Verano, el polo de rugby de Benetton verde y blanco, chicas con minifalda y Castellanos, un Vespino, Elena…
Esto es para mí Dos Imanes, aunque bien lo podría ser Hombres G en general.

Porque Hombres G es la quintaesencia del pop, con sus canciones de estrofa y estribillo, de música sencilla y letras pegadizas. Con sus discos publicados en verano –año tras año, mientras la inspiración (y la venta de discos) duró–, y devorados por los que fuimos adolescentes en aquellos años en los que todavía se compraba música y se hacían LP’s para escucharlos enteros, y no canciones sueltas de usar y tirar como ahora –más de usar y tirar que sus propios interpretes–.

Porque ¿quién no ha abierto sus libros viejos del colegio, y vio “su nombre” escrito en aquella página que no recordaba cuál era?
Eso es Dos Imanes. Un recuerdo de colegio, de un antiguo amor que decoró páginas y páginas de libros de texto mirados con desgana, pero tuneados desde el corazón adolescente de quién pensaba permanentemente en alguien a quien amaba, cuando el concepto de amar era tan puro e inocente que sentirlo era una bendición.

Los Hombres G eran los reyes en plasmarlo y escribir sobre él. Sus discos, y por ende sus canciones, eran el reflejo de la juventud. Eran un diario sin nombre, pero con tantas referencias que cualquiera podía hacerlo suyo. Chicas, fiestas, noches de juergas, amaneceres en la playa –o en Venezia–.
Y esas historias siguen tan vigentes que 30 años después siguen levantando pasiones y creando las mismas sensaciones que entonces.

Dos Imanes fue una cara B, que en su momento no pasaba de ser una de las preferidas de los fans acérrimos, pero una de esas “grandes desconocidas” para los demás, que con el tiempo se convirtió en himno de un grupo lleno de himnos. Una canción escondida en ese disco que portaba al Burt Lancaster de “El halcón y la flecha”, y que tenía algunas de las insignias clásicas del grupo como son “Visite nuestro bar”, “Indiana” o “Marta tiene un marcapasos”. Pero que también tenía algunas de las “otras” como “Te quiero”, “En la playa” o esa declaración de que no es oro todo lo que reluce que es “La carretera” (memorable la versión que hizo Antonio Vega, por cierto).

Recuerdo el día que conocí en persona a los Hombres G en el backstage de uno de los múltiples conciertos que han dado en Valladolid, gracias, por supuesto, a Alberto Guerrero y a mi hermano Mario, que me abrieron la puerta. Yo ya no era ningún adolescente, pero la emoción que sentí en ese momento fue indescriptible. Estaba junto a las personas que habían dado voz, con sus canciones, a mi juventud. Y no sabía qué decirles, así que fueron ellos los que me acabaron hablando a mí y dándome las gracias por mi fidelidad. Y lo hicieron de la manera más natural, simpática y agradable que se puede desear.
Y eso es lo que me hizo quererles aun más. Esa cercanía fue un punto más a su favor, a sumar a un casillero ya repleto de puntos.

Ni que decir que sus discos ocupan una parte importantísima de mi colección musical, y que tengo casi todo lo que ha salido de su casa discográfica. Y cada nueva producción, reedición o compilación de temas, entra automáticamente en dicha colección.
Porque cuando uno es bandera de un grupo, en palabras de Cameron Crowe a través de su otro yo, William Miller, “se ama su música”.

 

Besos para ellas y una abrazo para los demás.
Se os quiere y lo sabéis.

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