En mi generación, el paso de la infancia a la adolescencia lo marcaba una, y sólo una cosa:
Que te dejasen salir del colegio durante el recreo.

Tras muchos años pasando esa media hora larga que se tenía de distracción y entretenimiento, entre las cuatro paredes del mismo colegio en el cual estabas el resto del día, con la llegada a BUP (que es lo mismo, en la actualidad, que… ummm… ni idea, no os voy a engañar), al ser humano que se encerraba dentro de aquellos cuerpos llenos de testosterona, se le abrían las puertas, y nunca mejor dicho, de una nueva vida.

Ya nunca más tendríamos que comer la bollería que vendían en el patio, sí o sí.
Un enorme abanico de bocadillos de tortilla de patata se mostraba ante nosotros, en los múltiples bares que rodeaban el San José. Más jugosa, más hecha, con mayonesa, sola, o la reina de todas ellas…  la “con” del Jose (sin tilde en la e).

Ya nunca más jugaríamos al futbol o al baloncesto durante esos 30 minutos. Ahora los petacos, el Tetris o el Super Pang, serían nuestros compañeros de juegos.
Cuántas veces nos habremos encontrado la puerta del colegio cerrada por haber apurado más de lo posible esa partida de récord que te iba a permitir poner en lo más alto del ranking el nombre de la chica que te gustaba –en una época en el que parecía que las letras de las recreativas costaban más que el rodio, por lo que ya te podía gustar Ana, Eva o Elena (con LNA como acrónimo), porque sino ibas a tener complicado demostrar tu amor–.

Ya nunca más viviríamos dentro de la caverna mirando solamente a una pared, y por fin podríamos desfacer su mito, viendo con nuestros propios ojos los objetos de los cuales sólo conocías sus sombras.
Y eso era lo mejor de todo. Ibas a descubrir un nuevo mundo. Un mundo que te llevaría a esa especie de Paraíso que era la Plaza Santa Cruz,  en el cual, al mismo tiempo que tú, convivían otros colegios, en su gran mayoría femeninos.

Por supuesto, nunca ha sido fácil un acercamiento hombres-mujeres (púberes en este caso, no nos engañemos), dado que esto es Valladolid, y aquí ligar es equiparable a ganar una Champions sin ser el Real Madrid. Pero sólo la mera posibilidad de conseguirlo, ya era una aventura, un reto, una meta. Un objetivo que conseguir y que te encumbraría a lo más alto del escalafón social. Y aquel era el territorio donde todos esos sueños de grandeza se podían lograr…

Hoy he pasado por allí a eso de las 11 de la mañana, y he visto que las cosas, a pesar de lo que digan, han cambiado poco.
No digo que no haya más desparpajo a la hora de entablar relación, que sí lo hay, pero la timidez ante la chica que te gusta, y el esfuerzo por superarla, es parecida. Los amigos a tu lado –unos ayudando, y otros tocando los coj…– también siguen estando, así como las  trampas a sortear, en forma de amigas, que se suceden en el camino a la gloria.
Las cosas son como son, y éste es un paso más que hay que superar, en este aprendizaje que es la vida.

¡Larga vida a los amores de juventud!
¡Larga vida a la Plaza Santa Cruz!

 

Besos para ellas (en especial a todas las protagonistas de este post, cuyos nombres brillaron en la parte alta de los rankings de las recreativas) y un abrazo para los demás.
Se os quiere y los sabéis.

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