LA GRANJILLA

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LA GRANJILLA


– ¿Por qué dejamos de ir a La Granjilla, mamá?
– Porque a tu padre le dieron tres meses de vida, y era lo mejor para todos.

Tras oír esto he pensado lo que habría sido mi vida si aquello no hubiese sucedido.
Quizá, el haber pasado allí mi niñez entera –me fui a los 9 años, casi 10–, mi adolescencia, y probablemente parte de mi juventud, habrían hecho de mí una persona completamente distinta.

En lo primero que he pensado es que ahora mismo podría estar casado con una madrileña, por una simple cuestión de probabilidades.
Y lo segundo, es que puede que tuviese carnet de conducir. Dado que el amor todo lo puede, y de alguna manera habría tenido que resolver el problema de la distancia. Las relaciones por correo sólo le funcionaron a Don Benito Pérez Galdós y Doña Emilia Pardo Bazán.
De un plumazo, hubiese solventado mis dos grandes carencias sociales a día de hoy.

Volvamos a lo nuestro.
Si hay etapas que marcan una vida, la infancia es una de ellas. Más aún si es feliz.
La mía allí lo fue. Y mucho.

Para quien no lo sepa, La Granjilla es una urbanización situada en la sierra madrileña. Concretamente en Collado Villalba.
Y allí pasé unos maravillosos años.

De los más despreocupados, de los más felices, y, visto lo visto, de los que más recuerdos dejaron en mi memoria.
Los cuales se produjeron, en mi caso en particular, en poco tiempo. Porque, siendo sinceros, de los primeros 6 años de mi vida, me acuerdo más o menos como de los 6 últimos; nada.
Así que podemos concluir que hubo un periodo de unos 3 años, casi cuatro, que han conseguido que el reencontrarme con aquellos amigos que tuve hace 37 años, se haya convertido en uno de los grandes hitos de mi vida (que no es que haya sido la de un astronauta, pero aburrida tampoco).

Ha sido un acontecimiento que me ha llenado de alegría. En unos tiempos en que ésta no es que haga acto de presencia de manera habitual.
Y lo que es mejor, no sólo me ha pasado a mí, sino a todos aquellos que nos hemos juntado, y con los que compartí tardes y tardes de verano sentados en la valla de un “prao”, viendo pasar las vacas por delante nuestro. Esos amigos con los que disfrute de la piscina que nos enseñó por igual a nadar y a maquinar trastadas, hechas desde la más absoluta inocencia (a pesar que esto haya muchos que no se lo crean).

Durante esta primera toma de contacto se ha hablado de bicis, de motos, de alamedas en minúscula y Alamedas con mayúscula. De bloques numerados de 1 al 6, con sus cuestas y los vívidos recibimientos que en ellas se dispensaban (aunque también de sus tristes despedidas, bajo los acordes de Temblando y con medallas hechas de galleta como sustento vital para aplacar la pena).
Hemos hablado de chicas y de chicos que pasaron de ser niños a ser adolescentes, y de ahí a lo que viene después, que no tengo muy claro qué es. De vaquerías, kioscos, ultramarinos y bares que se hacían pasar por bibliotecas; y que servían brebajes de una calidad similar a la de una botella de licor de lagarto que nunca se acababa.
Hemos recordado jugadores de ajedrez permanentes. Mini-olimpiadas que no dejaban muy claro si en ellas primaba el Citius, altius, fortius, o bien la equidad por bandera (a excepción, claro está, de ese Equipo Negro siempre con el yugo de mediocridad sobre su cuello –siempre en mi corazón, ya lo sabéis–).
De mayores, medianos y pequeños, que cambiaban de grupo dependiendo del año, pero que siempre fueron uno, aunque en determinados momentos no lo supieran.

Pero sobre todo se ha hablado de padres y madres que se sintieron orgullosos de ellos mismos porque sus hijos pudiésemos disfrutar de aquello gracias a su esfuerzo.

Así que por todo esto, y mucho más que está por venir, desde aquí mando un fortísimo abrazo a todos ellos. Y les doy las gracias por haber hecho que recuerde aquello por lo increíblemente maravilloso que fue. A pesar de no haber, hasta la fecha, documento gráfico que acredite mi presencia allí.

 

Besos para ellas y una abrazo para los demás.
Se os quiere y lo sabéis.

P.D.: esto lo he escrito desde una de las más bellas ciudades del mundo, San Sebastián. Pero una cosa os digo, ahora mismo ningún lugar de la tierra superaría aquello, por muy bonito que fuera.

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Comments (2)

  • Agus Reply

    Pero qué me estás contando?
    Tú sabes que yo viví en La Granjilla desde 2001 hasta 2003?
    Era la época que entré a trabajar en el banco y trabajaba en Majadahonda. Y me compre una vivienda en La Granjilla.
    Años felices aquellos…

    20/07/2022 at 12:48 pm
    • Paty Varela Reply

      Pero qué me estás contando!!!
      Jajajajajajajajaja
      Qué pequeño es el mundo, desde luego…

      20/07/2022 at 12:56 pm

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