Estaba leyendo el último artículo de Javier Aznar, y en él escribía el autor que había descubierto un perfil de Instagram en el que se exponían cajas de cerillas, y que le tenía completamente enganchado.
Y esto me ha hecho pensar en lo que me gustan, ya no sólo las cajas de cerillas como tal, sino el usarlas siempre que puedo (y el tiempo no lo impide).

Creo que alguna vez he comentado que soy de esa parte de la sociedad que sale de casa con mechero y vuelve siempre a la misma sin él (la otra parte es la que sale de casa sin ninguno, y vuelve a casa con tres), así que de vez en cuando uso cerillas, que es a los amantes de los mecheros ajenos lo que que el Habanos a los pedigüeños de tabaco, o sea, Belcebú, Mefistófeles, Pedro Botero… Nadie te las quita, nadie te las pide, algunos incluso demuestran animadversión hacia su uso, su tacto, o su “complejidad” de manejo.
Mejor para mí, eso que gano.

Sí es cierto que no siempre son fáciles de usar, y que la probabilidad de que se apague antes de que cumplen el cometido para el cual fueron encendidas, es inversamente proporcional a la cantidad de ellas que queden en la caja, pero justamente ahí es donde se ve la capacidad real de una persona de triunfar en la vida. Si enciende algo de urgencia, con la última cerilla, es que ahí hay madera de triunfador. En estos pequeños detalles es donde se ve el aplomo y la sangre fría de las personas –en estos pequeños detalles y en otros, como pueden ser saber cuando empezar a usar los zapatos sin calcetines (sin congelarte) o ponerse el cordón de colores en las gafas de sol–.

Es fascinante ver el efecto que produce la fricción de la cabeza del fósforo contra una superficie rugosa (las cerillas modernas son un bluf, dado que sólo se pueden encender en su propio rascador, lo cual nos habría privado a los amantes del cine de ver como John Wayne o Clint Eastwood encendían cientos de ellas en los más insólitos lugares, desde suelas de botas hasta caras poco rasuradas). Ese fuego que tantos millones de años costó conseguir, se tiene al instante tras un pequeño e intenso chasquido que anuncia una combustión instantánea. Ese olor, ese color, ese humo purificante y adictivo, como el de un café recién hecho. Ummmmm

¿Por qué voy a usar cerillas existiendo el mechero?
Vale que un bonito mechero es un complemento casi perfecto, arma de caballero del S. XX –en extinción sin duda en lo que llevamos de S. XXI– pero mira a ver como enciendes una pipa con su cazoleta llena de tabaco Burley impregnado de un buen escocés… Y si lo consigues, habrás estropeado el agradable paladar producido por la mezcla del tabaco con el whisky con sabor gas –o gasolina en el peor de los casos–. O explícame como enciendes esa chimenea que usas para crear el ambiente bucólico perfecto en tus citas…
Así que no hay discusión posible a este respecto!!

Por lo tanto seguiré sintiendo fascinación por las cerillas, sus cajas, su uso, la personalidad que le imprimen a quien las usa; demostrando así de nuevo lo feliz que me hacen estas pequeñas cosas.

 

Besos para ellas y un abrazo para los demás.
Se os quiere y lo sabéis.

 

P.D: aprovecho las enseñanzas del señor Aznar para crear la imagen que ilustra este texto con imágenes del perfil de IG antes mencionado. Gracias por la información, caballero.

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