Me gusta que alguien me pida escribir sobre algo que ya tengo en borrador, por tres cosas:
La primera, porque significa que no sólo me lee mi madre (como siempre, “Hola, Mamá”).
La segunda, porque el tema sobre el que estaba escribiendo le interesa a alguien más aparte de a mí.
Y la tercera, es que así me fuerzo en rematar los posts que tengo en el cajón.

Así que hoy, y a petición de la sin par señorita Vega, vamos a hablar de ese niño con gafas que vivía en la alacena bajo las escaleras del número 4 de Privet Drive, y cuyo nombre no es otro que Harry Potter.

Recuerdo que la primera vez que oí hablar de él, allá por el 99, fue cuando mi amigo José Luis me dijo que le acompañase a la librería Maxtor, dado que había salido el nuevo libro de Harry Potter y se lo iba a comprar.
“¿Te vas a comprar un libro sobre un niño mago? Tú estás chalado” fueron aproximadamente mis palabras.
Que equivocadas fueron aquellas palabras…
Años más tarde, estaba el primero en la cola del cine, esperando con auténtico ansia, ver por fin en pantalla grande la primera de las películas de aquel niño mago.

Y es que las películas de Harry Potter son de esas películas que se pueden ver independientemente de la edad que se tenga, porque siempre se ven con los ojos de un niño.
Se ven con la esperanza de que quizás un año a ti también te llegue una carta de aceptación con el sello lacrado del Colegio Hogwarts de magia y hechicería en el remite. Con la ilusión de que igual descubras, sin saberlo, que no eres un simple muggle. Con las ganas de empezar un nuevo curso, para ver si ya dices bien wingardium leviosa (que no leviosá).
Si no tienes ganas, cada vez que acabas de ver alguna de las películas, de tener una Nimbus 2000 o la capa de invisibilidad, es que te has equivocado de sale, amigo.

Reconozco que encima tuve la suerte de empezar a verlas al lado de dos personitas en aquel momento –actualmente Señoras– que me hicieron ver las películas con más ilusión aún, porque crecieron al mismo ritmo que los protagonistas, y me encantaba observa que pensaban y actuaban de la misma manera que ellos.

Porque encima, además de ser películas de pura ilusión, al mismo tiempo muestran la evolución de los personajes desde la niñez hasta su práctica madurez. Muestran cómo se forman las personas, su carácter, su forma de ser y actuar. De la importancia que tienen las decisiones que toman, y de cuándo hay que ser de una manera, y cuando de otra (que se lo digan a Neville Longbottom, que gracias a él, una Copa de las Casas fue a parar a Gryffindor)
Son películas de las que se puede aprender mucho, aunque ya hayas pasado la edad de sus protagonistas, porque nunca es tarde para corregir conductas no adecuadas, actitudes erróneas, o comportamientos desafortunados en su día (sin necesidad de usar un giratiempo).

Así que como buen fan de las series fantásticas, me declaro uno más de ésta.
Siempre me hará ilusión descubrir por primera vez el Callejón Diagón, ver el barco Durmstrang emergiendo del lago, o sobrevolar Londres montado en una escoba. Tendré la esperanza, cada vez que lo vea, de que Sirius no atraviese el velo de la muerte, ni que la daga de Bellatrix alcance a Dobby.
Y qué demonios, siempre querré decir Piertotum Locomotor, al igual que la profesora McGonagall.

 

Besos para ellas y un abrazo para los demás.
Se os quiere y lo sabéis.

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