Categoría: Sociedad

  • QUINCE MÁS… ÓRDAGO

    QUINCE MÁS… ÓRDAGO

    A punto de cumplirse cuarenta años de su estreno, uno –que hay ciertas cosas que dilata en el tiempo hasta grados superlativos– decidió ver el otro día «El Crack«.

    Soberbia película que me mantuvo pendiente de ella de principio a fin. Lo que en tiempos de la doble pantalla, redobla el valor de lo conseguido.
    Volver a la España (al Madrid) de los años 80 me pareció una auténtica hemorragia de placer.

    Sin entrar en detalles, porque ni ésta es la tribuna para ello, ni por otro lado es mi intención, quiero traer a colación una de sus escenas. La partida de mus.

    Probablemente a un altísimo porcentaje de los que me leéis, expresiones como  «Pares sí«, «Tú hasta mí«, «Por una no se salen» o «Muerte dulce» no os resulten extrañas. Dado que de una manera u otra, o bien las habéis dicho, o bien habéis escuchado a alguien decirlas.
    Pero una cosa os voy a desvelar, y que no os aterre: el mus en particular, y las cartas en general, están ya en la misma categoría de extinción que el lince ibérico.

    Gracias a mi juventud tardía, he tenido la posibilidad de haber vivido la actualidad de varias generaciones. Con el paso de una a otra pude ver con mis propios ojos cómo eso tan español que son las cartas, pasaba de ser una parte importante del ocio diario a casi algo residual. «Echar una partidita» se convertía en un evento parecido al del desove de las tortugas carey de Costa Rica.
    No sé cómo gasta su tiempo la juventud actual, porque ya no he podido estirar más mi adolescencia –por más que lo he intentado–. Pero jugando a las cartas, no.

    Como he decidido nunca más valorar desde mi prisma el punto de vista de los demás, simplemente diré que es una pena. Porque poder compartir una jornada de cartas con los amigos, alrededor de una mesa, es uno de los mayores placeres que he podido disfrutar.

    Si llego a saber que sería una de las cosas que iba a dejar de hacer con frecuencia –por los quehaceres diarios de la vida adulta– os garantizo que esas partidas, a veces largas, las hubiese convertido en eternas.

    Se podía quedar sólo para jugar, convirtiéndose así en plato principal. Podían ser postre y coronar una jornada gastronómica. Jugarse de día, de noche, o incluso de madrugada. Valían para poner en juego la honra y el honor de cada uno. O el dinero, aunque siempre he sido mil veces más de lo primero, porque lo segundo todo lo empañaba.
    Han sido piedras angulares de cualquier fiesta popular. Ya fuese en un colegio, una reunión navideña o las fiestas patronales de cualquier municipio que se preciase. Trofeos de cartas engalanan las estanterías junto con minicopas de deporte escolar de tiempos pretéritos.

    La Pocha, el Continental, la Brisca, el Marufo, el Tute, la Escoba, el Chinchón… (como veréis todos en mayúscula, porque merecen ese respeto lingüístico por mi parte) han sido parte de mi vida. Me han brindado tanto memorables tardes de gloria, como debacles dignas de una tragedia griega. Y es probable que hasta me hayan enseñado más cosas de las que pueda parecer.

    Así que mientras encuentre «¿Tres para un mus?» intentaré que el legado de Heraclio Fournier no desaparezca de la consciencia colectiva de este país llamado España.

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

  • SALTAR LA TAPIA

    SALTAR LA TAPIA

    Mi vida social actual se reduce a pasear por las mañanas, como cualquier persona que no tiene nada mejor que hacer.
    No hay cosas más interesantes a mi alrededor en mis ratos de asueto. Como mucho algún escarceo al banco o la farmacia. Para que os hagáis una idea, la visita del cartero es el momento más inquietante del día.

    Así que, como los fotógrafos que afinan el ojo disparando con carrete –sabedores que no pueden desperdiciar disparos sinfín–, he afinado mi percepción de lo que sucede a mi alrededor durante estas salidas, buscando cosas sobre las que escribir.

     

    Al pasar por la calle Maldonado, en un nuevo recorrido de sábado improvisado para hoy, he vuelto a ver muchos de los sitios de mi juventud.
    O mejor dicho, los vacíos de los sitios de mi juventud, dado que ni el Ailanto, ni el grandísimo «Jose» están ya allí. He sentido el frío del olvido, pero al mismo tiempo el calor del recuerdo.

    Pero lo que sí sigue es aquella tapia del Sanjo que durante muchos años (muy buenos, por cierto), marcó los límites de mi vida estudiantil.
    Aquella que fijó la linea entre ser responsable o ser un forajido. La que, como me acaba de recordar mi amiga Silvia, era responsabilidad del único e irrepetible Eusebio. El cual era capaz de pegarte un bocinazo si te veía haciendo algo indebido, para acto seguido darte amablemente –todo lo «amablemente» que podía–, uno de sus preciados Ducados, si se lo pedías con cara de pena.

    Y he pensado en la de veces que se presentó la disyuntiva de saltar aquella tapia.
    Algunas veces para entrar. Pero muchas más para salir, dado que siempre hemos sido proclives a escaparnos, antes que a confinarnos (aunque la actualidad se empeñe en demostrar lo contrario).

    Saltarla, además, como prueba irrefutable de que ya no eras un niño.
    Porque aquel era uno de los mayores símbolos del paso a la adolescencia. Al igual que lo era tu primer bocata de tortilla comprado en alguno de los bares de alrededor (en el Sanjo al principio, y en el José cuando eras un poco más mayor). El primer cigarrillo a medias fumado en los baños, aquellos que teníamos el vicio de lo prohibido por bandera. O el primer beso –o el primer tortazo por intentarlo– a la chica de al lado que te robó el corazón.
    «Cosas veredes, amigo, Sancho»

    Seguro que muchos de los que vais a pasar por este texto sentiréis lo mismo al verla, ya sea esta misma o la vuestra propia. Porque vosotros, al igual que yo, también tuvisteis alguna frontera que marcó el paso a una nueva vida.

     

    Hablando de la vida, y de sus casualidades, saltar de nuevo una tapia fue otro de los grandes retos que se me presentaron.
    Y es que aquel era uno de los muros –y nunca mejor dicho– que había que romper en aquella urbanización de la sierra madrileña en la que pasé mi infancia. La tapia que separaba nuestra controlada convivencia entre españoles de clase media en los años 80, del más allá que suponía para un niño el bosque que detrás de ella había. Y en el que los mayores contaban que se encontraba un lúgubre cabaña en la que había grilletes, quien sabe de qué época…

    Salté la tapia, pero nunca me atreví a adentrarme en el bosque buscando aquella choza.
    Así que tampoco podéis esperar que ahora, tras pisar la calle, haga cosas mucho más intrépidas que visitar a mi farmacéutica de confianza.

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

  • DE PASEO

    DE PASEO

    Recién duchado, con la barba arreglada y las mejores esencias perfumando mi cuerpo, he salido a la calle para recibir a la mañana del sábado.
    A esa hora que no es ni demasiado temprana como para considerarme un teatino, ni demasiado tardía como para sentirme culpable por no aprovechar bien el día.

     

    Paseo entre un número justo de personas, las cuales, además no sé muy bien por qué, son más cívicas que las del resto del día, y van a un ritmo y orden casi marcial. Esto me provoca tranquilidad y sosiego, lo que nunca viene mal en tiempos revueltos.

    Me acerco al quiosco a por la prensa, pero recuerdo que mis diarios de cabecera han cambiado tanto su linea editorial que ya no apetece comprarlos en papel para leerlos a conciencia y con calma. Con un vistazo por sus portadas digitales me vale. Si por lo menos hubiese sido martes habría comprado El Norte para leer la columna del Señor Peláez. Pero no he tenido esa suerte.

    Visito la administración de lotería de la calle Santiago. Aquella que durante tantos años nos recordó que había dado el mayor premio de la historia de España durante las Navidades del año 84.
    Tras seis semanas consecutivas enlazando el premio suficiente para poder seguir jugando sin gastar un euro más, el lotero ya se ha quedado con mi cara, y me indica la suerte que tengo. Le digo que sí, aunque sin comentarle que lo pensaría igual aunque no me hubiese tocado la humilde Primitiva que juego.

    Me gusta ir allí porque dado que salgo por la puerta lateral que da a las Francesas, prolongo mi paseo por dentro.
    Durante los años que mi madre estuvo al frente de Amarras, aquel fue mi patio de recreo. Demasiadas horas intentando ser un Jedi o un Paperboy en las recreativas como para no querer sentir un escalofrío de placer por la espalda cada vez que paso por lo que fue la entrada de La Pera.

    Sólo queda ir al por el pan, dando un paseo, para convertirme en un españolito de clase media.
    Doy rodeo, callejeo, reduzco al cadencia del paso como si perteneciese al cuerpo de Regulares. Miro en todas direcciones cual turista, porque siempre se descubren cosas nuevas si no llevas la mirada apuntando hacía el infierno.

    La única premisa que tengo durante el quehacer sabatino aleatorio es encarar, en un momento u otro, la Plaza Zorrilla desde el Paseo Zorrilla.
    Sí, dejo a mis espaldas la Academia de Caballería, pero a cambio gano una visión panorámica de la Casa Mantilla (a la que todavía se le puede ver, si entornas un poco los ojos y la imaginación, los carteles de Philips e Iberia) . Sobra decir lo que siento cuando la veo.

    Y tras esta ruta de aventurero urbanita llego a casa satisfecho y feliz. Feliz, sobre todo, al comprobar que con poco me siento muy bien.

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

    P.D.: hoy, además, doblemente feliz porque en casa me esperaba, para ser escuchado con ilusión y ganas, el nuevo disco del señor Springsteen.

  • CUARENTA Y CINCO

    CUARENTA Y CINCO

    Ayer estuve viendo una de esas pelis en las que, como me pasó en TV con Friends, sus personajes han pasado de ser mis hermanos mayores a ser mis hermanos pequeños. Cuatro bodas y un funeral.
    Y caí en un detalle bastante significativo. Por primera vez desde hace 18 años, el año va a acabar sin que asista a una boda.

    De aquí podemos deducir dos cosas.
    La primera es que tengo muchísimos amigos que han contado conmigo para pasar el día más especial de su vida. Y la segunda, y no menos importante, es que empiezo a tener más años que un bosque viejo.
    Si los años dan un poso sabiduría, la mitad de la Enciclopedia Británica descansa sobre mis espaldas.

    Pero como siempre digo, no tengo ningún problema en cumplir años (problema sería no cumplirlos, dense cuenta). Es más, me encanta recibir llamadas de gente de lo más dispar, con los que comparto recuerdos, realidades, esperanzas, y alguna que otra fantasía. Y en un momento como el de ahora, con la sociedad más polarizada que recuerdo, nada hay más importante que sentirte unido a cuantos más puntos posibles. Demostrando a todos aquellos que se empeñan en separar, que nada hay más fuerte que la unión.

    Me he pasado el día hablando por teléfono. Hacía muchos años que no hablaba tanto.
    Creo que durante estos últimos meses de anormalidad, algo sí ha cambiado en nosotros –por lo menos en una parte–, y estamos empezando de nuevo a invertir en relaciones humanas.
    Todo por la sencilla razón de habernos dado cuenta, ante su falta, que nada provoca más candor cuando hace frio, ni acompaña tanto en la soledad que saber que podemos contar con los nuestros cuando hace falta.
    Tenerlos cerca, de la forma que haya sido, a pesar de la distancia y las medidas sanitarias, ha sido uno de los grandes descubrimientos de esta mísera y desagradable etapa que nos ha tocado vivir.

    Soy poco amigo de las palabras motivadoras, porque soy un descreído –o porque igual no he dado nunca con alguien que me las diga de verdad–, pero lo que se agradece cuando te hablan desde el cariño los amigos. Ante esto, no hay Mr. Wonderful que valga.
    Y parece que vamos recuperando la sana costumbre de cuidar muy mucho de nuestro entorno. De los nuestros y de lo que les rodea. Entre otras cosas porque la solidaridad y la empatía hace que igual que tú cuidas de ellos, ellos cuidan de ti. Y da un gustirrinín!!!!

    No me quiero poner tan meloso, porque no es momento ni lugar, así que iremos acabando indicando que el año natural que acabo de terminar ha sido más de lo mismo. Sigo sin tener ni carnet de conducir, ni novia. Lo demás, minucias.
    Aunque mantengan la esperanza porque las cosas puedan cambiar el lunes. ¿Verdad, amigos?

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

  • A MI YO DEL PASADO

    A MI YO DEL PASADO

    Tras una serie de catastróficas desdichas, que incluyen estar somnoliento y confiar en demasía en la tecnología, el otro día me cargué mi Whatsapp. Así, sin más.
    Sorprendentemente no me importó nada.

    Aún con todo, intenté traerle de nuevo a la vida confiando en que mi copia de seguridad, dado que tengo tropecientos mil gigas de espacio libre contratado en iCloud, estuviese actualizada. Pero no.
    Por algún motivo Whatsapp había decidido que la actualidad no merecía para nada la pena –lo cual puedo llegar a entender–, y que mi vida sólo debería ser recordada hasta el 4 de noviembre de 2019.

    Por ello empecé a pensar en viajes al pasado y en variaciones del continuo espacio-tiempo, y cosas de esas que se explican en pizarras enormes en universidades de Ohio y Massachusetts.
    Entonces me volví un típico personaje de película de esos en los que en un momento de su vida le preguntan: «Si pudieses hablar con tu yo adolescente, ¿qué le dirías?».

    Y aunque esto es altamente improbable que pudiese suceder, no seré yo quien no lo haga por falta de probabilidades.

     

    • Estudia música. Te gusta demasiado como para que con el paso de los años te valga con tocar mal la batería y peor la guitarra. Pero estúdiala de verdad. En conservatorio, y por lo menos hasta grado profesional. El que algo quiere, algo le cuesta. Estoy seguro que así, además, la apreciarás más cuando la escuches.

     

    • No está mal que le dediques tanto tiempo al deporte, pero hazme caso, hay más cosas. Así que divide un poco el tiempo y aprovéchalo, por ejemplo en lo que te cuento en el primer punto.

     

    • Presta un poco más de atención al padre Aniano. El arte te va a apasionar, y cuánto antes aprendas a apreciarlo, antes empezarás a disfrutar de él en los numerosos museos que podrás visitar.

     

    • Hablando de estudiar… No seas tan vago, por Dios. No eres tonto, así que aplícate, aunque sea un poquito. Estoy seguro que sacarás mucho rendimiento a ese esfuerzo, aunque siempre te apetezca más salir con tus amigos, incluso durante la época de exámenes.

     

    • Cuando aparezca Elena, hazle caso, porque te gusta de verdad. Y luego a Marta, y a Blanca, y a Paloma, y a Alicia, y a Silvia, y a… Céntrate!!

     

    • Tienes muchos amigos. Cuídalos. Pero tampoco te dejes engañar, porque de los de verdad tienes muy pocos y son muy valiosos.

     

    • A esos pocos, tenlos mucho en cuenta. Primero para ayudarlos cuando haga falta. Y luego para dejarte ayudar por ellos cuando se ofrezcan. Sus ojos van a ver mucho más lejos de lo que ven los tuyos.

     

    • Los cantos de sirena sólo son eso, cantos. Y aduladores hay muchos.

     

    • Esfuérzate, que el trabajo tiene recompensa. También te digo, que por desgracia, esto no es una ciencia exacta. Pero aún con todo, curra duro y tendrás más posibilidades de éxito.

     

    • No inviertas demasiado en CD’s. Te van a parecer lo más, pero al final los vas a tener apilados sin usar porque vas a seguir usando los discos de toda la vida. Esos sí puedes seguir comprándolos sin problema.

     

    • ¿Te acuerdas de la Olivetti que regalaron a tus hermanos unos Reyes? Hazte con ella, porque creo que puedes pasar grandes ratos escribiendo.

     

    • Cuando te digan que tienes que ir a cuidar a la abuela, hazlo sin problema. Primero porque te lo vas a pasar de miedo con ella. Y segundo, porque cuidar ahora a quien cuidó de ti antes será una de tus máximas cuando empieces a pensar en la falta de valores de la sociedad.

     

    • Los 18 años es una edad buenísima para empezar a plantearte sacar el carnet de conducir. No lo dejes «para el lunes», que igual se te complica el asunto.

     

    • Volviendo a la música, The Indians es una de las mejores cosas que te van a pasar. Intenta no dejar nunca de tener una banda de rock. Y cuando te digan que o apruebas o tocas, estudia más, porque te vas a quedar sin tocar, y eso lo vas a añorar muchísimo.

     

    • Llegará un día en que oirás hablar de alguien llamado David Gistau. Síguele le pista todo lo que puedas. Te va a enseñar a descubrir muchas cosas y te dará un punto de vista de ellas muy interesante.

     

    • Las cosas que tienen que suceder, suceden. Pero no está de más que tú las intentes provocar un poco. Como te quedes sentado esperando, muchas de ellas van a pasar delante de ti, y ni quiera te van a decir adiós. E igual cuando lleguen, ya será demasiado tarde.

     

    • Y por último, y no por ello menos importante, aunque no te lo creas, te van a acabar gustando las pasas. Y puede ser que sea por hacerte mayor (razón aquí).

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

  • NO METER LOS LEVIS EN LA NEVERA

    NO METER LOS LEVIS EN LA NEVERA

    Hay tormenta de verano y me he venido a escribir a la terraza para disfrutar del olor a tierra mojada y del sonido de la lluvia.

    Disculpad un momento. Ahora vuelvo…

    Ya estoy.
    ¡Vaya fraude eso de escribir durante un chaparrón!

    Sí, la imagen muy bucólica, pero desde luego poco práctica.
    Con tanta agua azotándome la cara por culpa del vendaval, me he visto más cerca de ser el Capitán Ahab buscando a Moby Dick que Bécquer cuando escribió aquello de las golondrinas y los balcones. Saben, ¿verdad?
    Ahora, ya en interior –y con Bill Evans sonando de fondo–, mucho mejor. ¡Dónde va a parar!

    Si es que debería tener meridianamente claro ya que a mí no me sale lo del postureo.
    Y es así desde aquella vez en que quise ser como el hombre del anuncio de Levi’s que metía sus pantalones en la nevera para que estuviesen fríos –y le ayudasen así a combatir las adversas condiciones térmicas del desierto–. Y lo único que conseguí fue tener unos pantalones calados, porque justo aquel día, la nevera se estaba descongelando.

    Soy una persona que tiene que regirse por las normas básicas del ser humano. Si me salgo de ellas, la lío. Nacer, crecer, reproducirse y morir. Y lo de «crecer, reproducirse»… Lo primero a medias, y lo segundo lo estoy aplazando sine die.
    Todo ello, además, desarrollado de manera simple. Nada de florituras ni adornos. Digamos que tengo que vivir como si fuese un estante LACK.

    Menos mal que tuve la suerte de que durante gran parte de los años de mis andanzas juveniles las redes sociales no existían –bueno, sí, pero antes se llamaban «quedar a tomar algo el domingo para comentar la jugada», y su radio de influencia no salía de tu círculo de amigos–.
    Por lo tanto no tuve que intentar mostrar mi postureo de marca blanca. Y dejar patente, semana tras semana, que no me había llamado Dios por los mundos del influencer de revista, en busca de la imagen que representase el sino de mi generación.
    Eso, además, ya lo había hecho Nirvana componiendo Smells like teen spirit.

    Llegados a este punto del relato, me gustaría puntualizar una cosa para dejar claro que ningún ser humano (en este caso yo) ha sufrido como consecuencia de los sucesos aquí contados.
    A pesar de todo, y tomando irse de bares como medida de vida social activa, la primera vez que pisé uno tenía 14 años. Lo «he dejado» a los 44.  Por lo tanto me lo he pasado pipa 30 años.
    Si funcionase como el mecanismo cinético de un reloj, podría seguir en marcha aunque estuviese años y años quieto.

    Además, como ya os he dicho últimamente en repetidas ocasiones, ahora mismo estoy muy bien sin moverme mucho.
    Quiero pensar que soy uno de esos que fueron a Casablanca «a tomar las aguas» durante la II Guerra Mundial, y se quedaron allí sin fecha de salida –cambiando Marruecos por Valladolid, y Casablanca por la zona delimitada entre el Campo Grande, Bailén y El Farolito–.

    Escuchar buena música, ver clásicos del Hollywood dorado y un whisky con hielo de vez en cuando, es toda mi actividad lúdica en la actualidad.

    Todo lo que sea salirse de ese guión, a día de hoy, corre el grave peligro de conseguir el mismo éxito que aquellos 501 sacados de la nevera. O sea, ninguno.

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

  • ME HE COMPRADO «LA CABAÑA»

    ME HE COMPRADO «LA CABAÑA»

    Le voy pillando el punto al desconfinamiento. Creo que a primeros de octubre ya estaré preparado para salir.

    Esto que suena a auténtica exageración se está tornando en realidad. Si «hombre precavido vale por dos», yo ahora mismo soy 18 personas.

    No diré que no quiera ver ese mundo exterior que me espera con los brazos abiertos. Lo que no quiero es ver a todos esos que todavía no han captado el mensaje de lo que se puede y no se puede hacer. Y que son precisamente los que abren los brazos para atraparme en ellos.
    Así que mientras sus decisiones puedan influir en el devenir de mi vida, y no haya solución al problema, estoy bien como estoy. Gracias.

    Además, gracias a mi adaptación al medio, como ya dije aquí, empiezo a ser uno con mi entorno. Estoy a un visionado más de El Imperio Contraataca de ser capaz de mover objetos con el poder de La Fuerza.
    He sido capaz, tras los primeros meses de estrés laboral, de empezar a disfrutar del tiempo libre que me deja no tener que preocuparme de ver las noticias (¿Para qué?) ni poner el Osasuna-Eibar de fondo, por aquello de ver el fútbol si o sí. El tiempo libre que me regala el no hacer planes que muchas veces no quiero hacer, pero que el formulismo social casi me impone que haga.

    He aprovechado estos días menos estresantes para aprender a montar un «programa» de radio. A mejorar poco a poco mi más que defectuosa pronunciación. A saber de micrófonos, mesas de mezclas y utensilios varios. Ahora no me da miedo hablarle a un micro de manera más o menos coherente, lo cual puede que me lleve, por fin, a poder realizar un podcast de verdad. Con sus temas, sus invitados y sus colaboradores.

    También me ha dado tiempo, no os creáis, a disfrutar de cosas de lo más insustanciales, como puede ser el haberme enganchado, cual adolescente, a Gossip Girl. Lo puse un día para ver NYC después de haberla visitado en persona, y me vi un capítulo, y otro, y otro… Y la verdad es que fuera de las tramas absurdas, y de ver Nueva York muy bien, me está valiendo para darme cuenta de por qué muchas veces la gente es como es. Curiosas reflexiones me están surgiendo de ver a los mocitos del Upper East Side.

    Pero si hay algo que me está encantando, es que me estoy volviendo un lector avieso (ahora que leo, sé que esta palabra, aunque suene parecida, está mal usada. La correcta es ávido).

    Ya leía mucho todos los días, aunque siempre enmarcado en periódicos, blogs o enciclopedias. Pero desde hace unas semanas, también lo hago en libros. Además sin filtro, dado que soy capaz de leerme desde un manual de podcasting, hasta poesía. Pasando por biografías, ficción o guías de viajes.

    No leer era algo que me daba mucha rabia –tanto o más que no disfrutar de la ingesta de espárragos, dado que parece ser que son un manjar exquisito, pero que a mí ni fu ni fa–. Y me daba rabia, entre otras cosas, porque cuando me ponía a hacerlo me encantaba. Pero siempre era de forma puntual, y no lo convertía en costumbre.
    Veremos si de ésta avanzo ya al siguiente nivel, y empiezo a doblar las esquinas de las páginas en las que hay cosas que me gustan, y hago anotaciones en los márgenes.

    Así que como veréis, no es que tenga el síndrome de «la cabaña». ¡Es que me he comprado la propia cabaña!

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

    P.D.: por el camino, llevo 90 días sin fumar. Y tras bajar mi ingesta de whisky, llevo más de dos semanas directamente sin probar ni una gota. Aunque bueno, creo que esto ya es pasarse.

  • DE HÉROES Y DE LOS QUE NO LO SON TANTO

    DE HÉROES Y DE LOS QUE NO LO SON TANTO

    Esto que voy a decir, y lo hago habiéndome quedado huérfano a una edad en la que uno no debería adquirir esa licencia (que además es para siempre, sin necesidad de renovación cada cinco años), no quiero que se malinterprete. Pero como escribe mi amigo José Peláez aquí,  «Empiezo a llevar mal las muertes«.

     

    Por supuesto que nada podrá compararse al dolor que sufrí antaño tras la ida –sin vuelta– de esa gran persona a la que tuve el honor de llamar «papá». Pero últimamente, los decesos los llevo fatal.

    Recuerdo que hace ya unos años me impactó la muerte de Daniel Rabinovich. Que para quien no sepa quién era, le recomiendo que escriba en Google Les Luthiers, y ponga cualquiera de los vídeos que aparezcan –tanto si interviene él como si no–.
    Y por supuesto la más reciente de David Gistau, a quien ya le dediqué unas palabras desde lo más profundo de mi dolor.
    Entre medias, las de otros muchos a quien no me atrevo a enumerar, por no dejar fuera a nadie por culpa de mi galopante falta de memoria.

    El sentimiento de tristeza por la pérdida existe, faltaría más, pero creo que también –y esto es un poco de egoísmo–, hay una especie de rabia por no poder seguir disfrutando de aquello que les hacía grandes.
    Saber que nunca más vas a poder ver, oír, o leer, algo de alguien a quien admiras, es difícil de digerir –por lo menos en mi caso–. Sobre todo en un mundo en el que cada vez tengo menos referencias positivas. Y las pocas que tenía, se me están yendo casi sin darme cuenta (el primero, sin duda, mi padre).

    Es muy injusto perder faros guías en unos tiempos en los que cualquier sinvergüenza mediocre tiene voz –además, amplificada– sobre todas las cosas. A los que además se les hace caso justamente por la falta de otras voces autorizadas que les silencien de manera efectiva. Y les dejen donde se merecen, que debería ser en el más absoluto ostracismo. Sacando a pasear sus vergüenzas y sus limitaciones.

    No necesito que el mundo se llene de falsos fanfarrones. De gente que por fama efímera estén dispuestos a vender su alma al diablo. No quiero a nuevos encumbrados que se olvidan rápidamente de aquellos que les ayudaron a subir.
    De todos estos, por desgracia, ya hay muchos.

    Y es que los héroes no son tan fáciles de encontrar en esta sociedad cada vez más corrompida. Que pierde valores como si no costasen, y no se molesta en fortalecer los que ya tiene. Es más, los destruye bajo humos muy bien vendidos.
    Por lo tanto perder piezas importantes de una colección tan exclusiva, es una más que desafortunada situación, que nos deja, a algunos, más huérfanos aún de lo que ya éramos.

     

    Así que hacedme un favor, no os muráis más. Aún tengo mucho que aprender de vosotros.

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

  • NO HOMBRE, NO

    NO HOMBRE, NO

    Me encanta el cine, y he visto caer en acto de servicio a muchos de los protagonistas de mis películas favoritas.
    Me apasiona la música, y he visto tirarse del coche, aún estando en marcha, a alguno de mis artistas de cabecera.
    Pero creo que, a pesar de no ser tan lector como melómano o cinéfilo, nunca había sentido la punzada que acabo de sentir al decirme que nos ha dejado hace unos minutos el grandísimo David Gistau.

     

    No hombre, no. ¡Esto no se hace!
    Uno no se va sin despedirse, ni siquiera por mantener esa fama de tipo duro que siempre te precedía.
    Uno no puede dejarnos así, huérfanos de esas columnas con mordiente. De artículos deportivos escritos con aires de otras épocas más gloriosas para el periodismo. De tertulias que daban para tomar notas y aprender lo que es la vida, cada vez que tu sonora voz hacía acto de presencia.

    Porque si algo tengo claro, es que cuando hablabas, la gente escuchaba. Siendo ésta una característica de la que no muchas personas pueden presumir.
    Y eso pasa porque hasta cuando no se estaba de acuerdo contigo –pocas veces, pero alguna había– uno se daba cuenta que tus palabras tenían el copyright a tu nombre. Y que no estaban dichas al albur de nada ni de nadie (característica que habría que valorar más de lo que se hace, en un mundo tan de corrientes como es éste en el que vivimos).

    Te pude conocer, sin mediar palabra entre nosotros, gracias a los desayunos en Campíos, en tu querida Comillas. Y «re-conocer», ya en persona y con intercambio de alguna que otra frase, gracias a ese amigo común que teníamos, de apellido Aznar –y de nombre Don Javier–, que estoy seguro que hoy estará de severo duelo también. Fue hace no mucho, y como ya escribí en su momento, fue de esos días que estarán por siempre marcados en rojo en mi lista de experiencias vitales que había que, valga la redundancia, vivir.

    Me impresionó tu cercanía y simpatía hacia una persona a la que acababas de conocer y a la que no debías nada. En un día, además, en el que presentabas tu novela «Gente que se fue«. Y los reclamos a tu alrededor eran muchos y más interesantes que yo.
    Pero a pesar de todo me dedicaste unos minutos en los que supiste hacerme sentir confortable hablándome de temas más cercanos a mí que a ti mismo, cumpliendo así una de las normas de un perfecto y educado anfitrión.
    Gracias.

    Siempre he dicho que sabía que el día me iba a ir bien si te escuchaba por las mañanas al levantarme. Dado que tus palabras siempre me valían de inspiración.
    ¿Ahora qué hacemos? Verás mañana qué lío.
    Al final te has despedido a la francesa, que para algo es una de las patrias que llevabas en tu sangre. Qué cabronazo…

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

     

    P.D.: «Entre Castilla y el norte, ahí nos veremos» me escribiste en una de tus novelas como dedicatoria. Y aunque soy consciente de que no será fácil hacerlo, quién sabe lo que pueda suceder, dado que nunca he dudado que eras un hombre de palabra. ¡HALA MADRID!

  • FEBRERO INESPERADO

    FEBRERO INESPERADO

    Las canciones hablan, muchas veces, de septiembre.
    Pero yo hoy quiero mentar un mes, habitualmente olvidado, como es febrero.

    ¿Por qué?
    Para empezar, porque tras una época complicada, he visto que siempre el vaso está medio lleno.
    ¡Pero si sólo han pasado dos días!– diréis.
    Sí. Pero han sido suficientes para poder ver lo que realmente te puede reactivar, revitalizar y revivir.
    Y eso a base de cariño envuelto en amistad. O amistad envuelta en cariño, que es lo mismo, aunque muchas veces no lo veamos..

    Porque la vida, cuando está revoltosa, sirve para que los que están a tu lado se descubran como pilares contundentes. Como X, Y y Z en una perspectiva caballera. Como puentes fundamentales en tu día a día, que hacen que, sin darte cuenta, llegues a tu destino de manera casi automática. Que pases de A a B –como siempre nos enseñaron en el colegio– en linea recta, porque para eso es el camino mas corto entre dos puntos.

    De hecho da gusto poder disfrutar de esos apoyos desinteresados en este mundo de falacia envuelta en ¨postureo¨.
    Disfrutar cara a cara de tus amigos. De no importarte sentir de vez en cuando un amargor veraz, en lugar de paladear un eterno, pero falso, dulzor.

    Porque si algo hay claro en nuestro sinvivir,  es que una sonrisa, un abrazo, o un guiño, hace más por nosotros que el más grande de los regalos materiales.
    Una mirada cómplice te hace saber que eres parte de alguien.
    Una inocente confidencia, casi un susurro, puede ser el mayor de los tesoros; sólo por el mero hecho de ser algo que te entregan sin ambages y para siempre. Confiando en que lo guardes en lo más profundo de ti hasta que tenga que ser, si un día lo pide, revelado.

    Febrero me ha traído otro punto de vista. Una nueva forma de sentir el transitar de las horas de una manera nunca antes vivida.

    Y es que siempre hay algo que te puede sorprender, entusiasmar y hasta enamorar. Siempre hay algo que te lleva hacia un horizonte nunca jamás observado. Probablemente porque tus miras no fueron lo suficientemente amplias como para haberlo visto antes.
    He vivido y he dejado vivir. Y he descubierto que puede ser hora también de hacer vivir a quien lo necesite.
    ¿»Puede ser que la vida me guíe hasta el sol»?

     

    Marcaré este mes en rojo en el calendario por ser un gran desconocido que atrapa por inesperado. Porque aun sabiendo que es segundo plato, año tras año, siempre acude a la cita.

     

    Besos para ellas y una abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

     

  • LA LUZ DE LA OSCURIDAD

    LA LUZ DE LA OSCURIDAD

    Con música de fondo y la luz tenue de mi cartel de Coca Cola me siento a escribir.

    Y lo hago de manera muy egoísta, porque me acabo de dar cuenta que mi actual desgobierno mental se debe en gran parte a mi cada vez menos habitual presencia en estos tercios.
    Así que este post lo voy a escribir, por primera vez, pensando en mi propio interés en vez de en el vuestro.
    Disculpadme.

    Hoy es de esos días en los que necesito la luz de la oscuridad para vivir.
    El sonido del silencio. Estar acompañado por la soledad. Viajar mirando por una ventana. Ver la música…
    No sé cómo explicarlo, pero creo que estos eufemismo son lo suficientemente potentes para que os hagáis una idea.

    Algunos les llaman días grises, pero no me gusta usar expresiones pesimistas. No es necesario ahondar en la herida. Es que además el día no es triste como tal. Así que diré que es de esos días «de escuchar jazz«.

    Y es que no es lo mismo estar triste que estar melancólico, que igual sería la palabra más cercana a mi estado actual.
    Hoy, el crepitar de una aguja, mientras pincha el sinfín de un disco, me parece un sonido de lo más atrayente. ¿Me entendéis?

    Encima llueve ahí fuera. Y ese es el primer mandamiento del decálogo de la saudade, que dicen –decimos, que al fin y al cabo el 50% de mi ser proviene de allí– los gallegos.

    Mira, me gusta saudade como expresión para mi día de hoy.

    Precisamente porque creo que no hay definición exacta a tal palabra.
    La saudade es. Se siente y se vive (o se padece, según cada uno). Y yo creo que hasta se puede disfrutar.
    Porque los sentimiento, más que padecerlos, hay que vivirlos.
    Nada es bueno o malo per se. Sino que es la manera con la que se afrontan los hechos la que decide la forma con el que mirarles a los ojos.

    Tengo una botella de Blue Label sin abrir, guardada para un momento especial. Y acabo de decidir que por qué no es hoy ese momento. ¿Qué mejor situación que la de ahora mismo?
    He sobrevivido al pasado, el hoy le afronto con aplomo, y lo que pueda suceder mañana no sólo no me asusta, sino que me motiva y me da fuerzas.
    ¡Brindemos pues!

    ¿Quién dice que desde un resquicio no se puede obtener una buena vista?
    Simplemente hay que mirar y comprobarlo.

    Así que busquemos el nuestro, y miremos a ver qué nos ofrece.
    A lo mejor lo que veamos nos sorprenda y sea eso que siempre hemos deseado. Pero que nunca vimos porque, justamente, esa pequeña abertura nos parecía poca para mirar a través de ella.

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

  • EL ÚLTIMO BAILE

    EL ÚLTIMO BAILE

    Hace un año por estas fechas escribía lo que casi significó mi despedida definitiva de las cabinas.
    Era un texto en caliente, pero muy cierto. Ninguna mentira se podía encontrar en sus palabras.
    Tal vez la única, como el tiempo ha demostrado, fue que dijese que era mi despedida.

    Pero igual que hay verdades a medias, hay mentiras a medias, y ésta lo fue porque en el último año mis apariciones por las cabinas han sido tan mínimas que me podría considerar jubilado.
    Y tras estas últimas ferias –a falta del cierre por mi parte–, puedo afirmar que menos van a ser. Dado que me he visto superado por las circunstancias, y sobre todo, por la juventud.

    A día de hoy bailamos, y nunca mejor dicho, a ritmos completamente distintos.
    Ni me he sabido –ni mucho menos he querido–, adaptarme a los tiempos modernos.
    No hay necesidad. Que pasen los siguientes (que los hay), y que dirijan a las masas por mí.

    «Todavía tienes tu público» me dicen muchos para animarme.
    Y no dudo que lo tenga, lo cual agradezco sobremanera; pero ese público sabrá vivir sin mí perfectamente, igual que vivieron otros antes que ellos la marcha de su «pincha de cabecera».

    Reconozco que cuando accedo a un escenario la subida de adrenalina en determinados momentos es bestial, y es capaz de hacer olvidar todo el sufrimiento. Pero ayyyyyy las bajadas… Esas cada vez cuestan más remontarlas, y no estoy yo entrenado para ascender grandes repechos. Se vive muy cómodo en la meseta.

    La música que se hace ahora no me motiva lo más mínimo, y creo que la antigua la he exprimido ya hasta sus últimas consecuencias.
    Turnedo no da más de sí sin caer en tópicos. Hombres G ya no animan per se. Los Ronaldos simplemente se han quedado para «no poder vivir sin ti, porque no hay manera». El indie es de todo menos indie, y creo que está a punto de ser ya parte del pasado. «One way» se quedó sin «another». Mr. Brightside empieza a ver las cosas negras. Y Sinatra… Sinatra me ha dado tantos grandes cierres que ya es hora que lo deje descansar.
    Ahora sólo hay trap, rap, ap, p… y reggaeton. Todo gira sobre él, y no lo entiendo.

    Recuerdo aquellos tiempos en que en un mismo bar convivían el rock y el pop (en ingles o en español). El heavy, el punk, el grunge e incluso algo de dance. Ahora no.
    Ahora alguien ha decidido que la omnipresencia de ese ritmo machacón llamado Reggaeton & Co. sea total y absoluta.
    Que lo disfruten a quienes les gusta, que a la vista está que no son pocos. Pero desde luego que no cuenten conmigo para que lo predique como Saulo la fe cristiana.

    ¿Qué lo digo de mal café? Pues mirad, voy a ser sincero. Sí. Me parece la mayor aberración que he oído en mi vida.
    «Es lo mismo que pensaban nuestros padres cuando oyeron a The Beatles»

    ¡Mentira!
    Mi padre, que era un gran melómano, fue un enamorado de The Beatles. Y todo por la sencilla razón de que amaba la música, y esos señores rompedores en aquel lejano 1962 eran unos estupendos músicos que hacían música.
    Dudo mucho que le hubiese gustado lo más mínimo esto que impera ahora. Simple, ¿verdad?

    Y por todo esto me veo incapaz de seguir intentando adaptarme a los tiempos. No tengo ni una mínima pizca de ganas.
    Ahora disfrutaré de los bares de otra manera. Preferentemente sentado en la terraza de cualquiera que me ponga medianamente bien un Black Label con hielo. Charlando si hay compañía, o disfrutando de la soledad cuando sea menester.
    Quien se quiera unir a mí, siempre será bienvenido.

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.