Os voy contar un secreto. Me enamoro perdidamente de una mujer que (me) cante.

Es una especie de hechizo en el que caigo rendido sin remisión. Rhiannon susurrándome una melodía.
Me parece algo de tanta belleza que no soy capaz de oponer resistencia.

Recuerdo hace unos años que una amiga me preguntó qué veía en Nina –cantante de Morgan–, dado que a ella no le parecía nada guapa (cosa que podríamos discutir, pero eso ya es otro tema). “¿No oyes cómo canta?“, fue mi respuesta.
Le podía haber enumerado una lista ingente de cosas para defender mi postura, pero lo consideré completamente innecesario, dado que esa somera respuesta que di era la razón principal.

Con música el cariño se vuelve más fuerte, el amor más intenso, la pena se comparte… Y estoy seguro que si me dijesen adiós así, el dolor sería hasta plausible.
Al cantar el alma se proyecta hacia el exterior y así se ve perfectamente cómo es esa mujer, sin ambages ni pliegues. Y escucharía ensimismado cada palabra salida de su boca. Y buscaría su mirada en el momento justo en que entona esa frase que nos gusta tanto a ambos, y que quizá significa más de lo que dice. Y si mi insolencia se atreviese, haría las armonías buscando una tercera o una quinta, sin tapar nunca la tónica –aquí soy sólo el oyente y nunca el ponente–.
Y lo haría con sus propias composiciones, pero también si cantase las de otros adaptadas a sí mismas, porque profeso auténtica devoción por ambos casos.

Aunque como tampoco es que pueda decir que me canten todas las semanas en privado, diremos, que para mi desgracia, lo que tengo son miles de amores platónicos detrás de grandes estrellas de la música, de cantantes camino de la fama, o de mujeres desconocidas que interpretan sus canciones en Youtube.

En Youtube, o en Operación Triunfo, que ha empezado de nuevo, y del que como bien sabéis, soy muy fan.
Cada vez que lo veo, pienso lo mismo, “si entrase como concursante me echarían por obnubilado”.
No creo que fuese capaz de concentrarme en otra cosa que no fuese en mis compañeras mientras estuviesen cantando; y menos aún, si como suelen hacer mientras cantan, tocan la guitarra o el piano.
Sería el peor participante de la historia, pero sin duda el mejor público del mundo. De esos a los que enfocan en los conciertos, y no consideran el parpadeo como una acto reflejo del cuerpo para evitar que se seque ojo.
Tendría tantas mariposas revoloteando en el estómago de manera permanente, que en vez de tener barriga, tendría papada.

En fin, que me gusta que me canten, y me apena que no lo hagan con más asiduidad.
Mientras yo seguiré entonando – quietecito y en silencio, aunque sea una incongruencia– aquellas canciones que quiero que un día me canten, a poder ser, al oído.

 

Besos para ellas y un abrazo a los demás.
Se os quiere y lo sabéis.

 

P.D.: la foto que ilustra este post es de una versión de Dreams – que tan maravillosamente cantaba uno de mis grandes amores platónicos a los que antes me refería y que no es otra que Stevie Nicks– en voz de uno de los mitos recientes, Leighton Meester.

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