Categoría: Bebida

  • LOS MIOS, LOS MEJORES

    LOS MIOS, LOS MEJORES

    Siempre que me pongo profundo e intento escribir textos sesudos, de actualidad, en los que doy mi opinión personal sobre temas candentes, me da por pensar si los tengo o no que publicar.

    Mis posts suelen ser suaves como visón. Fáciles lecturas que versan sobre temas triviales la gran parte de las veces. Así que cuando por algo que he leído u oído, me ha enervado y a mi mano le ha dado por tornarse en guantelete de hierro, me tenso. ¿Acabo con mi «línea editorial»? ¿Convierto el blog en «Diurnidad, Nocturnidad y me cago en tus muertos»?

    Entonces pregunto a mis amigos para que me den su opinión.

    Sí, soy de los que pide opinión. Y además suelo hacer caso a lo que me dicen, aunque su respuesta no sea la que yo quiero.
    Tengo varios Pepitos Grillo que hacen a su vez de especie de consejo de sabios (que lo son). Que guían los, a veces, extraños designios de mi cabeza. Y me orientan, como estamos comentando, sobre la publicación o no de determinados textos. Sobre la necesidad que tengo de comprarme por 6.ª vez la PS4, para luego no usarla. O sobre si es mejor para mí la fea que me quiere a medias o la guapa que no me quiere nada.

    Por supuesto a veces no les hago ni puñetero caso, y me pego unos tantarantanes que me desgobierno.
    Pero para eso están los buenos amigos también. Para rehacerme cuando me desmonto gracias a mis actos alocados e irreflexivos, en vez de decirme «Te lo dije». Y de paso, con el paso del tiempo, echarnos unas risas a costa de esas terribles decisiones equivocadas, en momentos inoportunos.
    ¡Qué sería de la vida sin historias así para poder contar!

    En lo que he escrito el texto que no debía publicar y éste, he leído una entrevista a Sabina y Leiva en la que hablan sobre amistad. La suya, para ser más exactos. Canallismo en estado puro, alrededor de cerveza y tequila. Nada que envidiar por mi parte, he de decir, para que os hagáis una idea de los buenos amigos que tengo.
    Vale, igual ellos hablan sobre qué se siente por llenar el Palacio de los deportes y yo ahí no llego. ¡Pero a la zaga andamos en lo demás!

    Así que tras estas líneas –o más bien por estas líneas–, simplemente dar las gracias a Dios por tener la pandilla que tengo.
    Quien tiene un amigo tiene un tesoro, dicen. A lo que yo me atrevo a añadir «y también un consultor, un teléfono de la esperanza, alguien que siempre te ofrece una cerveza fría, un perro guía para cuando vas piripi, un chófer, un hombro sobre el que llorar, una mano que te da collejas por haberle calado tras haber llorado sobre su hombro, un editor literario, un «cuarto para un mus», alguien que siempre se toma la penúltima, uno que se descojona cuando te caes pero que también te ayuda a levantarte (aunque al rato te empuje de nuevo para volverse a escojonar).

    En definitiva, un canalla con buen corazón al que le dejarías las llaves de casa, aun sabiendo que va a montar una fiesta de dimensiones bíblicas en tu ausencia, si se da el caso.

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

  • EL NUEVO ORDEN DE LAS COSAS

    EL NUEVO ORDEN DE LAS COSAS

    Es casi la 1 del mediodía de un sábado, y llevo despierto más de cuatro horas.
    Me ha dado tiempo a arreglarme, ordenar la casa, hacer la compra, e incluso empezar a escribir esto antes de irme a tomar el vermú.
    El orden de las cosas ha cambiado…

    ¿Soy yo, o son los tiempos? ¿O tal vez ambas cosas?

    Y lo digo porque hasta hace no mucho, esto que acabo de hacer era impensable. Dado que como buen ave nocturna que soy (o era), las mañanas se usaban para dormir. Pero ahora ya no…
    Ahora las mañanas se han convertido en la rampa de despegue del día en vez de la pista de aterrizaje de la noche anterior.

    Muchos sabéis de mi idea de haber hecho este cambio hace mucho, pero por unas cosas o por otras no lo hacía –entre ellas, mi propia apatía a la hora de dar el golpe encima de la mesa (porque la culpa no siempre tiene que ser de otros)–.
    Pero ya ha llegado el momento. El momento de hacer un movimiento migratorio importante y fuerte.

    Quiero disfrutar –como tanto disfruté de la noche– del día. De ese día que me era tan reacio a recibir hasta hace bien poco. Que me decía «vade retro, Satanás», mientras me deslumbraba con el fulgor de los rayos de ese sol que le custodia desde lo alto.
    Disfrutar del sábado tanto como permitan las ganas, y sobre todo el cuerpo. Pero sin la necesidad de tener que trasnochar para poder hacerlo.
    Otra forma de disfrutar del fin de semana, en definitiva.

    Además, como un vermú no se debería tomar más allá de las 3 de la tarde, y compartir uno con amigos es de lo mejor que se puede hacer, no quedaba más remedio que cambiar mi propio huso horario… Además, como se inventó para abrir el apetito (y si no se hizo para eso, qué más da, dado que es el efecto que produce), qué mejor que acompañarlo con unas tapas, que es una de las grandes maravillas de esta hermosa patria que es España.

    Y dado que seguimos saliendo los mismos desde hace muchos años, es normal que la oferta de ocio se mueva hacia nuestro gusto.
    Ya no nos gusta tanto la noche como antaño, por diversos motivos. Así que por qué seguir forzando las cosas pudiendo disfrutar de eso que tanto nos gusta, los bares y sus gentes, a otras horas.
    Así que queridos amigos hosteleros, y demás afición, no lloréis mi marcha de la noche, y sí celebrad mi llegada al mediodía, que ya era hora.

     

    Por cierto, ¿hay alguna ley que prohíba pinchar por la tarde…?

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

     

    P.D.: la foto que ilustra este texto, es de la excelente barra de vermú que tiene mi amigo Rober en El Bar. Dejaos aconsejar por él sobre cuál pedir, dado que la oferta es extensa, y estás cosas hay que preguntárselas a los que saben de ellas.

  • ¡QUÉ DEMONIOS!

    ¡QUÉ DEMONIOS!

    Os voy a contar una historia.

    Anoche, después de trabajar, me apetecía tomar algo, pero no encontré con quién. Así que me fui a casa, no sin cierta pesadumbre.
    Fue entrar por la puerta, y pensé:
    ¡Qué demonios! Si me quiero tomar algo, me voy a tomar algo, con o sin compañía.
    Así que volví a abrir la puerta, y me fui.

    Y a pesar de que el plan no era precisamente el más atrayente, como la noche se porta muy bien con quién se porta bien con ella, y nadie hay quien la quiera más que yo, salió todo fetén. Hasta encontré con quién cantar a dos voces!! (y ademas, de forma literal).

    ¿Por qué nos cuenta este tipo esto?, os estaréis preguntando.
    Pues no lo tengo muy claro, la verdad. Simplemente tenía la necesidad de resaltar que la vida es ya demasiado complicada de por sí, como para no hacer las cosas sencillas que tenemos en nuestra mano realizar, y que nos apetecen.
    Vale que con esto tampoco es que me haya convertido en un tipo audaz, aventurero y emprendedor –simplemente me fui a tomar una cerveza a las 5:30 de la mañana–, pero lo que tengo claro es que esta mañana me he levantado, además de tarde, satisfecho conmigo mismo.

    Porque estas pequeñas cosas igual no son las que dan sentido a la vida, pero sí las que la complementan perfectamente. Son los pequeños detalles los que pueden hacer que las situaciones pasen de ser normales simplemente, a ser extraordinarias.
    Bien está vivir bajo ciertas normas y rutinas, que a veces nos hacen la vida más sencilla, pero es horrible vivir encorsetado. No se puede estar siempre «a régimen».

    Gil Pender conoció a Adriana caminando a medianoche por París (amén de a Hemingway, Fitzgerald, Dalí o Porter) sin motivo aparente. Bueno, pues yo di mi particular paseo a medianoche por un motivo menos aparente aún, y aunque no conocí a Adriana ni bebí absenta con los grandes genios del siglo XX, la noche alberga a otras Adrianas y a otros genios (y qué genios!!) que me brindaron una noche de esas en la que te congratulas con el mundo y en la que por lo menos dejas la partida en empate.

    Así que en el día más brillante, en la noche más oscura… Haz lo que te apetezca, sin molestar al prójimo, y nunca te quedes con las ganas. Eso no es bueno.

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

  • YA LO DECÍA GARCI: «UNO ES DEMASIADO»

    YA LO DECÍA GARCI: «UNO ES DEMASIADO»

    «Varela, que sé que a lo mejor te hace ilusión«

    Esto me decía el otro día mi buen amigo Pablo, momentos antes de mandarme la foto de un libro que les acababa de regalar, a él y a su encantadora esposa Bárbara, José Luis Garci –con cariñosa dedicatoria incluida–.

    Efectivamente me hacía ilusión. Porque es Garci una persona que me cae especialmente bien.
    Y no sólo como director de cine, sino como ser humano.

    Además creo que una de las cosas que más me hubiesen podido gustar en la vida es haber compartido whiskys con Garci, y su gran amigo Alfredo Landa, en cualquiera de esas noches de tertulia que tan a menudo disfrutaban.
    Por supuesto, sólo hubiese ido allí como mero espectador a escuchar. O como mucho –y como bien dicen las reglas sagradas del mus que hacen los de fuera– «a dar tabaco».

    Es de esos tipos que igual te hablan de la grandeza de John Ford, de un partido de su Atleti, o de dónde beber el mejor Manhattan del mundo.

    Y fue precisamente hablando de combinados como más me llamó la atención su figura, dado que me gusta más como escritor que como director —aunque creo que si viese su filmografía entera, cambiaría de opinión—.

    Esto se produjo cuando cayó en mis manos esa joya que se llama «Beber de cine«. Antología poética a los destilados, y al séptimo arte y sus protagonistas.
    Me encantó su forma de relacionar cócteles con películas. Dándole al libro una perspectiva casi de manual. Pero con referencias permanentes al cine, y a cómo beberían esas mezclas algunos de los protagonistas de las películas de las que hablaba.

    Me lo imaginaba escribiendo eso en el Museo Bar del Palace y su boiserie. Con el humo del cigarro dibujando siluetas alrededor de las lámparas de luz tenue. Entre dry martini y dry martini (nunca entre gimlets, porque como él bien dice: «si ha salido bien, uno es demasiado»).
    ¡Magia pura!

    Mucho mundo hay que tener en las espaldas para contar las cosas que cuenta.
    Mucho mundo, y muy buen gusto para relatar, de forma tan magnética y tan poco sórdida, cada una de las anécdotas con las que nos hace revivir rodajes con experiencias propias o ajenas. O esas leyendas que envuelven a grandes como Welles, Bogart o Sinatra alrededor de una botella –todos ellos grandes bebedores, de esos que desaparecieron a partir de los años 70 por aquello del orden moral en la gran pantalla–.
    Arte en los dedos, y una auténtica base de datos en la cabeza.

    Así que ya sabéis, si algún día alguno me quiere sorprender, no le digo ya que me consiga una plaza en una cena distendida –tertulia incluida– con Garci (y con Gistau a falta del maestro Landa), sino que con que me prepare un plan del estilo, me vale.
    Cena y cócteles hasta altas horas, mientras hablamos de John Ford, del Atleti (y del Madrid) o de dónde beber el mejor Manhattan del mundo.

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

    P.D.: Bárbara, leyendo «Las 7 maravillas del cine«, he podido observar que tu padre fue uno de los privilegiados que compartió noche y tertulia con Garci y Landa. Así que si tras contarnos que tuvo una «juventud tardía» ya se convirtió en mi ídolo, no te digo nada ahora…

  • ALEGATO EN DEFENSA DE LA NOCHE

    ALEGATO EN DEFENSA DE LA NOCHE

    Veintiséis.
    Esos son los años que llevo siendo ave nocturna. Más de la mitad de mi vida, que se dice pronto.

    Y durante ese tiempo he visto de todo. Épocas espléndidas, épocas menos espléndidas, e incluso algunas realmente horribles.
    Pero si algo tengo claro, es que siempre me lo he pasado bien cuando he salido, y no han sido pocas las noches que lo he hecho.
    Noches de lunes, de martes, de miércoles… Bueno, de cualquier día, y así acabo antes.

    Con varias generaciones he compartido andanzas como Don Quijote y Sancho. Y con cada una de ellas he podido ver el cambio de gustos y de costumbres; pero insisto, con todas he disfrutado.
    Así que no puedo decir que Valladolid sea una ciudad aburrida, como muchos afirman.

    Al contrario, creo que somos una ciudad de lo más cómoda para salir, ya que tenemos diferentes tipos de bares, de música y de ambientes, a dos pasos mal contados. Y eso es algo que no se puede decir de todos los sitios.

    Igual también es porque he sabido adaptarme a lo que había. Y sobre todo, siempre me he rodeado de gente dispuesta a disfrutar.
    Ahí creo que radica el secreto.

    He bailado cuando ha hecho falta, he intentado ligar –con desastrosos resultados en el 99% de las veces– si la situación parecía propicia, he buscado los jaleos justos. Y por supuesto he charlado mucho al amparo de esas copas –que empezaron llegando en vaso de tubo y con mezclas empalagosas, y que están llegando cada vez más en formato de vaso ancho y bajo– que te hacen ver el mundo con una clarividencia propia del mejor estadista.

    La mejor noche no siempre es aquella en la que más te has reído. Hay muchas formas de disfrutar de una situación.

    Se decía que Valladolid era una referencia a nivel nacional en lo que a música electrónica se refiere, y que por eso esta ciudad tenía vida.
    Pues mirad, yo jamás he escuchado esa música, así que por ahí no venían esas alegrías que tanto se reclaman ahora.

    Pero sí reconozco que la música ha sido una parte importante de esa diversión. La que he querido la he encontrado; unas veces a la primera, y otras muchas abriendo y cerrando puertas hasta dar con la adecuada. Y si ha hecho falta, me he metido en cabinas que no eran mías para ponerla (con educación y buen rollo se consiguen muchas más cosas de las que pensáis).
    Aunque también, sin embargo, he llegado a estar horas y horas en bares en los cuales ni me he fijado qué estaba sonando, y me he sentido de lo más a gusto allí.

    Insisto, el secreto es saber adaptarse a lo que te rodea. Y sobre todo saber que la diversión empieza por uno mismo. No esperes que los demás te la proporcionen, porque ahí es cuando te llevas los desencantos.
    Horas me he pasado en un bar que al mismo tiempo era una tienda en la que se vendían garbanzos y Cola-Cao –con algunos de sus parroquianos en zapatillas de estar en casa, y no me refiero precisamente a slippers de 200€ el par–. Y cuya mayor propuesta era el dar a elegir entre aceitunas picantes o no, de aperitivo (que por cierto, como picaban, ¡Dios Santo!).
    De los sitios más insospechados se puede sacar petróleo.

    Así que os invito de nuevo a que disfrutéis de lo que tenéis a vuestro alrededor.
    Todavía hay muchos bares que descubrir, mucha música que oír (o no), muchas mujeres a las que cortejar. Y por supuesto, muchas charlas pendientes.

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

  • EL ALCOHOL Y LA DEMOCRACIA

    EL ALCOHOL Y LA DEMOCRACIA

    Tuve boda en Madrid el sábado. Y como toda persona de bien que se precie, salí el viernes.

    Para variar, acabé entrando en una de esas discotecas en las que es más fácil pedir una botella en la puerta que hacer la cola pertinente que tiene cualquier establecimiento de la capital –ya sea una panadería, una administración de lotería o una escuela para aprender a hacer cola–.
    No me preguntéis el nombre del local, porque no me acuerdo. Y mucho menos, dónde estaba.

    – ¿Qué pedimos?
    – A mí me gusta el whisky.
    – A mí la ginebra.
    – Pues a mí el ron…
    – Vale, entonces una botella de vodka.

    ¿Esto es lo que llaman la elección del mal menor?
    ¿O tal vez es aquello de «O jugamos todos o pinchamos la pelota»?

    Dado que la elección del alcohol importaba poco, lo que te echases con él, menos.
    A día de hoy, aún no estoy muy seguro de con qué bebí el vodka. Primero porque creo que jamas llegaré a ser sumiller, ni aunque en la elección para ello quedásemos finalistas el desagüe de un fregadero y yo. Y segundo, porque no nos engañemos, hay ciertas copas que saben todas igual en ciertos sitios Y más a ciertas horas.

    Además, de noche, y esto lo he aprendido con los años, todos los gatos son pardos, las mujeres guapas, y las copas se vuelven de un color atornasolado que hacen imposible su identificación visual, a no ser que tengas poderes en los ojos.
    Y si quieres diferenciarlas con el olfato, lo más que vas a conseguir es beber por las fosas nasales, porque siempre hay alguien que en ese justo momento te empuja, y haces que toques el culo del vaso con la punta de la nariz.

    Pero bueno, que allí nos tomamos unos combinados entre intento de baile e intento de baile. Y digo intento porque como bien sabréis, instrumentos invisibles toco todos los que hagan falta, pero bailar, lo que se dice bailar, lo mismo que la fea de un pueblo cuando había carnet de baile…
    Y como con esa música que había, yo únicamente «put my hands up in the air»,  y con eso sólo no basta, a no ser que quieras que parezca que estás llamando al camarero todo el rato, el resultado fue lamentable.

    Así que menos mal que alguno de mis amigos dijo sabiamente:
    – Vámonos, que en unas horas tenemos que pasar revista, y como nos despistemos un poco, lo más que vamos a pasar es un mañana horrible.

    Por qué no dejaré ya de ir a discotecas, si hay ciertas horas en las que el mejor sitio en el que puedo estar es, no sé, desayunando unos torreznos y unas bravas, por ejemplo.

     

    Besos para ellas y una abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

    P.D.: Increíble boda. Salió todo a la perfección.
    Bárbara, Pablo, no me cansaré de decirlo una y otra vez, gracias, gracias, y nuevamente gracias!!

  • EL TIEMPO NO SIEMPRE LO MARCA EL RELOJ

    EL TIEMPO NO SIEMPRE LO MARCA EL RELOJ

    «Tac, tac, tac»
    Así suena el reloj que tengo en la pared.

    ¿Dónde quedaron los tic? ¿Los habrán robado, como el mes de abril de Sabina?

    Y hablando de los romanos… En breve comienza la época de bodas, que tan de lleno me toca año tras año.
    Y además en este 2016 voy a experimentar una nueva modalidad que hasta ahora nunca había vivido. Y es la de empalmar dos seguidas, con unas horas de diferencia entre ellas. Dado que tengo una el viernes por la tarde y otra el sábado por la mañana.

    La primera pregunta que me surge es si sobreviviré a ambas, teniendo en cuenta cómo he acabado de cuerpo escombro en las últimas que he ido. Aunque sigo confiando en mí mismo y en mi capacidad de sacrificio en determinadas situaciones.
    Porque, no nos vamos a engañar,  no es lo mismo ir a picar piedra a la mina o a hacer deporte dos días seguidos, que irme a dos bodas de grandes amigos. Donde el mayor problema a salvar es el grado de educación que voy a conseguir en la escala de Massiel –que para aquellos que no lo recuerden, dice que «ir a una boda y no emborracharse, es de mala educación»–.
    El secreto está en equilibrar el ph, ya lo sabéis.

    Por supuesto, el segundo problema es si conseguiré llevar a buen puerto la operación chaqué.
    Que es parecida a aquella que hace la gran parte de lea humanidad a partir de enero para meterse en un traje de baño en verano. Y que los que ya hemos dado esa guerra por perdida, y lucimos nuestro cuerpo serrano por las playas de España sin pudor (o paseando con camisa de lino si queremos evitar muestras de horror en las caras de la gente), tenemos que hacer para meternos en un chaqué que tiene ya más de 10 años.

    ¿Por qué no seguiría alquilando, con lo cómodo que era?
    Ibas a que te tomase medidas el señor Martín González, que era un sastre de esos que ya no hay, y hacía las prendas buenas y duraderas –tengo un esmoquin de mi padre que fácil que tenga más de 50 años, y ojito a cómo está aún–, y listo.
    Encima te enseñaba más protocolo que en una escuela diplomática. Te contaba mil y una aventuras de tu padre y tíos cuando eran jóvenes. Y te soltaba frases del tipo: «Cómo te queda de bien el chaqué. Te hace un tipín que no tienes».
    ¡Qué perro!

    ¿Tendremos alguna novedad es los menús? ¿Habrá algún nuevo plato estrella? ¿Harán un complot contra mí y llenarán el ágape con productos lácteos?
    Nada que no arregle hacerse amigo, nada más llegar, con soborno si es necesario, del camarero que sirve las bebidas y del que saca los platos de comida. Con jamón, cerveza y whisky no hay complot que valga.
    Tengo amigos auténticos maestros de estos usos y habilidades, que pueden conseguir, en media hora, tener a una plantilla de 30 camareros bebiendo los vientos por nosotros.
    La experiencia, que es un grado.

    Y luego, pues lo de siempre. ¿Bailaré para provocarme sed? ¿Me elevarán, como si estuviese en una touche, para coger el ramo de la novia y tocar las narices un poco? ¿Dónde acabaré durmiendo en la que tengo en Madrid?
    Porque lo de que me toque cantar, se da por hecho. Sólo hay dudas sobre qué repertorio tendré que sacar de la cartera, además del sempiterno Sinatra.

    Así que, la verdad, para qué preocuparme del tic que le falta a mi reloj, con lo divertido que van a ser las fechas que se me aproximan.
    ¡Nos vemos en las bodas, amigos!

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y los sabéis

  • LOS TIEMPOS ESTÁN CAMBIANDO… Y LO SÉ

    LOS TIEMPOS ESTÁN CAMBIANDO… Y LO SÉ

    Con lo que yo he sido…
    Ya no soy nadie. Ni mi sombra. Nada parecido a quien fui. Soy un espejismo de mí mismo… Vivo aislado del mundo que me rodea.
    ¿Por qué digo esto? Os lo enumero, esperad.

    1.- Antes me veía todas las series que podía, e incluso las que no podía. Pero ahora, lo más que veo es «Dos hombres y Medio» y «Aquí no hay quien viva», porque las ponen a todas horas.

    2.- Desconozco la mayoría de los títulos y nombres de los cantantes de las canciones de moda. Y eso que se supone que es mi trabajo saberlo. Aunque siendo sinceros, no estoy muy preocupado por ello, dado el nivel de los mismos.

    3.- No tengo el pelo cortísimo por los lados y largo por arriba. Sí, llevo barba, pero como en los últimos 12 años.

    4.- Mis pantalones no me cortan la circulación cuando me los pongo. Ni en su opuesto, se me caen al andar.

    5.- Empiezo a no entender la manera de hablar de algunos en las redes sociales, y creo que eso «no es bien» (me parece…)

    6.- No sé en qué se diferencia el sushi del sashimi, pero es que siempre he sido más del percebe y del bocarte.

    7.- Y no os digo nada ya si hablamos de vino… Creo que no sabría enumerar más de cinco o seis bodegas. Y eso que tengo grandes amigos expertos en estos temas.

    8.- Aplíquese el punto anterior al mundo de las ginebras.

    9.- No llevo pajarita a las bodas.

    10.- Lo más atrevido que hay en mis calcetines son rombos.

    11.- El último festival al que fui, puede que fuese el Valladolid Latino al que vino Calamaro con Ariel.

    12.- No consigo llamar a Bagur de otra manera que no sea esa.

    13.- Los vinilos, son y siempre serán, simplemente, «discos».

    14.- Sigo sin saber diferenciar entre deep house del progressive o del EDM. Para mí es «pum pum». Lo sé, inaceptable.

    15.- Empiezo a no saber usar las aplicaciones de los móviles, y suelo quedar último en algún que otro torneo de algún que otro juego de la Play en el que compito. «Perita Varela» me llaman, de hecho.

    16.- No he visto Breaking Bad. No, no la he visto, no os pongáis así.

    17.- Soy muy fan de El Corte Inglés.

    18.- El equipo de baloncesto de Valladolid, siempre será «El Fórum»

    19.- Me sigue dando vergüenza meterme en cualquier sitio por el mero hecho de llevar una cámara colgada a mi cuello. Ser «fotógrafo» va a tener más poder que una orden judicial para acceder a los sitios (fotógrafos profesionales, no lo digo por vosotros).

    20.- Y por fin, y último, aún me sé los números de teléfono de las casas de mis amigos.

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

    P.D.: para contrarrestar todo esto, he descubierto el envío a domicilio de Burger King lo cual va a acabar con mi vida.

    *transcripción casi exacta de este texto (por temas del señor SEO)

    Los_Tiempos-1

    Los_Tiempos-2

  • RESERVADO EL DERECHO DE ADMISIÓN

    RESERVADO EL DERECHO DE ADMISIÓN

    De montar un bar, tengo claro cuál querría.

    Querría uno en el que los caballeros usasen pitillera, y las mujeres hiciesen  sonar el tacón de sus zapatos en el suelo, porque eso significaría que pisan fuerte.
    Uno en el que se pudiese entrar con sombrero y abrigo largo sin parecer raro.
    En el que se tratase a la gente de usted, con normalidad, sin necesidad de sentirse inferior o superior a nadie, porque, precisamente por haber respeto, todos nos situamos en el mismo plano.

    Uno en el que hubiese mil tipos distintos de vasos, igual que hay mil tipos distintos de bebidas para mil tipos distintos de personas. Cada copa tiene su porqué, su momento, y su propia historia. Sí, la historia de por qué se creó así, pero también la historia que hay detrás de cada momento en que se consume de nuevo.
    Puede ser una historia junto a Gilda tras dejar su brazo desnudo, o también puede ser una historia del reencuentro de dos viejos amigos, contentos por haberse vuelto a ver después de mucho tiempo –que para algunos pueden ser años, y para otros simplemente minutos, gracias a la relatividad de cuánto es de larga una espera–.
    Y que el camarero supiese todas y cada una de las historias de los allí presentes, y las hiciese suyas, conservándolas únicamente para sí, y para recordarlas en los momentos en los que hiciese falta recordarlas.

    Donde sus mesas fuesen germen de grandes artistas aún por descubrir, que estuvieran allí en busca de inspiración, en busca de una musa para retratarla en papel, en lienzo, o simplemente en su imaginación.
    Que esas mesas pudiesen tener algún día el nombre propio de quien les dio fama. Que otros las usasen en busca de conseguir algo de la esencia que en ellas había impresa.

    Querría un bar en el que se supiese de música. De buena música. La que a mí me gusta. De esa que se puede escuchar sentado y reposado, como el buen tequila. Esa música que te puede llevar en cualquier momento a bailar agarrado, con la suave cadencia que marquen las notas. Música que llenase los espacios vacíos que tiene nuestra alma. Que fuese compañía y a la vez nos permitiese estar solos si esa es nuestra intención. Querría que la música fuese el hilo conductor de mi bar. Que fuese la banda sonora que lo acompañase hasta sus últimos días. Su seña de identidad y su bandera.

    Y si un día tuviese un bar así, estaría contento por tener algo con la personalidad suficiente como para que alguien pudiese escribir sobre él.

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

     

    *transcripción (casi) exacta de este texto: Hay cambios motivados por el señor SEO.

    Reservado-1

     

    Reservado-2

  • LAS COSAS SENCILLAS NOS FACILITAN LA VIDA

    LAS COSAS SENCILLAS NOS FACILITAN LA VIDA

    Lo malo de escribir sobre uno mismo, es que llega un momento en que te quedas sin experiencias vitales de las que hablar, dado que últimamente tengo la vida social de una ameba.
    ¡Me estoy quedando sin historias, y eso no se puede consentir!

    La verdad es que fijo que tengo un montón que contar. Porque mi vida, a día de hoy, ha sido bastante plena, y me han sucedido muchas andanzas.
    Así que estoy empezando a pensar que el verdadero problema es que se me están empezando a olvidar, las… esto… ¿cómo se llaman?… LAS COSAS!!

    De lo que sí me he dado cuenta, lo cual puede que sea la causa de lo que acabo de contar, es que tengo mogollón de historias alrededor de la noche y los bares.Y eso tampoco es bueno. ¿O sí?

    Antes hacía mucha vida en los bares. Y ya no sólo porque fuese más joven –y me pasase el día de iglesia en iglesia con los parroquianos de cada una de ellas– sino porque había otro rollo.

    Ahora vas a un bar entre semana, y entre los que beben cestos de frutas y verduras, los que sólo van para poder hacer fotos en Instagram simplemente, y los que comen muffins, cronuts, cupcakes y todo tipo de cosas antes llamadas «madalenas» y bollos, ya no es lo mismo.
    Se ha perdido la esencia del bar familiar en el que te sientes como en tu propia casa. Y a veces mejor que en ella.

    Si es que ahora parece que es el decorado de cualquier película ambientada en Nueva York. Pero con una pequeña diferencia, no estamos en Nueva York
    Y no es que sea yo precisamente quien no defiende la american way of life, pero con orden. Porque de bares, sabemos mucho en España como para tener que importar los de otros sitios.

    Que ademas, me pregunto. ¿Pero los dueños de esos bares, de qué viven?.
    Porque a base de un café en toda la tarde, no haces caja ni para pagar el wifi. Mira, aquí si que apruebo la política de precios del Starbucks.

    En ocasiones las cosas son tan modernas, que me siento como Jacques Tati en «Mi tío«.
    Recuerdo un día, cenando en un bar de esos tan de diseño que al año, como están pasados de moda, cierran porque ya no va nadie (y esto es así), que no conseguí abrir el grifo del agua del baño, y tuve que salir a preguntar.
    Se activa poniendo las manos debajo del propio grifo, caballero –me dijeron.
    Y yo me quedé con cara de «Vale. No me mire con ese aire de superioridad intelectual, que al final veo que le acabo metiendo el pan cristal con aroma de hinojo y flor de azahar que me ha puesto, por donde la espalda pierde su digno nombre«.

    Aunque hay veces que no consigo ni llegar al baño, porque la abstracción del artista a la hora de crear la composición que decide la puerta que tengo que elegir por mi condición humana (y divina) de hombre, es digna de llevar a estudio.
    «Hombres/Mujeres», y ya.  No hay que complicarse más. Cualquier otra virguería es innecesaria. Y más en aquellos bares/restaurantes en los que se prevé que el alcohol va a correr, y se pueden nublar un poco los sentidos.
    Se han dado casos de gente que se ha sacado la carrera de bellas artes allí, de lo que han tenido que estudiar la obra conceptual del creador de los carteles, para poder elegir la puerta adecuada.

    Así que por estas y algunas cosas más, mi asistencia a los bares ha menguado bastante en los últimos tiempos.
    Volvamos a aquella época en que si pedías whisky te ponían DYC. Y si pedías ginebra te ponían Larios (cambiándose por J&B y Beefeater, si los pedías de importación).

    Si ya de por sí la vida es complicada, no nos la compliquemos más.
    A qué no os imaginais a James Bond diciendo «Me pone Tanqueray con Cinzano seco, y me lo shaken, not stirred»?
    Pues eso…

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

  • MANTA, PELI Y PIZZA

    MANTA, PELI Y PIZZA

    «Hoy domingo de manta, peli y pizza!!»

    Escribes esto, todo contento, en las múltiples redes sociales que habitas –y que conforman ese mundo idílico en el que crees vivir–. Suena fenomenal, y es un plan con una pinta estupenda, pero, volvamos un poco para atrás…

    El día ha empezado unas horas antes –cuando te has levantado, todavía no sabiendo muy bien qué hora era, dónde estabas, o cómo llegaste ahí–. Y has estado unos dos minutos mirando fijamente un zapato suelto que hay por el suelo del dormitorio, mientras estás sentado en el borde de la cama esperando que toda la sangre empiece a fluir por tu cuerpo escombro.

    A esto has llegado porque ayer pensaste que si los mayas fallaron en su predicción del mundo, tú estabas seguro de saberlo, y el fin del mundo iba a llegar hoy. Así que te convertiste en el embajador de Jäger y de Jose.
    Total, no iba a haber un mañana…

    Pero ese «mañana» ha llegado y quieres que se pare la vida, porque te quieres bajar.

    Has deambulado sin sentido por la casa, sin saber muy bien qué querías hacer.
    Te vuelve a asaltar de nuevo la pregunta de todos los domingos que no es otra que «¿Desayuno tarde o como pronto?».
    Así que, mientras decides qué hacer, comes un trozo de pan con mantequilla; sigues con los restos de comida que hay en la nevera; pasas a unos Bocabits rancios que llevan abiertos desde el día que se inventaron; y para pasar el trago, haces café. Pero te acabas bebiendo una Coca-Cola que hay abierta desde anoche.
    Vamos, lo que viene siendo un brunch castizo y casero.

    Lobato suena de fondo, mientras piensas que por qué no se calla un poco. Quieres pensar unas cosas para dentro, y no te deja.
    Además ya qué más da, el Mundial ha perdido todo el interés que puede despertar un acontecimiento deportivo un domingo por la mañana.
    Simplemente lo pones para ver si alguien en la salida se estaza, y lo sabes. Luego ya lo dejas puesto por la pereza que te da apagar la televisión.

    En este instante sólo quieres que vayan pasando las horas para que te vayas encontrando de nuevo con esa persona que sueles ser de lunes a jueves, y que se transforma nada más salir del trabajo el viernes.

    Para ello, ya has intentado la cocina creativa fusión, con resultados más bien mediocres, pero que te ha servido para alimentarte. Has podido observar que tu cara, poco a poco, está pasando de ser de corcho a más o menos gomaespuma. Aunque la mirada sigue siendo la misma con la que mirabas fijamente el zapato esta mañana.

    Te has paseado un poco por Facebook para ver si alguien ha colgado alguna foto de la que te puedas arrepentir. Aunque ayer, cuando te la hicieron, te pareciese la mejor de la historia. Qué mejor que una instantánea con los pantalones bajados mientras sodomizas a una pobre estatua, ¿verdad?

    Y entonces llega ese momento en el que escribes «¡Hoy domingo de manta, peli y pizza!».
    Cuando en realidad lo que estás es completamente desparramado sobre el sofá porque no tienes fuerza ni para ponerte en cualquier posición medianamente anatómica que te permita estar cómodo. Como manta estás usando el trapo de la cocina que has usado como servilleta y que aún sigue por ahí. La peli es la que están emitiendo en Antena 3, porque aún no has cambiado de canal –y mucho menos has hecho el esfuerzo de poner un DVD, desde que acabó la Fórmula 1–.
    Y pizza… Quién tuviera una pizza en este instante!!

    Pero no vas a poner todo esto en tu estado idílico de Facebook, ¿no?.

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

  • HISTORIAS DE UNA CABINA: CARUSO

    HISTORIAS DE UNA CABINA: CARUSO

    Ya dije el primer día que estas historias no iban a ser cronológicas. Porque la verdad, teniendo en cuenta la música que pongo, bien podía hablar del año 91 como del 2014.
    Sí, soy así de original, de atemporal, de pesado y de todo. Aunque hay que reconocer que, últimamente, no os podréis quejar del cambio significativo que ha dado mi música. Ampliando mucho mis miras musicales, siguiendo vuestros consejos y peticiones.
    Eso sí, por el reggaeton y «algo para perrear» sigo sin pasar.
    Es más, los que pedís eso, ¿qué leches hacéis en Caruso?

    Pues eso, que hoy voy a hablar en esta ocasión de Caruso. Que es ese bar que me tuvo 5 ó 6 años permanente apoyado en una esquina como cliente, y que me tiene ahora pegado en la otra esquina, como pinchadiscos.

    Y para empezar, creo que merece que hable un poco, primero, de la época de cliente. La cual, he de decir, que aun se perpetúa en el tiempo. Porque debo ser la única persona que cuando no está trabajando, también pasa sus horas libres en su lugar en el mismo lugar de trabajo. Lo que sin duda dice mucho del bar.

    Como clientes, hemos dado más guerra que los cartagineses a los romanos. Entre otras cosas porque allí «celebrábamos» las famosas post comidas de Horrorosos. En las cuales, entre 10 y 15 energúmenos, nos juntábamos para para exaltar la amistad y elevarla a las más altas cotas del mundo conocido.
    Bendita Nuria. Qué paciencia tuvo –y sigue teniendo–. Gracias a la cual, a pesar de todas las perrerías que le hemos hecho, nos sigue hablando, Y hasta incluso, me atrevería a decir, apreciándonos.

    Si es que en más de una ocasión (y de dos, y de tres, y de…) hemos llegado a hacer allí más horas que los propios camareros. Aguantando de manera estoica el paso de las horas, las inclemencias del tiempo, y los combinados multifrúticos que van pasando por delante nuestro cada vez que alguien dice «¡Otra ronda!».
    Ese es el autentico espíritu olímpico de superación, que no os engañen.

    Al fin y al cabo, la realización periódica de ejercicio reporta una mejora en la salud, lo cual es un aliciente para seguir realizándola.
    Pero acodarte en una barra, ¿a dónde te lleva, más que a la ruina y a la destrucción del cuerpo humano?
    Y a pesar de todo, lo hacemos. ¡Y justamente ahí reside el mérito!

    Así que después de tantos años siendo un pilar para la economía del bar, decidí que ya era hora de empezar a equilibrar el balance de cuentas. Y ¿qué mejor manera que trabajar con ellos?
    Por lo que cuando Fabi me ofreció entrar a formar parte de esa familia que es Caruso, que la es, a mí me pareció estupendo.

    Además, me dijo algo que es lo mejor que te pueden decir si trabajas de pinchadiscos, –Pon lo que tú creas conveniente. Tienes total libertad–.
    Y doy fe, que después de más de año y medio que llevo allí, esa máxima sigue presente.
    Si no, decidme algo que no hayáis oído en el bar, o que no os haya podido poner por algún tipo de veto. Por allí han pasado desde The Beatles hasta Hombres G. Desde Fleetwood Mac hasta Supersubmarina. Leiva, Burning, Lynyrd Skynyrd, Bowie, M-Clan o Sidonie. Por supuesto, cuando el ambiente festivo se convierte en verbenero, por qué no poner The Refrescos, Siempre Así o Rafaella Carrá.
    Yo estoy allí para animaros, y si el cuerpo pide eso, pues se me dice, y se pone.

    Eso sí, no es fácil llegar a mí, ¿verdad?
    No es fácil enfrentarse a esa escalera piscinera la primera vez. Aunque siempre hay recompensa, ya sea en forma de canción, o en forma de recuerdo fotográfico para mi álbum «Mi cabina, un club social». Que es ese monstruo que ha ido creciendo poco a poco, y del que tan orgulloso me siento, de verdad.

    Me encanta cada vez que subís a haceros una foto conmigo, porque me hace sentir muy querido. Y es un recuerdo que guardaré con muchísimo cariño, y me traerá gratísimos recuerdos cada vez que lo vea.
    Desde luego que está lo más granado y lo mejor de la sociedad vallisoletana, e incluso de alguna que otra provincia más. Ya sabéis «¿quién no se ha hecho una foto conmigo en la cabina?»…

    Así que espero que por allí sigas pasando, con foto o sin foto, cuando queráis. Que encantado estaré de recibiros en mi pequeña atalaya desde la que domino todo el abarrotado páramo que es Caruso.
    Y recordad, para bajar, ¡siempre de espaldas!

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

    P.D.: Fabi, Nuria, Trutxa, Bea, Montaña, Alba, gracias por hacerme sentir como en casa.