No debería hacer una crítica por tercera vez de la película, pero la voy a hacer, aunque simplemente de los últimos 10 minutos, que como dice mi amigo Alfredo, son “lo mejor en términos absolutos”.

 

“Siempre nos quedará París”, “Francamente querida, eso no me importa”, “Luke, yo soy tu padre”, son parte de la historia del cine, pero ese final que se produce tras el cruce de miradas entre Mia y Seb, a mí parecer,  no desmerece lo más mínimo a los antes mencionados como para no poder ser incluido en esa historia.

Y es que el final de La La Land, incomprendido por algunos, me parece tan perfecto, que quién no lo entienda es que pueda que no llegue a entender cómo es la vida nunca.

Porque la vida es eso, un camino de un sola dirección en el que un cambio de sentido no es más que una entelequia, un espejismo  que nunca tendrá una respuesta veraz, dado que, a excepción de Schrödinger que logró mantener vivo y muerto al mismo tiempo a su gato, nunca se podrá demostrar lo que pudo haber sido.
Pensar en el “¿y si…?” no es más que un ejercicio de imaginación, un cuento que escribir, una historia que desarrollar para uno mismo, como consuelo. Y puede que ni eso. Simplemente es la concepción de ese mundo paralelo en el que de vez en cuando pensamos, algunas veces con deseo, otras con melancolía, e incluso otras con alivio.

Ese “ver pasar la vida por delante en un instante” a través de ese cruce de miradas, que se produce al final de la película, es soberbio. Es otra película en sí mismo. Y no por ser distinto, es mejor o peor, es simplemente eso, distinto.
No hay reproches en esa mirada. Ni anhelos, ni desengaños. Sólo dice “esto podía haber sido así, pero nuestros caminos tomaron sendas distintas. Sin dramas. Vamos a pensar en ello un instante, pero sólo para darnos cuenta de que las decisiones tomadas fueron las correctas”

Porque yo creo que Mía y Seb estuvieron juntos cuando tuvieron que estarlo, a pesar de ese otro final que nos plantea el señor Chazelle. Me parece perfecta esa decisión tomada, a pesar de evitar con ella el happy end que muchas veces algunas películas imponen por decreto.
Y es que además creo, como he dicho antes, que este final es igual de “happy” que el otro. Es el cierre del círculo que comenzó y terminó en un bar, con un hombre sentado enfrente de su piano, mientras una mujer escucha una canción –la misma en ambas ocasiones (Mia & Sebastian’s theme, de hecho)–.
Una mirada, una media sonrisa, y una leve inclinación de cabeza a modo de saludo, es la despedida perfecta. El epílogo de una gran historia contada en una grandísima película, que espero y deseo perdure en el tiempo y en la memoria.

 

Besos para ellas y una abrazo para los demás.
Se os quiere y lo sabéis.

 

 

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