LA EDAD DE LA EXIGENCIA

 

«Me he vuelto intransigente como mi padre«, me decía una amiga hace un rato –de la que evitaremos dar el nombre para así no tenerles por intransigentes, ni a ella ni a su padre–. A lo que yo le contestaba que probablemente no es que se haya vuelto intransigente, sino que simplemente se ha convertido en exigente, como nos pasa a muchos.
Y es que más que no soportar las actitudes e ideas contrarias a las nuestras, simplemente nos gusta que las cosas se hagan bien. Y que por ende, cuando no están bien hechas, reneguamos de ellas.

 

Ésta es una característica que pocos desarrollan a temprana edad –aunque haberlos haylos–, sino que se suele ir adquiriendo con el paso de los años, a medida que desarrollamos nuestros gustos, los cuales nos ayudarán a discernir lo que está bien o está mal.
Y es por esto, y no porque se nos agrie el carácter –que también en algunos casos–, que cada vez soportamos menos a las personas que gritan, que hablan sin parar o que sólo se escuchan a ellos mismos, por ejemplo.

 

Cada vez hago menos caso a las personas que sólo se preocupan de mí cuando cometo errores, para regocijarse en ellos a mi costa.

 

Es por esto también, por lo que no soportamos a la gente que no sabe andar por la calle, entorpeciendo el trafico fluido que debería haber en las aceras sin haber un impedimento físico ni motivo alguno –situación que por otro lado nos vale para localizar a los que verdaderamente son intransigentes y se impacientan aunque las circunstancias demanden calma y comprensión–.
Por esto no nos gustan las aglomeraciones sin orden ni concierto, en las que prevalece la ley del más fuerte; ya sea esperando a que nos atiendan en una barra, o haciendo cola en eventos en los que la organización evita imponer (sí, hay cosas que se pueden imponer sin que con ello coarten nuestra libertad) una manera de acceso determinada.

 

Así, por ejemplo, cada vez practico menos los bares abarrotados de gente que todavía no tiene muy claro los hábitos de convivencia. Esa convivencia que indica que tu espacio vital (por no decir tus derechos) acaba justo donde empieza el mío. Prefiero la tranquilidad de cualquier local en el que esté cómodo, y a ser posible rodeado de los míos, aunque no sea tendencia en las guías de ocio.

También me he vuelto exigente a la hora de saber de quién tengo que valorar las críticas y comentarios vertidos sobre mí, y de quién tengo que convertir en detritus, directamente, todo lo que salga de su boca. Por eso cada vez hago menos caso a las personas que sólo se preocupan de mí cuando cometo errores, y ahí están no para hacérmelos ver –cosa que sí hacen los amigos de verdad–, sino para regocijarse en ellos a mi costa, sin aportar más que inquina personal.

 

Así que si alguna vez os dicen aquello de «Con los años te has vuelto un intransigente«, podéis contestar, sin miedo alguno a equivocaros, que con los años, lo único que os habéis vuelto, ha sido exigentes.

 

Besos para ellas y un abrazo para los demás.
Se os quiere y lo sabéis.

 

P.D.: Leiva se ha sacado de la manga un discazo tremendo que me gusta mucho, muuuuuuuucho. Así que la exigencia adquirida con los años se ha visto perfectamente aplacada, cubierta y apaciguada. No se espera menos de alguien a quien llamo El Elegido…

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