El primer recuerdo que tengo de La Pérgola es de hace ya muchos años, siendo un adolescente recién llegado a esa edad endemoniada para los padres –y de regocijo para los que la viven–, entrando con mi hermano Mario al grito de “Paul, una jarra de cerveza, una Coca-Cola y dos pinchos de pulpo“.

Era lo mejor que había en esas mañanas de verano en Valladolid, donde no había mucho mejor que hacer para entretenerse, en aquellos tiempos en los que estar en los bares confraternizando era un deporte nacional.
Era un lugar de encuentro –muy de moda por cierto–, en el que además no llegar a tiempo suponía no poder estar en la zona alta noble (todavía, a día de hoy, si te fijas, la puedes seguir viendo aunque ya no exista).
Era un lugar en el que había que estar. Y ya no sólo eso, sino que había que dejarse ver porque mucha de la reputación social se empezaba a ganar ahí, a base de echarle horas (los bares siempre han sido mucho de eso, por el motivo que sea).

Además es que se estaba, y se está, muy a gusto.
Por aquel entonces porque departías de lo humano y lo divino con otros como tú (yo era un mocoso, pero había que empezar a tomar nota de cómo funciona la vida en general), y a día de hoy porque pocos sitios hay en los que se respiré tanta paz y tranquilidad, y porque además es una estupenda manera de combatir los calores de verano para aquellos que no tienen piscina, o como en mi caso, aborrecemos el sol y el calor.

Hoy, además, me he traído el ordenador porque me veía con ganas de escribir algo en este enclave único, que más de uno quisiera para su ciudad, y que muchas veces los propios vecinos de la bella Valladolid no apreciamos como deberíamos porque no es Central Park, ni Hyde Park, ni siquiera El Retiro; pero tampoco esto es Nueva York, ni Londres, ni Madrid (por mucho que estemos a una hora en AVE, y por más que nos empeñemos), me he pedido una jarra helada de cerveza con limón, que además de refrescar, alegra el alma sin miedo a llegar a comer con el típico ligero melocotonazo provocado por la ingesta de alcohol con el estómago vacío, y aquí estoy disfrutando de todo ello, mientras escucho música completamente aleatoria, pero muy acorde con el estado de calma imperante alrededor de la fuente que preside la zona (estoy convencido que los señores de Apple han desarrollado el algoritmo que intuye lo que estamos haciendo en cada momento, y nos ponen la música perfecta para cada uno de ellos).
Y estoy en la gloria pura!!

No sé si quiero que se ponga de nuevo de moda, porque la verdad es que se está muy bien sin agobios y aglomeraciones, pero estaría también encantado que volviese a repuntar, además entre gente joven que no la conoce aún, para que viesen que muchas veces tenemos en casa lo que añoramos de fuera y no conocemos porque tenemos miedo a investigar un poco (yo el primero, que conste).

Así que a quien quiera, le invito a venir a conocerla. Y si además quiere contar con mi compañía, hasta septiembre estaré por aquí muy a menudo, a la hora de vermú.

 

Besos para ellas y un abrazo para los demás.
Se os quiere y lo sabéis.

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LLAVEROS
QUE 20 AÑOS NO ES NADA...