A MENOS CUARTO EN BALMORAL


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Había oído hablar muchas veces de Balmoral. Había leído sobre él en distintos libros y artículos de los mejores periodistas de Madrid. Pero a pesar de haber vivido muchos años en la ciudad no lo conocía.
Y por designios de eso que se llama linea temporal, me iba a ser imposible hacerlo.

Aunque gracias a la imaginación, eso sí, lo podía crear a mi gusto.
Cogiendo un poco de allí y un poco de acá de los recuerdos y vivencias que guardaba en la memoria, y que pensaba se asemejarían a las paredes de aquel local desaparecido en el tiempo.
No siempre sería la misma imagen, porque me temo que cada momento tiene sus propios planos de construcción; pero si hay algo que siempre había era humo.

Humo antiguo de cigarros de marcas que ya no existen, que creaban un ambiente tan noir que los recuerdos casi siempre eran en blanco y negro.
A pesar de haber convertido el hábito de fumar en algo de mi pasado, en el fondo añoro esa pared grisácea y translucida que en algunos bares se convertía en la cortina a descorrer según se entraba…

Y con el humo, cerillas.
Cerillas de esas que en lugares elegantes se encontraban colocadas perfectamente, de manera circular sobre un bajoplato, para uso y disfrute de todos aquellos que precisasen de ellas. Y en cuyo envés se podía ver el logo del local. Un logo que no conocía pero que también imaginaba, de manera blasonada –porque Balmoral era lo más cercano que se podía estar de la aristocracia sin necesidad de pertenecer a ella–.

Esta imagen me solía venir a la cabeza cuando me percataba de la realidad social que me golpeaba fuerte en la cara a golpe de compás 4/4 de cualquier canción vacua de reggaetón.
No tenía claro si allí habría siquiera música, cosa que no importaba. Me bastaba saber qué era lo que seguro no iba a oír.

Además a Balmoral no hubiese ido por su música sino por lo que allí se hablaba.
Lo que hablaban vestutos y modernos. Beatos y crápulas. Escritores en verso y en prosa.
¿En qué momento se dejó de charlar en los bares y se obligó a la gente a bailar? La degradación de la sociedad empieza por la pérdida de aquello que nos diferencia del resto de los animales: la cualidad del habla.

¡Cómo añoraba una buena conversación entre amigos! ¡Cómo añoraba una buena conversación, aunque fuese entre enemigos!
Es más, me valdría incluso ser un humilde oyente con la importante función de oír y callar –oír para aprender de los demás, y callar sabiendo que el silencio es un bien valioso, y más cuando romperlo no va a aportar absolutamente nada–.

Ya tenía el bar lleno de humo y de gente. Era la hora de pedir.
¿Qué se bebía?
Si la génesis de Balmoral fue la barra del Palace –cuando los hoteles eran la cuna del combinado corto, del combinado largo, y de ambos si hiciese falta–, allí no se podía uno equivocar al pedir. Como mucho se acertaría menos. Asunto arreglado.

Cuanto más llenaba mi visión de detalles, más melancólico me podía. Era como una canción triste de Roy Orbison.
De todas maneras–pensé– Balmoral ya no estaba. Y tampoco muchos de los personajes que le dieron brillo (o penumbra). Por lo tanto, igual era mejor que la cosa se quedase así, en un producto idealizado de mi imaginación, como el Cafe Americain de Rick, por ejemplo.

 

Besos para ellas y un abrazo para los demás.
Se os quiere y lo sabéis.

P.D.: ahora más que nunca, si te gusta lo que lees, comparte. De la forma que sea, da igual.

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