DAWSON CRECE. ¿Y YO?
Soy reo de la nostalgia. No puedo escapar de ella por más que lo intente. Es mi particular Alcatraz, mi Sing Sing.
La pena actual que me toca cumplir, dentro del espacio temporal en el que me deja moverme mi condena, es ver de nuevo Dawson Crece.
Dado que mi memoria tiene un tupido velo desde aquellos años (en parte, gracias a aquellos mismos años), ver la serie ahora es, para mí, como verla de nuevo.
Poco recuerdo más allá del nombre de sus protagonistas, y de la pegadiza canción de Paula Cole con la que empezaba cada episodio.
La cuestión es que me está gustando.
Pero creo que porque la vida que llevan unos niños de 15 años, de un bucólico pueblo de Massachusetts, se parece más a la mía, ahora, que a la que tuve con esos mismos 15 años.
Ellos hablan de Matisse, de Degas, de Capra o de Bertolucci, con una soltura pasmosa. Se desenvuelven eficazmente en situaciones en las que, ahora mismo, tendría que hacer un esfuerzo. No ya resolverlas con soltura, sino para salvarlas por los pelos. Sus conversaciones son más profundas que las que mantuvieron por carta Freud y Fleiss.
Yo a esos años tenía suficiente con comer cuando tenía hambre y llegar de una pieza al viernes.
Mis aceleradas neuronas, mezcladas con un alto índice de testosterona, me permitían poder hablar y caminar al mismo tiempo, y poco más. Demasiado tenía con controlar de manera correcta la circulación de mi torrente sanguíneo, para que la sangre estuviese donde tenía que estar en cada momento, y no concentrada permanentemente en mi zona pélvica.
¿Alguien sabe qué tal les ha ido de adultos?
Lo digo porque como nunca es tarde, igual estoy a tiempo de crecer y seguir sus pasos. Si hay que reinventarse para no perder el hilo de las corrientes, ¿por qué no convertirme en un chico de Capeside?
El pelazo aún lo tengo.
Bromas aparte, me está asombrando la calidad de la serie.
Aunque sólo estoy en la mitad de la segunda temporada, creo que ha aguantado muy bien el paso del tiempo. Y eso sólo puede ser porque estaba bien hecha.
Son tramas que, si quitamos la obligatoriedad de ciertos temas adolescentes –porque al fin y al cabo era una serie para adolescentes–, son interesantes. Se trataba a la audiencia joven con respeto y no como niños de párvulos.
La duda que tengo es si a día de hoy calaría en ese mismo tramo de edad al que estaba dirigida igual de bien que lo hizo en su momento, o sería una serie de culto para pequeños grupúsculos.
Les preguntaré a ellos, porque estoy seguro que algo así lo resuelven Dawson y Joey durante un recreo cualquiera de un martes otoñal en Capeside High School.
Besos para ellas y un abrazo para los demás.
Se os quiere y lo sabéis.
P.D.: Con 15-16 años ya van clubes de jazz. A mí me tocó esperar hasta bien entrados los 30 para descubrirlo. Lo dicho, algo hice mal en mi adolescencia.

Comments (4)
Yo esa serie no la llegué a ver nunca, pero el año pasado volví a ver Friends y madre mía ¡cómo disfruté! Y si hablamos de adolescentes, confieso… También volví a ver Gossip Girl y disfruté como una enana (o adolescente). Ahora me planteo ponerme con Dawson crece.
No te puedo garantizar que si la ves ahora, sin haberla visto nunca, te vaya a gustar, Palo.
Creo que es importante el toque emocional de la nostalgia. Pero vamos, no seré yo quién te quite las ganas!!.
Y si no siempre se puede volver al Upper East Side con Blair y Serena, ¿no?
XOXO
Yo era muy fan de la serie, la vi con 15 y la he vuelto a ver hace un par de años y no me ha decepcionado en absoluto. Un besazo Paty!!!!
Vamos, que tú fuiste una auténtica y genuina chica de Capeside High School!!!
Un besazo, Martuqui!!