Hace un rato tenía una duda sobre en qué aprovechar el tiempo del que dispongo al caer la noche, y dudaba entre ver el ya clásico de Ridley Scott “Blade Runner” o enfrentarme al folio en blanco (dónde habrá quedado ese folio en blanco de verdad, madre mía…)
Y he decidido juntarlo todo, porque voy a escribir de cine.

Situemos la acción allá por el año de nuestro señor de 1989. Época aquella en la que yo aún era un avezado estudiante que disponía del verano en su totalidad, para hacer con él lo que le viniese en gana sin preocupación alguna –y sin ser todavía el crápula en el que luego me convertí–, así que decidí emplear ese valioso tiempo en descubrir el que sería uno de mis grandes placeres… El cine.

Recuerdo que unos grandes almacenes con quien ahora mismo me encuentro muy descorazonado por el abandono a que nos ha sometido a los amantes del 7º arte, contaba con un estupendo videoclub al cual yo me dirigía cada tarde a alquilar nada menos que tres películas, gracias a una increíble promoción que había en aquella época.
Pero la parte realmente importante de eso, era quién me ayudaba a elegir las películas de cada día… Y ese no es otro que el genio de la radio, Carlos Pumares con su Polvo de Estrellas.

Él me enseñó a distinguir entre Wilder y Wyler, a saber que John Ford es el director más grande que ha dado la historia, que Stallone no es actor. Que a Greta Garbo, cuando rodó la ultima escena de La Reina Cristina de Suecia, le dijeron que pusiera “cara de nada”, e hizo, con esa “cara de nada”, la mejor interpretación de su historia. Con él descubrí Innisfree de la mano de El Hombre tranquilo (y con mi padre, que fue quién me regaló la película días después). He incluso aprendí que si vas al Festival de Sitges, debes llevar esa pastilla negra de jabón Magno, porque es el único que se disuelve con el agua de los hoteles de la ciudad.
Que no hay sonido de arpa más emocionante como el que da pie a Gene Kelly a empezar a entonar Singin’ in the rain, y que por supuesto la parte contratante de la primera parte, será considerada como la parte contratante de la primera parte…

Gracias a su manera de contar los entresijos del cine, las peculiaridades de los rodajes, la vida de los actores, y por supuesto, gracias a la resolución de manera instantánea de todas las dudas que le planteaban los oyentes, tras su famoso “Siiiiií, buenas noches, Digameeeeeé??“, yo fui cayendo poco a poco en ese fantástico mundo que ocupaba mis noches oyendo el programa y tomando nota, y el día, disfrutando de las películas que me proporcionaba, venga, digámoslo en memoria de aquellos días de vino y rosas, El Corte Inglés.

Pues así estuve durante los casi tres meses que duran las vacaciones de verano, lo cual quitando los domingos que no se abría, y algún día que me despistase, dieron lugar a unos 65-70 días alquilando tres películas cada uno de ellos, e hizo que mi concepto del cine, pasase a un nivel más allá del de ver las películas en blanco y negro, y en “glorioso” technicolor, que se emitían por la primera cadena, las sobremesas del fin de semana.

Y esto es lo que me ha venido a la cabeza en un día como hoy, en el que el dulce sabor del pasado ha aflorado en mi interior, llevándome a recordar uno de los mejores veranos de mi vida. Ese verano en que descubrí que a veces, la soledad es necesaria para determinadas cosas, y que no siempre es síntoma de aflicción ni olvido.

Como bien citaba muchas veces el mismo Carlos Pumares:
“Aunque ya nada pueda devolvernos la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no debemos afligirnos, porque la belleza subsiste en el recuerdo”.

Besos para ellas y un abrazo para los demás.
Se os quiere y lo sabéis.

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