SHE’S THE ONE

SHE'S THE ONE

SHE’S THE ONE

Tengo enfrente de mí a una mujer de insultante y serena belleza. De esas que da los buenos días al sentarse, con total y pasmosa naturalidad.

Tan azorado estoy que me he puesto las gafas de sol para intentar disimular las más que probables miradas que mis ojos indiscretos van a hacer durante el viaje, casi sin darse cuenta pero con toda la intención del mundo.

Me fijo en sus uñas azules mientras pasa con delicadeza las páginas del libro que está leyendo. Bebe agua.

Al mismo tiempo, unas filas más atrás, una adolescente inglesa cuyo acento desconozco no precisa gafas de sol para mirarme fijamente. Su edad todavía no le ha otorgado ese tipo de vergüenza que le llevaría a ruborizarse al verse sorprendida mirándome de esa manera tan penetrante.
Me imagino que en mí no habrá encontrado la insultante y serena belleza de mi compañera de mesa, sino más bien extrañeza ante lo ajado de mi rostro por unas escasas cuatro horas de sueño después de una concierto de tres horas muy intensas. Mis pintas de hombre arrastrado al lado de personas con un brío mañanero impropio de un martes de junio no ayudan. Para mí querría este brío para el resto de mi vida.

La mujer de serena e insultante belleza sigue leyendo su libro con gran interés a pesar de ser uno cuyas páginas ya ha pasado, dado que tiene frases subrayadas y apuntes anotados en los márgenes.
Cada poco tiempo mueve la boca hacia un lado, gesto que si acompañase de uno parecido con la nariz le convertiría automáticamente en la Samantha de la versión moderna de Embrujada, pero en moreno.
Porque si no os lo he dicho ella es morena. Las mujeres que viajan en tren siempre son morenas. Las rubias viajan en deportivos o en berlinas de alta gama.

La adolescente, en cambio, ha caído presa de un profundo sueño. Dios proteja a la gente que se duerme en cualquier sitio, porque de ellos será el reino de los sueños. Aunque sus padres se acaban de poner de pie para bajarse en Segovia, así que pronto verá interrumpido ese momento de paz y descanso producido por su mundo onírico para volverse a dar de frente con la faz ajada de este quien escribe, y que le traerá de nuevo a la realidad.

Todo esto lo cuento porque estoy en el tren volviendo del concierto de Springsteen. Con más cansancio que vergüenza por ir hecho un trapo, pero con satisfacción plena
Me han pedido crónica, pero no estoy seguro de poder hacerla. Aún no he asimilado los sentimientos vividos.

Y es que un concierto de Bruce se siente más que se escucha. Se vive y se disfruta.
Suena a típico esto que digo sobre sus actuaciones, pero es verdad. Si no, ¿cómo se explica que un señor que ya ha pasado de largo la adolescencia tenga durante tres horas a otros 40.000 –que tampoco ven de cerca ya la juventud– bailando, cantando y saltando?
Os lo digo en pocas palabras: Entrega total y comunión perfecta.
Por parte del artista y su banda, y de los allí presentes. Si una de las patas se rompiese la mesa se caería. Si nosotros no somos él, y él no es nosotros, se acabó.

Accedí al estadio a las seis de la tarde. Y cuando volví a mirar el reloj, porque parecía que aquello había terminado, eran las 12 de la noche pasadas.
Entre medias música, sudor y lágrimas. Cerveza y canciones. Amigos de siempre y los que te llevas nuevos y te invitan a ir a Peralejos de las Truchas «que está al lado de mi casa, y te va a encantar el festival que se organiza allí».

En esas horas ves auténtica devoción de la gente hacía alguien que se la ha ganado a base de esfuerzo, giras, y muchos –y muy buenos– discos. Nadie escatima una gota de energía. Allí se va a darlo todo. Y si tu camisa acaba menos sudada que la del Jefe, algo has hecho mal.
De nuevo cantas lo que te sabes y lo que no. Bailas, saltas, aplaudes hasta que por tus manos corre un cosquilleo. Te das cuenta que has empezado en un sitio pero has acabado en otro sitio. De Asbury Park al Wanda.

Sé que hay otras maneras de vivir esto, pero ésta es la que he elegido. Y mientras pueda, a pesar de los inconvenientes que ello supone, lo seguiré haciendo.
Mientras él aguante yo aguantaré. ¡Que menos que ese pequeño esfuerzo por nuestra parte!
Como he escrito por ahí, a un concierto de Bruce «Se va, se ve, se disfruta, se le rinde pleitesía y amor eterno, y te despides hasta la próxima. Fin»

 

Por cierto, y ahora que lo pienso, como dice Bruce en Tougher than the rest «I’ve been watching you a while. Maybe you’ve been watching me too«.
Así que quién sabe si la mujer de insultante y serena belleza, en las notas de su libro, no tiene apuntado: «Tengo sentado enfrente de mí a un hombre con cara de cansado, pero feliz. Mientras escribe en su teléfono, con el pie sigue el ritmo de la canción que está escuchando en sus auriculares. ¿Cual será? Igual es de Springsteen, con lo que me gusta».

 

Besos para ellas y un abrazo a los demás.
Se os quiere y lo sabéis.

 

P.D.: Anita, Carlos, las veces que haga falta vuelvo con vosotros a ver a un concierto así. Gracias por la compañía.

 

(Visto 68 veces)

Comparte este post

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

MÁS COLUMNAS