CALIENTA, QUE SALES


Tiempo de lectura: 3 minutos

Las historias tienen un principio y un final, y así deber ser. Estirarlas en demasía las convierte en aburridas y las hace perder el interés.
Así que os diré que, por fin, volví.

Y con ello volví a disfrutar de muchas cosas que hacía tiempo, demasiado, no disfrutaba.
El bullicio de la calle. El tañido de las campanas a las 12 del mediodía, oídas mientras caminas. El sabor de la cerveza bien tirada. El gusto de las aceitunas rellenas, que no saben igual que si las tomas en casa. Ver a las mujeres que convierten en más bella la ciudad… Y sobre todo, el calor de los amigos.

Te sientas con ellos alrededor de una mesa y la primera pregunta es obvia “¿Todo bien?”.
Así que tras un somero y conciso “Sí” empieza lo bueno. Historietas nuevas, historietas antiguas, e incluso historietas sin tiempo definido.
Entre “¡No fastidies!” y “¿De verdad?” las rondas se suceden como un día cualquiera.

Es increíble ver lo que se añora lo que te arrebatan, por muy pequeño y trivial que nos pudiese parecer. Y más aun cuando fue cercenado con la violencia de la guillotina de la Place de la Concorde, llamada de la Revolución en otros tiempos.

Seguimos.
Por lo que comenta AQUÍ el señor Pelaéz, en los bares vuelve a haber la tensión sexual propia de adolescentes, pero esta vez sin tener en cuenta la edad. Y eso me gusta. Me manejo bien en ese territorio de miradas cruzadas, acostumbrado durante muchos años a ligar desde la distancia de una cabina apartada del resto del mundo.
Así que saludas a unas y a otras. Ojeas a la de la mesa de al lado, y a la de dos mesas más allá. Hasta la sonríes. Pero en ese momento te das cuenta que llevas puesta la mascarilla, por lo que el encanto guardado durante los últimos meses, y desplegado en ese instante, se ha quedado en un tiro al aire.
Una pena, con lo cara que está la pólvora.

Aunque llegados a este punto, también os diré que me he vuelto relativamente huraño durante estos meses. Por no más motivo que la capacidad de adaptabilidad del ser humano (me niego a usar la palabra “resilencia”) que creó en mí una predisposición a saber vivir sin trato humano a mi alrededor. Simplemente para evitar así un sufrir innecesario por la imposibilidad de poder hacerlo.

Aunque esa “hurañez” se ha adherido fuerte en mí,  ya se ha empezado a despegar por una de las esquinas. Ahora sólo queda tirar de ella para quitarla del todo.

Y esto lo conseguiré a base de más encuentros, de más historias para ponerme al día, de más calor humano…  Pero con cuidado, porque teniendo en cuenta cómo me sentaron de bien las tres cañas del otro día, no quiero pensar como acabaré cuando me pase al licor escocés creado por dioses paganos, y éste recorra mi gaznate, arrastrando a su paso el polvo del camino acumulado tras el largo caminar por el desierto.

Habrá que ser comedidos, que para eso me he convertido en estos meses en una persona responsable.
Aunque la verdad, no hago más que escuchar una voz en mi interior que no para de decir “Calienta, que sales”.

 

Besos para ellas y un abrazo para los demás.
Se os quiere y lo sabéis

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Comments (2)

  • Eva Reply

    Jajajajaaj. Calienta que sales. Es flipante lo rápido que se recuperan las viejas costumbres. Yo estoy como un miura! Un mes y medio más y volveré para casa. Ya estoy calentando… miedo me da el “que sales” 😀 Y eso que también me he hecho responsable todo este tiempo. Pero nos vemos en los bares Paty!! :*

    19/05/2021 at 8:46 pm
    • Paty Varela Reply

      En mes y medio, además, estaremos vacunados hasta nosotros. Y ahí ya habremos ganado un poquito más de libertad.
      Por lo tanto, sí sí sí, sin duda, nos veremos en los bares, Evita!!!

      19/05/2021 at 8:50 pm

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