdido la costumbre de ver series (eso sí, para hacerlo, me he dado de alta en Netflix, y no sé por qué me da que alguna más voy a empezar a ver de nuevo).

El comienzo del primer episodio, los primeros minutos, hicieron que me sintiera como Stendhal en Florencia, por culpa de los mareos y vaivenes que sentí (que me imagino que, como le pasó a él digan lo que digan, estuvieron producidos por la ayuda de algún factor externo).
Pero sea lo que fuere, desde ese mismo instante me sentí completamente atrapado por la historia.

Y me atrapó la historia, porque salvando las distancias obvias (tranquilos que no voy a soltar un spoiler tras otro, como hacen la mayoría de los que ven series), esa infancia –camino de la adolescencia–, fue la mía.
Vale que sólo la vivía en verano, cuando pasaba los meses estivales en un urbanización en la Sierra madrileña, pero yo crecí montando en bici con mi panda de amigos; usando walkie-talkies (que la mitad de las veces no funcionaban) para intentar comunicarme con ellos; o teniendo un tirachinas como única arma posible de destrucción masiva.
Que tres íntimos amigos, más una invitada especial, vivan lo que viven en la serie, es lo que todos los que crecimos en aquellos años deseábamos que nos pasase.

Teníamos mentes todavía muy inocentes y crédulas. Casi cualquier cosa que nos contaban, por muy inverosímil que fuese, nos parecía que podía ser real y nos podía suceder a nosotros.
Nuestra imaginación hacía que cualquier camino sin peligro se convirtiese de noche, y bajo ciertas circunstancias, en el sendero más tenebroso del mundo –que por supuesto había que pasar como prueba de fuego para dejar de ser un niño y convertirse en todo un hombre–. Que lo que de día era una piscina, sin más, pudiese ser, al ponerse el sol, la laguna más negra del mundo, capaz de albergar en sus profundidades, los monstruos mas aterradores de la tierra.

Que levante la mano quien no haya convertido su bici alguna vez en el Halcón Milenario o el Coche Fantástico; o no haya imaginado nunca que la suya, si las circunstancias así lo hubiesen requirido, habría sido capaz de volar como hizo la BMX de Elliott.
La mía, desde luego, pasó por todos esos estados, y algunos más.

Y éramos felices. Y estábamos fuertes y sanos, lo cual ha hecho que, a pesar de lo que pueda parecer, los de mi generación estemos teniendo un transito a la madurez más que aceptable en lo físico y en lo psicológico. Y disfrutábamos de todos y cada uno de los minutos del día con lo poco, o mucho, que teníamos.

Parece que con esto digo de nuevo aquello de “cualquier tiempo pasado fue mejor”, y no es así. Simplemente digo que a mí, mi pasado, me gustó mucho, y que esta serie me ha hecho recordarlo, y me ha hecho sentirme feliz mientras lo hacía.
Así que os recomiendo a todos que veáis la serie, porque estoy casi seguro que os vais a sentir identificados con alguno de los personajes, de una manera u otra.

Besos para ellas y un abrazo para los demás.
Se os quiere y lo sabéis.

 

P.D.: se la compara constantemente con Los Goonies, pero para mí, se parece mucho más a Exploradores.

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