50 AÑOS DEL CORO Y DE MÁS COSAS

50 AÑOS DEL CORO Y DE MÁS COSAS

50 AÑOS DEL CORO Y DE MÁS COSAS

Tras Luis Fernández Martín s.j. y Jesús Sanjosé del Campo s.j. –y con permiso del señor Peláez–, a este ritmo voy a acabar convirtiéndome en cronista del Sanjo, dado que sí, vengo a escribir de nuevo de ese centro y de aquellos años pretéritos que tanto nos gusta recordar (y que nos recuerden, dado que me encanta leer cuando otros escriben sobre él).
Y esta vez enlazándolos con el hoy.

Antes que nada quiero dar las gracias a dos personas, y luego entenderéis por qué. Patricia, Eva, ¡gracias!

Tras 50 años de docencia, Luis Cantalapiedra dejará en breve el colegio al que tanto ha dado, y del que espero tanto o más haya recibido. Y por ello se organizó el que iba a ser su último concierto como director del coro y la orquesta del Colegio San José.

Uno, que a veces se pone juguetón, aprovechó el grupo de WhatsApp que creamos hace ya unos años con los antiguos compañeros de curso para mover un poco el árbol y hacer una llamada para intentar reunirnos aprovechando el acto. Y fue mi queridísima Patricia quién pagó el pato en forma de puya cariñosa hacía ella por no haberme avisado de que se iba a celebrar (ya hablaremos de la poca defensa que tuvo…).

A pesar de que no surtió el efecto deseado al 100% sí que nos reunimos allí unos cuantos, con la mismísima Patricia a la cabeza, que tuvo a bien acogerme en sus brazos, casi de manera literal, dado que me proporcionó un buen sitio a su vera en un atestado salón de actos. Se nota que recibió una buena educación. ¡Una santa!

Tras unas dos horas de concierto, en el que exudé en demasía tanto por el calor que hacía como por mis continuas emociones que producen que pequeñas gotas de agua salina recorran mis mejillas, acabar cantando el himno del colegio fue el perfecto broche final a la primera parte de la tarde. «Mi orgullo ser cristiano y español» es una de las cosas más satisfactorias que se pueden entonar, y más cuando se hace en coro entre vítores y aplausos.
Y a quien no le guste, él se lo pierde, como digo siempre.

Después el clásico ágape en ese claustro que a tantas generaciones ha visto pasar, y que sirve de entrada a nuestra Arcadia particular. En donde todos somos iguales por más diferencias que haya en nuestras formas de ser y estar. Nos ponemos al día, nos contamos batallitas, y a casa más contentos que unas castañuelas. Por cierto, qué bien me cuidan mis antiguas compañeras de curso con lo mal que nos portamos con ellas. Otras santas.
Gracias, y perdón.

Y llegados a este punto entra en juego Eva, la otra parte de la historia que me ha traído a escribir esto.

Ya hablamos ayer  a raíz de un vídeo que había colgado yo en Instagram. Así que esta mañana era un momento estupendo para contarle lo vivido allí, y de paso reducir de golpe la distancia en Km. que nos separa ahora mismo.
Aunque sólo hay un año de diferencia entre nuestros nacimientos, siempre será de «los mayores». Y lo será por siempre jamás. Jerarquía se llama.

Le contaba que con todo lo pro Sanjo que he sido siempre, ayer sentí que no había vivido plenamente el colegio.
Nunca formé parte de las actividades artísticas que había. Nunca hice teatro, nunca estuve en el coro, nunca estuve en la orquesta. Sí, tuve un grupo de música en el colegio, pero éramos más Outsiders que el Brat Pack. De hecho el mismísimo homenajeado no veía con buenos ojos que aquellos «quinquis» que tocaban Guns and Roses y Nirvana profanasen sus instrumentos sin haber sido nunca parte de la oficialidad musical del San José (era su obligación decirlo, y la nuestra no hacerle caso. Así que unas vez cumplidos nuestros roles las aguas volvieron a su cauce y todos volvimos a ser muy buenos amigos. Era imposible no serlo de una persona tan entrañable y emblemática como lo es Luis).

Me ha dicho que ella fue un año del coro y lo acabó dejando por el mal que nos suele aquejar a los adolescente que descubrimos esa especie de demonio que es la «sociabilidad nocturna en locales de ocio» (también conocido como «salir más que el sol»).
Eran elementos incompatibles. La disciplina musical no convive bien con trasnochar. Lo único que tienen en común es que en ambos mundos se sopla. Ya.

Y como una cosa siempre lleva a otra, y más cuando hablas de los tiempos en que los Levi’s eran tendencia, pues hemos acabado trayendo a nuestras memorias a personas, a pandillas, a amores correspondidos y no correspondidos. Hemos hablado de esa jerarquía que comentaba antes y que es más fuerte que el vínculo del titanio. También de los de estábamos a un lado y los que estaban en el otro. De «los de la A». De lo bien que lo pasamos unos y lo mal que lo debieron pasar otros.

Sí que es verdad que nuestros mundos eran muy similares a pesar de que en aquellos años no compartíamos amistad (sabíamos que existíamos, y ya). Por lo tanto ambos nos hemos preguntado qué pensarían los otros. Cómo hablarían de nosotros y de nuestra forma de ver la vida. ¿Tal vez no estábamos tan alejados de las comedias adolescentes americanas del High School con sus grupos endogámicos?

Lo que tengo claro, viendo lo de ayer, es que algunos nos dedicamos «a la noche» y otros «al día», y que ambos grupos disfrutamos de lo nuestro. En cada uno había líderes y escuderos. Guapas y feas. Simpáticos y desagradables. Y en cada uno siempre había alguien que servía de nexo de unión entre ambos mundos, abrazando así lo mejor de cada uno de ellos.
Me hubiese gustado ser uno de esos, la verdad.

 

Aunque, ahora que lo pienso, sí hay algo que nos unía a todos. ¡La Verbena!
Quizá… Tal vez… Bueno, nada. Cosas mías.

 

Besos para ellas y un abrazo para los demás.
Se os quiere y lo sabéis.

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