¿QUÉ ESPERO DE MÍ?


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Lo bueno de mi nueva etapa llena de ejercicio saludable, es que ahora tengo mucho tiempo para reflexionar sobre la vida. Algo sobre la muerte. E incluso un poco sobre cómo es posible que el reggaeton tenga un éxito imparable.

Pero, como digo, sobre todo pienso en la vida. Y casi siempre en la mía, que es la que me pilla más cerca.
Podría hacerlo de la de mi vecina, pero es tan discreta que sólo podría disertar de su manera de dar los buenos días. Y eso me llevaría, a lo sumo, 3 ó 4 minutos. Lo que no es suficiente para llenar los espacios vacíos de los que dispongo.

Últimamente le doy muchas vueltas a mi vida laboral, que es la más cambiante e inestable (las “ventajas” de ser autónomo). Y cuando recalo en ella, siempre me viene a la cabeza la parábola de los talentos, que junto a la del hijo pródigo, son las que están más arriba en mi Top Ten de la Biblia.
¿Estoy desaprovechando mis “talentos”? ¿Realmente los tengo, o sólo me los imagino?

Tras varios años de prueba y error, tengo claro que no me voy a ganar la vida como interprete musical. Así que de ese “talento” me puedo despreocupar. No pasa de ser un mero hobby.
Que durante un breve espacio de tiempo pensase en estudiar cinematografía para convertirme en Ford o Coppola, sólo porque leía Fotogramas todos los meses y me gustase mucho el cine, también. Nada se ha perdido el mundo al no conseguir, yo, ser director.

Pero en cambio, sí hay caracteres de mi persona que me dejan en la duda de si los aprovecho bien.

Por ejemplo, mi sociabilidad y mi empatía. Dispongo de ellas, y sin embargo llevo los últimos 20 meses de mi vida prácticamente encerrado entre cuatro paredes. Sin apenas trato con el resto de la humanidad.
Serían el sueño de cualquier introvertido, y sin embargo las dejo marchitar de lunes a domingo.
Sí que es cierto que durante mis años de hostelero nocturno las derroché. E incluso diría las malgasté, dado el poco rédito que me han dejado, más allá de una sordera crónica que me hace decir “qué” más veces de las necesarias.

También dispongo de una envidiable fuerza de voluntad. Que bien aplicada estoy seguro que para algo más valdría aparte de haber conseguido dejar de fumar sin sufrimiento, haber dejado de beber –con un poco más de sufrimiento–, y haber llevado un régimen muy estricto con muchísimo sufrimiento, pero sin atisbo de desaliento.
Y cuando digo fuerza de voluntad, quiero decir constancia. Si la falta de ella era uno de los mayores males en mi juventud, ahora digo, orgulloso, que he pulido bien ese defecto.

En ámbitos más tangibles, y menos dados a la interpretación subjetiva, también me puedo referir al hecho de escribir, por ejemplo.
Vale que siempre he dicho que esto para mí es un mero entretenimiento, y una manera de sacar al exterior mis propios demonios (como estoy haciendo ahora mismo). Pero en la era de la creación de contenido, ¿De verdad no podría aprovechar esta verborrea escrita de alguna manera?

Veo, últimamente, que la gente tiende a crear cada vez más esas cosas llamadas “sinergias”. ¿Quizá sea el momento de buscarlas yo también? Gente, desde luego, conozco. Y tal vez haya llegado la hora de empezar a ver que “Sólo no puedes. Con amigos, sí”.

Puede que trabajando codo con codo con otros seres humanos, vea la vida de otra manera más provechosa, más agradable, y, porque no decirlo, económicamente más productiva.
Así mis ratos de reflexión sólo los usaría, para mi desgracia, en intentar asimilar el porqué el reggaeton llegó a nuestras vidas, encima para quedarse.

 

Besos para ellas y un abrazo para los demás.
Se os quiere y lo sabéis.

 

P.D.: también tengo una extraña habilidad que es la de retener datos que no valen absolutamente para nada. Y os lo voy a demostrar. En la foto de los trabajadores en lo alto del 30 Rock, el segundo empezando por la izquierda, es un español llamado Nacho.

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