Y UN BUEN DÍA LAS PALABRAS LLEGARON
¿Por qué empecé a escribir? Al pensar en ello he llegado a varias conclusiones, cada cuál más dispar, e incluso diremos que disparatada.
La primera es porque, por unos motivos u otros, siempre he escrito. Ya fuesen cartas, justificantes de falta de asistencia al colegio —siempre para otros, por supuesto—, poemas románticos en la adolescencia, letras de canciones o, simplemente, respuestas de exámenes sobre temas de los que no tenía ni la más mínima idea, pero cuyas hojas nunca había que dejar en blanco. No soy ninguna eminencia de la prosa, ni mucho menos del verso, ni creo que pretenda serlo. Pero escribo fácil, de forma entendible y con la ilusión intacta; eso es algo que nadie me podrá quitar.
En segundo lugar, porque soy muy dado a meterme en el papel de las ficciones de las muchas películas que he visto durante toda mi vida, las cuales me han llevado a crear una imagen idealizada de ese escritor delante de su folio, ya fuese exitoso o atormentado —porque no siempre las sensaciones interesantes vienen en momentos felices—. Siempre pensé por qué no podía ser yo uno de ellos. Quién sabe si algún día la vieja predicción de mi amigo Sueco, que aseguraba que acabaría siendo un escritor en Nueva York, se vuelva cierta.
Me hubiese gustado ser Richard Dreyfuss y escribir Cuenta conmigo, para acabar la crónica con esa frase inmortal: «Nunca he vuelto a tener amigos como los que tuve cuando tenía doce años. Dios mío, ¿los tiene alguien?». Ser William Miller y redactar para la revista Rolling Stone la crónica de la gira del 73 de Stillwater. Por supuesto, un bucólico James M. Barrie sentado en cualquier parque de Londres mientras mi cabeza crea a ese Peter Pan al que tanto cariño le tengo. O, qué demonios, ser Carrie Bradshaw y vivir a todo trapo en la Gran Manzana con el único sueldo de una columna semanal.
Y por último, me gusta escribir porque lo hago pensando en vosotros. Cada línea o frase me trae a la mente a alguien, y ese es un ejercicio buenísimo para la mente, y mucho mejor para el alma.
La primera vez que redacté lo que luego se convertiría en este oficio fue un correo electrónico para relatar a mis amigos que estaban fuera de Valladolid cómo había amanecido el día en la ciudad que nos vio necer. A aquello se fueron uniendo crónicas de los fines de semana para los que estaban fuera de España —y por lo tanto más desconectados del pulso social— e historias más o menos graciosas de los avatares de la vida cotidiana. Así, poco a poco, las palabras se fueron haciendo fuertes.
Como dice un buen amigo sobre mi actividad en las redes: «Tú, aunque vayas a escribir «sí», no lo haces en menos de siete líneas». Y la verdad es que cualquier espacio se me queda pequeño para volcar todo lo que tengo en la cabeza. Este diario no-secreto es el siguiente paso de la escalada.
¿Habrá una siguiente meta a la que quiera llegar? No lo sé. El tiempo lo dirá.
Besos para ellas y un abrazo para los demás.
Se os quiere y lo sabéis.

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