¿Por qué veré El caso de Thomas Crown?
(la de Steve Mcqueen y Faye Dunaway, aunque también valdría la de Pierce Brosnan y Rene Russo)
Ya se me ha metido en la cabeza usar sombrero… Y creo que ya es lo único que me falta para hacer la regresión total al pasado.

 

Pero es que claro, uno ve este tipo de películas –de 1968– y no puede por menos que pensar en lo elegante que se vestía entonces (aquí alguno me dirá que soy un rancio, un anticuado, un tío chapado a la antigua, y todas las lindezas que se os puedan pasar por la cabeza, pero me da igual).
Además, dado que se desarrolla en Boston, y que gira entorno a un multimillonario cool y a la gente que le rodea, mejor aún, porque el vestuario es brutal.

Y es que por mí vestiría con un tres piezas Glen plaid todos los días –que además me evitaría el tener que pensar cada mañana qué ponerme, y con él podría ir donde quisiese–, que complementaría con un reloj cuya cadena atravesase el chaleco de un lado a otro, y un bonito mechero, guardado en el bolsillo cerillero de la chaqueta.
El habito no hace al monje, lo sé, pero puede ser un primer paso para serlo.

La única pega es que ni soy Steve McQueen, ni tampoco el Principe de Gales (que popularizó el Glen plaid), y en mi percha la ropa no queda igual por más que yo me componga (Dios me dio pelazo, pero se quedó un poco escaso de estatura), pero que no sea por no intentarlo.
Además, no hay nada que un buen sastre no pueda arreglar!!

Así que podremos –mientras el sastre me acaba el traje– ir probando con el reloj de bolsillo, el mechero, o quién sabe si con un pañuelo Ascot (Joven, cuando quieras, ya sabes).Y un sombrero, que me he empeñado yo con él, caramba!!

Que encima, en estos días en los que Noé se plantearía la construcción de un nuevo arca, me arriesgaría a parecer Humphrey Bogart –con cuyo físico sí que me siento más identificado– llevando junto a un Fedora una gabardina (trench para los que llaman muffins a las magdalenas) para protegerme de las inclemencias del tiempo, a pesar de vivir en un clima más parecido al de la Siberia de Miguel Strogoff que a la Casablanca de la película del mismo nombre. Y es que aunque reconozco que un paraguas en uno de los símbolos característicos del gentleman inglés, amén de ser un complemento muy útil para desempeñar la función para la que fue creado (“proteger de la lluvia”, no “ser olvidado allá donde se lleve”), no soy yo nada aficionado a él, por lo que un sombrero equilibraría esto.

 

De todas maneras, y a pesar de reconocer lo influenciable que soy cada vez que veo una película, leo un libro o escucho una canción, doy las gracias por sentirme más lobotomizado por El Talento de Mr. Ripley que por Las aventuras de Ford Fairlane.

 

Besos para ellas y un abrazo para los demás.
Se os quiere y lo sabéis.

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EL NUEVO ORDEN DE LAS COSAS