Uno no sabía bien lo que era el miedo hasta el día que tenía que llamar por primera vez a la casa de la chica que le gustaba, en los tiempos en que no existían los teléfonos móviles. Eso sí que producía terror.

Como si el simple hecho de hacer esa llamada no fuese lo suficiente difícil per se, uno tenía que correr el riesgo de que ese teléfono no fuese descolgado por Ana, María o Elena –que así se llamaban el 70% de las chicas de mi generación–, sino por su madre. O lo que es peor… su padre.

Sudores fríos y tartamudeo descontrolado en una ya de por sí descontrolada voz –que por momentos era de tenor como al instante siguiente mutaba en la de Farinelli–, para responder, tras el pertinente ¿Dígame?, a una de las pregunta más difíciles que te podían hacer en aquellos momentos:
¿Quién eres, su novio?

Si hay preguntas incómodas, esa sin duda era la campeona de todas ellas.
¿Qué tenías que responder? ¿En esa casa sabían de tu existencia?¿Erais ya novios? ¿Acaso tenías la más mínima idea de lo que era ser novio de alguien?
De la respuesta que dieses dependía gran parte del respeto que tuviesen por ti en esa casa para el resto de tu vida; y con una voz entre aflautada y de fumador de Ducados, tú respondías: “Ahhhhhh… Ehhhh…”, demostrando así que no tenías muy claro la relación con su hija, pero que las dos primeras vocales te las sabías de maravilla.

Si los padres eran comprensivos, ante tal muestra de aplomo, simplemente dirían: “Déjalo, no te preocupes. Ahora mismo se pone”. Y allí acabaría todo el sufrimiento.

Pero si esa comprensión mutase en un experimento científico para intentar conseguir que uno se pusiese colorado hasta el punto de producir  tanto calor que éste se condujese a través del hilo de cobre de un teléfono a otro, aquello se convertiría en un recital de frases del tipo “Ana, aquí hay uno que no tiene muy claro si es tu novio o no. ¿Qué quieres que le diga?” o “A ver, caballero, ¿Habla usted bien mi idioma?¿Entiende la pregunta que le he hecho?¿Se la repito?

En ese momento, podías estar cerca de la muerte por deshidratación por la cantidad de sudor que emanaba por todos los poros de tu cuerpo. Tu garganta se había convertido ya en un secarral, y dar un respuesta coherente se hacía improbable. Y si a todo ello le unimos que tus gónadas estaban empezando a hacer compañía a tu campanilla, aquello se estaba transformado en algo más difícil de realizar que las 12 pruebas de Asterix,..

Pero bueno, nadie murió –que sepamos–, tras una situación como aquella.
Lo más que nos pasó a algunos es que nos creó un trauma que aún arrastramos, y que nos provoca no querer llamar a casi ningún sitio por miedo a volvernos a encontrar, voz a voz, con aquel padre poco comprensivo, que lo más que quería era tomarnos un poco el pelo.
Pero qué es eso comparado con saber que gracias a situaciones así, el valor le tenemos de facto, y no sólo se nos supone, como se indicaba en la cartilla militar.

Besos para ellas y un abrazo para los demás.
Se os quiere y lo sabéis.

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¿SOMBRERO, GORRA O VISERA?
CON CANTARME BASTARÍA