QUINCE MÁS… ÓRDAGO


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A punto de cumplirse cuarenta años de su estreno, uno –que hay ciertas cosas que dilata en el tiempo hasta grados superlativos– decidió ver el otro día «El Crack«.

Soberbia película que me mantuvo pendiente de ella de principio a fin. Lo que en tiempos de la doble pantalla, redobla el valor de lo conseguido.
Volver a la España (al Madrid) de los años 80 me pareció una auténtica hemorragia de placer.

Sin entrar en detalles, porque ni ésta es la tribuna para ello, ni por otro lado es mi intención, quiero traer a colación una de sus escenas. La partida de mus.

Probablemente a un altísimo porcentaje de los que me leéis, expresiones como  «Pares sí«, «Tú hasta mí«, «Por una no se salen» o «Muerte dulce» no os resulten extrañas. Dado que de una manera u otra, o bien las habéis dicho, o bien habéis escuchado a alguien decirlas.
Pero una cosa os voy a desvelar, y que no os aterre: el mus en particular, y las cartas en general, están ya en la misma categoría de extinción que el lince ibérico.

Gracias a mi juventud tardía, he tenido la posibilidad de haber vivido la actualidad de varias generaciones. Con el paso de una a otra pude ver con mis propios ojos como eso tan español que son las cartas, pasaban de ser una parte importante del ocio diario a casi algo residual. «Echar una partidita» se convertía en un evento parecido al del desove de las tortugas carey de Costa Rica.
No sé cómo gasta su tiempo la juventud actual, porque ya no he podido estirar más mi adolescencia –por más que lo he intentado–, pero jugando a las cartas, no.

Como he decidido nunca más valorar desde mi prisma el punto de vista de los demás, simplemente diré que es una pena. Porque poder compartir una jornada de cartas con los amigos, alrededor de una mesa, es uno de los mayores placeres que he podido disfrutar.

Si llego a saber que sería una de las cosas que iba a dejar de hacer con frecuencia –por los quehaceres diarios de la vida adulta– os garantizo que esas partidas, a veces largas, las hubiese convertido en eternas.

Se podía quedar sólo para jugar, convirtiéndose así en plato principal. Podían ser postre y coronar una jornada gastronómica. Jugarse de día, de noche, o incluso de madrugada. Valían para poner en juego la honra y el honor de cada uno. O el dinero, aunque siempre he sido mil veces más de lo primero, porque lo segundo todo lo empañaba.
Han sido piedras angulares de cualquier fiesta popular. Ya fuese en un colegio, una reunión navideña o las fiestas patronales de cualquier municipio que se preciase. Trofeos de cartas engalanan las estanterías junto con mini copas de deporte escolar de tiempos pretéritos.

La Pocha, el Continental, la Brisca, el Marufo, el Tute, la Escoba, el Chinchón… (como verán todos en mayúscula, porque merecen ese respeto lingüístico por mi parte) han sido parte de mi vida. Me han brindado tanto memorables tardes de gloria, como debacles dignas de una tragedia griega. Y es probable que hasta me hayan enseñado más cosas de las que pueda parecer.

Así que mientras encuentre «¿Tres para un mus?» intentaré que el legado de Heraclio Fournier no desaparezca de la consciencia colectiva de este país llamado España.

 

Besos para ellas y un abrazo para los demás.
Se os quiere y lo sabéis.

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