Como cada otoño estoy dispuesto a cambiar…  de estilo.
Y como cada otoño, vuelvo a comprarme lo mismo y a llevar el mismo tipo de ropa.
¡Qué le vamos a hacer!

Lo más que he conseguido meter nuevo en mi vestidor son un par de pantalones cargo para guardar todas las cosas que suelo llevar encima, y unas zapas de esas modernas que me lleven a mí –y a todas las cosas que me acompañan– a los festivales (…como si me pasase el día de gira…)
Así que rebelándome contra el destino, como sólo sabemos hacer los rebeldes sin causa, he decidido volver a usar algo que fue muy característico en mí hace años, y que por circunstancias dejé de usar, no sé muy bien por qué: un gorro.

Y es que allá, a comienzos de los ’90, yo era un joven muy influenciable que leía todas las revistas que caían en sus manos, y se venía enseguida arriba con cualquiera de los reportajes que en ellas había (vamos, lo mismo que ahora, pero con 28 años menos); por lo que tras ver uno sobre diferentes tipos de patillas que se podía uno dejar, había un tipo molón de esos que se adelantaron al grunge que estaba a punto de explotar, que para remarcarlas usaba un gorro de lana tipo “estibador” (de los cuales yo tenía uno porque en otro de esos momento de influencia máxima, quise ser Spenser, detective privado, y él siempre llevaba uno. ¡Así que para la saca!).
Por lo que pensé, “Patillas no tendré porque Dios no quiso darme poblado vello en esa parte de la faz, pero el gorro me lo pongo“.

Y aquí empezó mi peregrinar por el imaginativo mundo de la sombrerería.

Mis últimos años de colegio fueron copados por el susodicho gorro de Spenser/estibador/pre-grunge/facineroso (que me llamaban en mi casa cuando lo llevaba, sin saber aún el motivo), pero al llegar a la facultad la cosa cambiaba el Príncipe llegaba, y un cambio urgente era necesario. Así que de nuevo recurrí a mi “influenciabilidad”, y qué mejor que fijarme en el tipo callado y enigmático, con camisa de cuadros anudada a la cintura, que vivía en el sotechado de un high school americano en la serie Aulas con ritmo (creo que sólo la veía yo; y si no es así, que alguien me lo diga, por favor).
Aquel muchacho llevaba una visera, pero al revés, y eso a mí me encantó.

El problema es que ese modelo específico de Kangol aún no habían llegado a Valladolid –o por lo menos yo no fui capaz de encontrarle hasta un par de años después–, por lo que durante un tiempo usé simplemente eso, una visera normal y corriente, de las que usaba cualquier padre de la época, a juego con una abrigo loden, dada la vuelta.
“¿Qué, vas o vienes?” fue la frase más escuchada por mí durante los siguientes meses, en un alarde de imaginación por parte de la gente que me veía, mientras se reían. Aunque dado lo que luego se usaron, igual no estuve tan equivocado al elegirla como prenda para mí.

Esa visera, con el tiempo, volvió hacia su dirección original, cambió de color, de marca, de tejido, incluso de nuevo, de forma de aposentarse en mi testa, cayendo ligeramente hacia un lateral, cuál chulapo madrileño.
Y un buen día, desapareció…

Hasta hace unos días, que decidí que era el momento de volver a cubrir mi cabeza con algo más que mi hermoso pelazo.
Ya tengo elegido el modelo, tras una ardua y laboriosa búsqueda que me ha llevado a probarme desde fedoras hasta pork pie; desde gorras de beisbol hasta de nuevo Kangol actualizadas. Y el elegido es… Bueno, mejor dejo que lo veáis vosotros mismos cualquier día que me encontréis con él puesto por la calle –lo que significará además que nos vemos, cosa que a mí siempre me complace y agrada–.

Besos para ellas y un abrazo para los demás.
Se os quiere y lo sabéis.

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