Categoría: Sociedad

  • CANCIONES PARA PEQUEÑAS REIVINDICACIONES

    CANCIONES PARA PEQUEÑAS REIVINDICACIONES

    Contra el abandono de animales. Por la supresión del uso indiscriminado de plásticos. Por la igualdad salarial… Hay muchas grandes reivindicaciones, y muchas organizaciones que se encargan de dirigirlas.
    Desde hoy me pretendo erigir como abanderado de aquellas más pequeñas. Que creo que también merecen ser tenidas en cuenta para poder hacer más agradable el día a día de muchos seres humanos insignificantes como yo.

     

    Anoche iba de nuevo a ver a ese ser al que idolatro, tal vez de manera desmedida, desde el 13 de abril de 2012 que le vi por primera vez en La Riviera. Y que atiende al nombre de Leiva.
    Era mi enésimo concierto suyo. Y como en cualquiera de ellos mis ganas de disfrutar eran máximas. A pesar de ese calor que, si hace que el común de la gente se aplatane, yo me convierta en un ser semi humano. Que ni siente ni padece, y se arrastra por la vida como un pelele (según su primera acepción de la RAE).

    Me gustaría aclarar que soy bastante talibán a la hora de no hacer fotos o vídeos de los conciertos, porque me gusta disfrutarlos a mí manera con todos los sentidos de los que disponga ese día –que no siempre son todos– sin ninguna distracción. Pero respeto a todos aquellos que los hacen si ello significa guardar un trocito de lo vivido. Como diría mi madre «democracia y libertad» (hola, mamá). Y mientras no me impidan a mí vivir mi propia democracia y libertad, adelante con la operación.

    Pero vamos a ver, si el director de orquesta de aquello –en el caso de ayer El Elegido, pero se podría aplicar a otros tantos artistas que lo dicen– te pide encarecidamente que se guarde silencio y se respete la canción que para él le define como persona mucho mejor que cualquier cosa que pudiese decir sobre si mismo. So gilipollas, respétale y no abras la boca. Que digo que si has ido a verle y has pagado una entrada, es que algo te gusta. Y por lo tanto le guardas cierta consideración.

    Los que me conocéis, sabéis lo que me gusta cantar. Canto todo lo que me sé, y depende del momento incluso hasta aquello que no me sé. No te digo nada si la canción a cantar es «Vis a vis«. Una fuerza irrefrenable sale de mi estómago hacia mi garganta. Desde mi corazón hacia mi garganta. Desde la más recóndita célula de mi cuerpo hacía mi garganta. Pero si el autor e interprete de la misma me dice que me calle, me callo.

    Doy por hecho que lo pide por algo y no por capricho. Me imagino que él sabrá algo que los demás desconocemos que hace que ese tema sea más especial si se escucha en silencio (en ninguno de los otros 20 temas hace esa petición, así que eso la va a convertir en algo fuera de lo normal). Por lo tanto no hace falta que pongas tú la guinda cantando, mameluco.
    Ya sé que te sabes Vis a vis (que en el caso de ser fan de Leiva, es como decir que te sabes tu nombre y tus apellidos), pero si el propio Lei sigue sin saber como introducir el acordeón de Pop en la canción para hacerla mejor, fíjate la necesidad que hay de incluir tus gorgoritos de Florence Foster Jenkins.

    Sí, ya sé que has pagado la entrada y tienes derecho a hacer lo que te dé la gana, pero como dijo mi amiga Zayda, «Y yo. Pero para ver a Leiva. No para aguantar a gilipollas como tú».
    ¡BRAVO!

     

    Así que si no somos capaces de conseguir que una parte de un auditorio guarde silencio durante unos minutos a petición expresa del artistas, por una falta galopante de respeto y educación, haceos una idea de lo que va a costar erradicar el abandono de animales, el uso indiscriminado de plásticos o la desigualdad salarial…

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

     

    P.D.: a pesar de lo que pueda parecer, disfruté como un enano de nuevo de un conciertazo intenso. Y además, confirmé algo que ya intuía. «Como si fueras a morir mañana» es un pelotazo de proporciones importantes.

  • INTROSPECCIÓN

    INTROSPECCIÓN

    Últimamente los sábados me quedo en casa. No pasaba esto desde el año 88.
    Sí, he escrito 88, y no ha sido al azar.
    Es 1988, no 1888. No soy tan mayor.
    Por las mañanas, según me levanto, escucho la radio generalista.
    Si oigo a David Gistau, sé que el día va a ir bien.
    Me gusta dormir con pijama de dos piezas. Nada de pantalón con camiseta, ni cualquier otro tipo de combinación.
    Una vez usé el pijama que decían que usaba Marilyn Monroe, sin las gotas de Chanel Nº5, y no me gustó nada.
    Mis zapatillas de estar en casa son de piel.
    El conjunto hace que me hayan dicho a veces que parezco salido de Cuéntame.
    No me importa. De hecho algún día usaré chistera y bastón como complemento (el bigote decimonónico ya lo tengo).
    Siempre fui de Nesquik.
    A las tostadas las llamo tostas. Fue una particularidad más de mi desayuno, al igual que el Nesquik.
    Mi cuerpo necesita de vez en cuando una ración de patatas bravas.
    Soy adicto a la Coca-Cola. Poco a poco lo estoy dejando.
    También lo fui a ir al McAuto los domingos, pero creo que eso era más bien para ver quién se ofrecía a llevarme.
    No mucha gente lo hizo. Y a quienes sí lo hicieron les estaré eternamente agradecido.
    Suelo mandar mensajes el primero. Lo hago porque cuando me acuerdo de alguien, le escribo.
    No me duele prendas hacerlo.
    Soy tan rápido respondiendo, que si no fuese porque sería una paradoja, diría que a veces lo hago antes, siquiera, de que me escriban.
    Tampoco me duele prendas contestar al instante. No me considero tan interesante como para no hacerlo.
    Me gusta que se acuerden de mí cuando piensan en música. Según mi amiga Paloma, es mi súperpoder.
    Ojalá más súperpoderes. Aunque la verdad es que con éste estoy encantado.
    Lo que más me gusta de comprar cosas es el tiempo que paso investigando previamente sobre lo que voy a comprar.
    Lo que más me gusta de salir con una mujer es el cortejo previo.
    La segunda cosa que más me gusta de comprar es vender lo que acabo de comprar para volver a empezar una nueva investigación.
    La segunda cosa que más me gusta de salir con una mujer no es venderla después. Esto es importante dejarlo claro.
    ¿Os he dicho alguna vez que me gustan las mujeres con perlitas?
    Me gusta el café escocés sin café.
    Era más feliz cuando no existía Twitter.
    Empiezo a pensar que era más feliz incluso cuando internet no se había democratizado y era sólo para uso militar.
    Vi Admiradora Secreta unas 14 veces en 48 horas.
    De vez en cuando me la pongo de nuevo, y aunque no es El Hombre Tranquilo, me encanta.
    Descubrí El Hombre Traquilo por mi padre. Y a John Ford por Carlos Pumares.
    Creo que si Alfredo Landa hubiese sido norteamericano, sería un mito a nivel mundial.
    Cada vez que veo de nuevo una película, no me acuerdo nunca muy bien qué va a pasar al final.
    A los neurólogos esto les preocuparía. A mí me encanta.
    Empiezo a tener un serio problema de espacio para guardar mis discos.
    Cuando no sé qué escribir, me da por hacer listados ridículos como éste.
    Estos ridículos listados, a veces consiguen que hagas introspección en ti mismo (valga la redundancia) para así, desde el absurdo, conocerte un poco mejor.

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

     

    P.D.: Como tengo un ligero TOC, y recalco lo de ligero, he escrito esta frase sólo para llegar a las 600 palabras.

  • PROPOSITOS DE AYER. REALIDADES DE HOY

    PROPOSITOS DE AYER. REALIDADES DE HOY

    Que nuestra vida está llena de propósitos, no lo duda nadie.
    Que el porcentaje de los que cumplimos sólo depende de nosotros, tampoco.
    Entonces, ¿por qué nos cuesta tanto llevarlos a cabo?. ¿Qué hace que no nos atrevamos a realizarlos si está en nuestra mano hacerlo?

    Soy un claro ejemplo de ello, no lo voy a negar.
    Siempre pensando en muchas cosas que luego acaban en el tintero al poco tiempo. Por apatía, indecisión, falta de convicción o pereza.
    Sí, algunos los llevo a cabo, faltaría más. Pero casi más por probabilidad que por otro motivo.
    Somos, en un alto porcentaje, dueños de nuestro propio destino. Pero muchas veces dejamos que sean factores externos los que decidan ese destino.

    ¿Es, tal vez, el miedo al fracaso lo que nos atenaza?
    Es muy fácil decir aquello de «mejor fracasar que no intentarlo», pero muy difícil hacer algo sabiendo de antemano que podemos fracasar pudiendo permanecer en la comodidad de no asumir el riesgo. La vida es para los valientes.

    Eso sí, para los valientes. No para los inconscientes.
    Que muchas veces tendemos a confundir los términos, y es justo en ese preciso momento en el que las probabilidades de que acontezca ese fracaso se multiplican proporcionalmente al tamaño de la inconsciencia.

    Según estaba escribiendo esto, y pensando en mí mismo, he llegado a la determinación de que lo que soy es un soñador ensimismado.
    Ensimismado en la idea idealizada –permítanme el epíteto–, la cual veo tan bien en mi cabeza, que con tal de no estropearla, prefiero no llevarla a cabo para mantener por siempre esa imagen pura de la misma.
    Y es que no está de más soñar –de hecho es bueno hacerlo, porque muchas veces el más insospechado sueño puede ser la fuente de la que nazca la mejor de las ideas–, pero si no intentamos plasmar nunca esos sueños en la realidad, siempre serán eso, sueños.

    Últimamente, y ya era hora, he ido dejando poco a poco ese papel de soñador ensimismado y he conseguido llevar a cabo cosas que llevaban demasiado tiempo en la lista de cosas por hacer –la cual nunca leía, por lo que era altamente improbable poder cumplirla–.
    He pasado de ser el procrastinador número uno disfrazado de soñador (a quién no le he contestado alguna vez con mi sempiterno «el lunes»), a convertirme en un forjador de sueños.

    Eso sí, muy lento. Lentísimo.
    Pero estoy orgulloso de darme cuenta que ya he tachado muchas cosas de aquellas que por un momento pensé que se iban a quedar por siempre en la lista.
    Ahora ya las puedo mirar los ojos y decirlas sin miedo: «A callar, que ya estás hecha. Cero reproches, malvada«.

     

    Para acabar, algo os voy a decir si os pasa esto también a vosotros: no perdáis nunca la ilusión, no. Pero sabed que las cosas acaban ocurriendo por acción, no por inacción. Y si no os veis capaces, dejad sed empujados por los amigos, que están ahí, entre otras cosas, para eso.

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

     

    P.D.: «La vida secreta de Walter Mitty«, la versión de Ben Stiller, es un película que os puede ayudar a arrancar. Y si no me creéis, vedla, y me decís.

  • APRENDER DE LOS QUE SABEN

    APRENDER DE LOS QUE SABEN

    Ayer fue Domingo de Pascua y eso significa dos cosas. Que Nuestro Señor Jesucristo ha resucitado. Y que, un año más y van ya 37, he cumplido con mis obligaciones como cofrade (en la medida de lo posible).
    Todo ha salido bien.
    Es más, diré que todo ha salido perfecto.

     

    Y aquí es donde quería llegar.
    Porque sí. Año tras año, durante la Semana de Pasión, me acerco a la Iglesia Penintencial de Nuestra Señora de Las Angustias, cojo mi hachón, me coloco donde me corresponde, y hago procesión de penitencia durante el tiempo estimado. Luego guardo mi hábito, me voy a casa, y hasta el año que viene (incumpliendo así, todo hay que decirlo, alguna que otra de mis obligaciones antes mencionadas).
    ¿Y durante el año? Digo yo que alguien se encargará de preparar todo para que cuando gente como yo llegamos a la Iglesia Penitencial las cosas salgan como deben, ¿no?

    Reconozco –y por anticipado pido perdón– que durante algunos años rebeldes me molestaba el orden y la jerarquía a la que me sometieron (producto de la inconsciencia adolescente, sin duda). Pero con el paso de los años comprendí que, justamente por aquel orden y aquella jerarquía, las cosas salían siempre bien. Y que si me decían que hiciese una cosa, simplemente tenía que hacerla sin pedir explicaciones. Porque para algo ellos sabían mucho más que yo sobre el funcionamiento interno de la cofradía.

    He agitado el incensario para perfumar las calles de Valladolid de ese característico olor propio de estas fechas. Portado estandarte. He ayudado a llevar cruces. Durante los años que mis rodillas me dejaron, fui un orgulloso costalero del Cristo de los Carboneros… Pero sobre todo he sido hermano de luz.

    Lo he sido desde aquellos tiempos pretéritos con hachones de aluminio que funcionaban a pilas, hasta los magníficos actuales de madera que «no saben lo que es tocar el suelo de Valladolid». En todos y cada uno de los tramos, de todas y cada una de las procesiones, a las que he sido llamado. Y siempre ha habido alguien que me ha explicado lo que tenía que hacer en cada momento, para que todo transcurriese de manera correcta.

     

    En estos tiempos en los que la búsqueda de las libertades del individuo están a la orden del día, reconozco que no tengo ningún problema en acatar órdenes de quién sabe darlas. Sin por ello sentirme menospreciado, inferior, o con mi autoestima menoscabada.
    Porque para empezar soy claro defensor de la meritocracia. Y si alguien ha demostrado que hace las cosas mejor que yo, no tengo inconveniente en aceptarlo y asumir su mando.

    Así que desde éste, mi pequeño púlpito, doy las gracias a los alcaldes (antiguo y moderno), secretario, depositarios, mayordomos y camareras, comisarios y todos los diputados de la Junta de Hacienda (de los cuales, muchos de ellos, además de compañeros ya son amigos), porque sin ellos nada de esto sería posible. Y La Señora de Valladolid no podría salir a sus calles año tras año para recibir el calor de sus fervientes y emocionadas gentes.

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis

  • LA EDAD DE LA EXIGENCIA

    LA EDAD DE LA EXIGENCIA

    «Me he vuelto intransigente como mi padre» me decía una amiga –de la que evitaremos dar el nombre para así no tenerles por intransigentes, ni a ella ni a su padre, dado que no lo son– hace un rato.
    A lo que yo le contestaba que probablemente no es que se haya vuelto intransigente, sino que simplemente se ha convertido en exigente, como nos pasa a muchos.

    Y es que más que no soportar las actitudes e ideas contrarias a las nuestras, simplemente nos gusta que las cosas se hagan, sencillamente, bien. Y que por ende, cuando no están bien hechas, renegamos de ellas.

     

    Ésta es una característica que pocos desarrollan a temprana edad –aunque haberlos haylos–, sino que se suele ir adquiriendo con el paso de los años, a medida que perfilamos nuestros gustos. Los cuales nos ayudarán a discernir lo que está bien o está mal.
    Y es por esto, y no porque se nos agrie el carácter –que también en algunos casos–, que cada vez soportamos menos a las personas que, por ejemplo, gritan. Los que hablan sin parar o los que sólo se escuchan a sí mismos.

     

    Es por esto también por lo que no soportamos a la gente que no sabe andar por la calle, entorpeciendo el tráfico fluido que debería haber en las aceras. Sin haber un impedimento físico ni motivo alguno –situación que por otro lado nos vale para localizar a los que verdaderamente son intransigentes y se impacientan aunque las circunstancias demanden calma y comprensión–.
    Por esto no nos gustan las aglomeraciones sin orden ni concierto, en las que prevalece la ley del más fuerte. Ya sea esperando a que nos atiendan en una barra o haciendo cola en eventos en los que la organización evita imponer (sí, hay cosas que se pueden imponer sin que con ello coarten nuestra libertad) una manera de acceso determinada.

     

    Así, por ejemplo, cada vez practico menos los bares abarrotados de gente que todavía no tiene muy claro los hábitos de convivencia. Esa convivencia que indica que tu espacio vital (por no decir tus derechos) acaba justo donde empieza el mío.
    Prefiero la tranquilidad de cualquier local en el que esté cómodo. Y a ser posible rodeado de los míos, aunque no sea tendencia en las guías de ocio.

    También me he vuelto exigente a la hora de saber de quién tengo que valorar las críticas y comentarios vertidos sobre mí. Y de quién tengo que convertir en detritus, directamente, todo lo que salga de su boca. Por eso cada vez hago menos caso a las personas que sólo se preocupan de mí cuando cometo errores. Estando ahí no para hacérmelos ver –cosa que sí hacen los amigos de verdad–, sino para regocijarse en ellos a mi costa. Sin aportar más que inquina personal.

     

    Así que si alguna vez os dicen aquello de «Con los años te has vuelto un intransigente«, podéis contestar, sin miedo alguno a equivocaros, que con los años, lo único que os habéis vuelto, ha sido exigentes.

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

     

    P.D.: Leiva se ha sacado de la manga un discazo tremendo que me gusta mucho, muchísimo. Así que la exigencia adquirida con los años se ha visto perfectamente aplacada, cubierta y apaciguada. No se espera menos de alguien a quien llamo El Elegido…

  • NO VIVO EN SUNSET BOULEVARD

    NO VIVO EN SUNSET BOULEVARD

    ¡Qué efímera es la fama!
    (si se puede llamar fama a esto que voy a relatar).

    Durante muchos años he sido parte de la escena nocturna de primera línea de Valladolid. Porque, qué demonios, lo he sido, y no me duelen prendas decirlo (y quien me conozca un poco sabrá que no me gusta tirarme flores).
    Además, puse todo de mi parte para conseguirlo.

    Hace unos meses he salido de esa primera línea de manera casi abrupta, pero decidido. Porque pensaba que ya era el momento de hacerlo.
    Desde entonces mi vida está en calma.

    El teléfono ha dejado de sonar de manera permanente. Las invitaciones a fiestas no llegan. Los cumpleaños ya no son parte ineludible de mi día a día… Ya no soy figura pública, y por lo tanto no estoy en la mente de tantas personas como antes.

    Y me gusta, porque en el fondo soy una persona tranquila y hogareña –quién lo diría hace unos años– a la que le gustan las pequeñas cosas que tenía antes, y sigo teniendo ahora.
    Recibo cariño de quien sabía que me lo daría de manera incondicional estuviese donde estuviese. Cuento con los que tenía claro que podría contar siempre, a pesar de no llevarles a los lugares más cool del momento… En definitiva, las personas a mi alrededor me tratan como me han tratado siempre, quizá porque yo también siempre les he tratado igual.

    Pero viendo esta situación, ahora entiendo a aquellos que se han vuelto locos cuando los focos les han dejado de apuntar. No tiene que ser fácil ser centro de atención, y de repente un buen día, desaparecer sin tú quererlo.
    Aquellos que viven pendientes de que los demás les miren, tienen que sufrir una terrible presión cuando la gente deja de observarlos. Y no sólo eso, sino que encima las miradas pasan a observar, habitualmente, a una versión más moderna y mejorada de ellos mismos.

    Un halago tiene que ser algo para sentirse orgulloso cuando te lo dicen por un trabajo bien hecho, y no el fin para hacer así de bien ese trabajo.
    Si la satisfacción propia por el deber cumplido no es suficiente, tenemos un problema.

    Igual porque me gusta mucho el cine, siempre tuve cuidado de no convertirme en Norma Desmond, y mantuve un perfil bajo para evitarlo.
    Montando el show semana tras semana, sí. Pero bajándome del pedestal en el que alguna vez fui encumbrado, una vez acabado el espectáculo.
    Cuando veo a alguien vanagloriarse permanentemente de lo suyo cuando están en su momento de «fama», mirando con desdén lo de los demás, siempre pienso en la de torres altas –algunas incluso altísimas– que he visto caer con el paso del tiempo.

    Por lo tanto, creo que la mejor actitud por la que se puede optar ante las cosas, es la normalidad. Que es justamente esa cualidad, no siempre fácil de obtener, que permite celebrar con mesura los éxitos, al mismo tiempo que permite afrontar con entereza los fracasos.
    Seamos, por tanto, normales. Porque si la vida es corta, no os quiero contar cuán efímera es la fama…

     

    Besos para ellas y una abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

  • NON-STOP DAY

    NON-STOP DAY

    En estas, las últimas horas de uno de mis ya considerables años, me vienen a la cabeza dos frases:
    «¿Te acuerdas cuando hablábamos de seguido?«. Y sobre todo, «¿Hacemos un non-stop day?«.

    Sobre la primera no hay nada que decir. Es el paso inexorable del tiempo. Punto. Todos lo sufrimos.
    Pero para la segunda, sólo me surge la pregunta ¿Por qué?

    Para quien no sepa qué es a lo que llamo non-stop day, no era más que esos días en los que quedabas a tomar el vermú y aquello se alargaba de tal manera que además del vermú, el paquete incluía la comida, el café torero, la merienda, la cena, las copas de después de cenar, el baile en la boîte, el desayuno, y si te descuidabas, el vermú del día siguiente, si el sol se dignaba a aparecer.
    Y por eso, camino de la senectud, sólo cabe preguntarme ese porqué. ¿Qué necesidad había de esas jornadas gastro-festivas tan excesivas? ¿Tanto nos influenciaron los romanos durante su estancia en Hispania que nos veíamos obligados a honrar a sus dioses con bacanales periódicas, de dimensiones pantagruélicas? Qué excesos, ¡pardiez!

    Soy consciente que la juventud otorgaba, además de la insoportable vanidad del que piensa que ya todo lo sabe, una energía desmesurada. La cual te permitía hacer este tipo de bravatas de las cuales salieron aquellas jornadas que tan grandes momentos dieron – y que tantas anécdotas dignas de ser contadas crearon–.
    ¿Pero era necesario haber acumulado historias como para haber podido escribir una obra que complementase la Iliada y la Odisea? Claramente no.

    He de reconocer que desde la perspectiva en altura que me dan los años –como explica aquí mi amigo Pedro–, veo esto con horror y temor en lo saludable; pero no por ello no dejo de verlo con cierta añoranza por la vitalidad que aquello desprendía, por la alegría con que se vivía, y por supuesto por la numerosa compañía que solía tener en aquellos «días de vino y rosas», que dirían los clásicos  (con más vino que rosas, sin duda, pero eso ya es otro cantar).

    No me importaría vivir de nuevo aquello una vez más, aunque dadas mis últimas experiencias festivas soy consciente que casi con toda seguridad nunca más sucederá.
    Es imposible, tanto en lo psíquico –sí, en lo psíquico, porque la mera idea de tener una jornada lúdica de unas 20 horas por delante no es fácil de asimilar para aquellos que vemos el salir más allá de las 12 de la noche, una operación logística a la altura de las que se desarrollaron en las playas de Omaha o Utah– como en los físico. Porque, como he dicho alguna vez, llevo tantos años saliendo, que los personajes de Friends han pasado de ser mis hermanos mayores a ser mis hermanos pequeños. E igual, pasado tanto tiempo, ya no es momento de poder cambiar el curso de los acontecimientos.

    Aunque ahora que lo pienso, y dado que veo continuamente a gente de edad avanzada entrenando para hacer medias maratones y maratones enteras –con gran éxito, por cierto–, ¿no podré prepararme de alguna manera para volver a vivir un non-stop day como aquellos que nos encumbraron y nos hicieron sentir, por un momento, Dioses?

    Quién sabe… Mientras tanto disfrutemos de lo que hacemos como si fuese la última vez, hasta que un día sea cierto.

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

    P.D.: ayer empecé con un primer entrenamiento de 14:00 a 2:00, festival de por medio. Buenas sensaciones. Aún queda mucho. Seguimos en la lucha.
    (Se dice así, ¿no?)

  • NO TENGO PRISA

    NO TENGO PRISA

    Domingo por la tarde de un ya avanzado septiembre. La única luz que ilumina la habitación es la que desprende la pantalla del ordenador mientras escribo.
    Las ventanas están cerradas a cal y canto. Anoche hubo batalla. Evitar cualquier perturbación en mi reposo es la mayor de mis metas, y la luz se quiere convertir en un gran obstáculo.

    No hago más que leer que este mes suele ser el comienzo de muchas cosas.
    Así que la pregunta es, ¿cuándo no es el comienzo de algo?

    Septiembre, el 1 de enero, la vuelta de las vacaciones, los lunes, cada nuevo día…
    Parece que nos encanta vivir muchos principios. No sé muy bien si para empezar nuevas etapas, o bien para olvidar definitivamente otras. O simplemente porque son más ilusionantes los comienzos que de los finales –que además muchas veces suelen ser tristes–.

    Además los comienzos son la simiente de algo hermoso, querido, y por lo general deseado. Son el germen de algo que acabará haciendo crecer el paso del tiempo. La génesis de una decisión por nosotros tomada, y que siempre creemos que será acertada; aunque por desgracia no siempre será así –pero que si no resulta del todo correcta, tampoco hay que hacer un drama, dado que en eso consiste la vida: en errar y aprender de esos errores–.

    Para mí, los principios deben ser pausados y meditados. Que su transcurso lo marque un reloj al que no le han dado cuerda, para así poder paladearlos bien y sin prisas. Degustando todos los matices, texturas, olores y sabores. Apreciando todas las sensaciones que provoca en nosotros aquello que estemos viviendo, sea lo que sea.
    Si algo es de nuestro gusto, qué mejor hay que disfrutarlo con calma. En momentos felices, nada será nunca igual que ahora, así que ¿para qué queremos que llegue mañana?
    El tiempo de los chupitos de un sorbo ha pasado. Ahora es momento de beber ese trago corto de forma pausada.

    Por lo tanto líbreme Dios de esos comienzos explosivos e intensos, pregonados a los cuatros vientos en los mentiremos del S.XXI, que son las redes sociales. Tanto cariño y afecto desmedido, en un altísimo porcentaje de veces, suele acabar en desencuentro, enemistad e incluso odio.

    No quiero ser titular de cabecera de nada. Ni ser «Última hora». No tengo el más mínimo interés de estar siempre en el candelero. No soy ni el más guapo, ni el más rico, ni el que vive más enamorado. Nunca intentaré aparentar que soy el que mejor se lo pasa, aunque algunas veces así sea.
    Sería un enorme error interrumpir esa felicidad para retransmitírsela a otros. Si el tiempo es el bien más preciado que poseemos, imaginaos el valor de ese tiempo en su versión deluxe. Perder un segundo de algo tan valioso sería una tremenda pérdida.

    Cuando algo comienza bien, a todos nos gusta presumir de ello aunque sea un poco –mentiría si dijese lo contrario–. Pero las cosas hay que hacerlas de manera natural. Hasta algo tan banal como enaltecerse tiene que hacerse sin artificios ni disloques, sin buscarlo. Y sobre todo, sin forzarlo.
    Para ver pavos reales, me voy al Campo Grande.

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

  • ME ESTOY CONVIRTIENDO EN JACK NICHOLSON

    ME ESTOY CONVIRTIENDO EN JACK NICHOLSON

    Puestos a elegir ser un soltero –dado que es la condición que me tiene reservada la vida de momento–, siempre pensé que estaría bien ser «Deivid», el primer ministro inglés que interpretó Hugh Grant en Love Actually. Pero según pasan los años, veo para mi desgracia que me estoy convirtiendo en Jack Nicholson.

    Y no en el Jack Nicholson de Easy Rider, ni el de Las Brujas de Eastwick, ni siquiera el de Cuando menos te lo esperas. Sino que me estoy convirtiendo en el Jack Nicholson de Mejor Imposible.

    Ayer por la mañana salí a la calle a hacer unas gestiones, y fui todo el camino enfurruñado, malhumorado, renegando de mis congéneres. Sintiendo como que la gente se había puesto en mi contra. Taponándome las calles semi vacías de una tranquila mañana de agosto en Valladolid (lo cual mira que es difícil). Y ralentizando mi paso hasta niveles procesionarios de Semana Santa.
    A punto estuve de perder mi proverbial paciencia y empezar a soltar exabruptos para espabilar las almas dormidas de los viandantes atrofiados.

    Me hicieron andar raro, teniendo que moverme como un ninja en DEFCON 1, porque la gente se paraba de repente, se giraban sin previo aviso, no levantaban la cabeza del móvil, e incluso se ponían a mirar hacia atrás sin dejar de andar hacia delante… He visto pruebas de conducción extrema con menos obstáculos que mi paseo matutino de ayer.
    Llegué a casa ofuscado, y me puse a escribir mientras escuchaba música, sin querer saber nada de todo lo que me rodeaba. Me había convertido en Melvin Udall.

    A partir de aquí, quiero seguir con el punto de vista humorístico de la situación en vez de ponerme melodramático. Porque hay veces que es mejor ver la vie en rose que afrontar la cruda realidad. Y es que la vida transcurre como transcurre, y no como quieres tú que transcurra.

    Como decía, me había convertido en él de sopetón.
    Ya me estaba viendo entrando en casa y echando el pestillo hasta cinco veces o llevándome mi propia jarra de plástico por las mañanas a La Pérgola.
    Y tras un primer momento de terror, dado que muchas veces se comporta como un cabrón de tomo y lomo, luego pensé que a este hombre lo único que le pasa es que no había encontrado con quien disfrutar de la vida. No había encontrado a nadie que, como dice él, «le haga ser mejor persona».

    ¿Estaré convirtiéndome en un huraño tras haber sido una persona altamente social?
    Quiero pensar que esto no es más que producto del calor imperante estos días (algo normal por otra parte en agosto, como dice mi amigo Fernando Castro). Porque yo sí que he encontrado gente a mi alrededor por la que quiera ser mejor persona.

    Así que no debería preocuparme de mi cambio de personalidad. Sobre todo sabiendo que se me pasa poniendo en marcha el aire acondicionado, o pensando que en unos días vuelvo a Comillas a disfrutar de ese clima que hace que nunca sobre una manta por las noches.

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

  • LA PÉRGOLA

    LA PÉRGOLA

    El primer recuerdo que tengo de La Pérgola es de hace ya muchos años.
    Siendo un adolescente recién llegado a esa edad endemoniada para los padres –y de regocijo para los que la viven–, entrando con mi hermano Mario al grito de «Paul, una jarra de cerveza, una Coca-Cola y dos pinchos de pulpo«.

    Era lo mejor para esas mañanas de verano en Valladolid, donde no había nada mejor con lo que entretenerse. En aquellos tiempos en los que estar en los bares confraternizando era un deporte nacional.
    Era un lugar de encuentro –muy de moda por cierto– en el que, además, no llegar a tiempo suponía no poder estar en la zona alta noble. Todavía a día de hoy, si te fijas, la puedes seguir viendo aunque ya no exista.
    Era un lugar en el que había que estar. Y ya no sólo eso, sino que había que dejarse ver. Porque mucha de la reputación social se empezaba a ganar ahí. A base de echarle horas (los bares siempre han sido mucho de eso, por el motivo que sea).

    Además es que se estaba, y se está, muy a gusto.

    Por aquel entonces porque departías, de lo humano y lo divino, con otros como tú (yo era un mocoso, pero había que empezar a tomar nota de cómo funciona la vida en general).
    A día de hoy porque pocos sitios hay en los que se respiré tanta paz y tranquilidad.
    Y porque es una estupenda manera de combatir los calores de verano para aquellos que no tienen piscina. O como en mi caso, aborrecemos el sol y el calor.

    Hoy me he traído el ordenador porque me veía con ganas de escribir algo en este enclave único, que más de uno quisiera para su ciudad. Y que muchas veces los propios vecinos de la bella Valladolid no apreciamos como deberíamos porque no es Central Park, ni Hyde Park, ni siquiera El Retiro. Pero tampoco esto es Nueva York, ni Londres, ni Madrid (por mucho que estemos a una hora en AVE, y por más que nos empeñemos).

    Me acabo de pedir una jarra helada de cerveza con limón. De las que además de refrescar, alegra el alma sin miedo a llegar a comer con el típico melocotonazo provocado por la ingesta de alcohol con el estómago vacío. Y aquí estoy disfrutando de todo ello, mientras escucho música completamente aleatoria, pero muy acorde con el estado de calma imperante alrededor de la fuente que preside la zona (estoy convencido que los señores de Apple han desarrollado el algoritmo que intuye lo que estamos haciendo en cada momento, y nos pone la música perfecta para cada uno de ellos).
    Estoy en la pura gloria!!

    No sé si quiero que se ponga de nuevo de moda, porque la verdad es que se está muy bien sin agobios y aglomeraciones. Pero estaría también encantado que volviese a repuntar. Además entre gente joven que no la conoce aún, para que viesen que muchas veces tenemos en casa lo que añoramos de fuera. Y no conocemos porque tenemos miedo a investigar un poco (yo el primero, que conste).

    Así que a quien quiera, le invito a venir a conocerla.
    Y si además quiere contar con mi compañía, hasta septiembre estaré por aquí muy a menudo, a la hora del vermú.

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

  • EL PISÍN

    EL PISÍN

    Hace sol, y unos amigos me han propuesto ir a su casa, que tiene una estupenda terraza.
    ¿Por qué no?

    Soy amigo del invierno y del frío, pero no desaprovecho una oportunidad así. Y nunca está de más bajar un grado mi tonalidad de blanco.
    Eso sí, ha sido llegar al piso, una enorme nube ha decidido que estoy mejor blanco nuclear, y se ha interpuesto entre el sol y nosotros.
    Tendrá que ser así…

    Y es que las cosas son como son y no se puede luchar contra los elementos.
    Además, uno, que es apañado, ha pensado que el ordenador, que en un principio venía para ser fuente musical, puede ser usado para escribir un post dedicado al llamado «Pisín» que me da cobijo.

    Y es que, a pesar de los años, un centro de reunión, logístico y neurálgico, siempre viene bien.
    Vale para todo. Desde parada técnica hasta restaurante improvisado. Pasando por sala de juego, solarium o cueva para los domingos.
    Porque no todos tenemos mujer e hijos. Y por lo tanto a nuestro cargo sólo tenemos a los amigos a los que cuidar, mimar y dar caprichos.
    Y en este caso son los propietarios del mismo los que me cuidan y miman.

    Si los americanos tienen la casa del árbol, los españoles tenemos pisos de soltero. La fama de disfrutones no se consigue a base de fiestas con medias noches, sino que hay que prender un poco más de fuego al día a día.

    ¿Normas para acceder a él?
    Pues primero, ser respetuoso con los vecinos, que una cosa es vivir con intensidad, y otra ser un bárbaro.
    Y segundo, tener ganas de hacer eso que tan en desuso está, que no es otra cosa que socializar cara a cara –lo cual, después de llevar practicándolo muchos años, es estupendo y altamente gratificante–.
    No hace falta más.

    Aunque los dueños valoran algunas otras cosas como que el invitado no sea considerado el que sólo pide tabaco y se bebe las cervezas que hay en la nevera. Compartir es vivir, pero tampoco es plan convertirse en proveedor oficial de los canallas de la ciudad.
    También, y es algo que puntúa alto, se valora colaborar en aumentar el círculo social existente de cada uno de los presentes.
    Si a «la mujer de mi vida» hay que conocerla en un museo o una biblioteca, no está de más, mientras esto sucede, tantear otros campos y escenarios. Y qué mejor que un pequeño club social como éste, para hacerlo.

    Joven Lázaro, Pablega, Pepu, Xisco, Cuchi (y allegados), gracias por haber creado este oasis de hedonismo en pleno centro de, como dice el señor Gellida, «Valladolid, Capital del Universo».

     

    Besos para ellas y una abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

    P.D.: Marina, Paty, María, Blanca, Paloma, Paula, Cristina, Mínguez y Loreto, son un ejemplo de aumento de círculo social. Un placer conoceros ayer.

  • CUANDO OBSERVO, ME IMAGINO QUE

    CUANDO OBSERVO, ME IMAGINO QUE

    Por temas laborales me he convertido en un asiduo del autobús urbano.
    Prácticamente todos los días. Misma línea y mismos horarios. Y por ende, mismos compañeros de viaje.

    Como el trayecto no es corto precisamente, y voy siempre ensimismado con mis cascos puestos, empiezo a elucubrar sobre la vida de mis congéneres. A cada uno le pongo un pasado, un presente, e incluso un futuro.

    Tenemos al señor a punto de jubilarse que va ya al trabajo por inercia. Con cara de llevar 40 años haciendo lo mismo uno y otro día.
    A la dependienta simpática que tiene cara de ser capaz de vender una estufa en plena ola de calor.
    Están las asistentas que hablan de sus «señores». Unas veces bien y otras menos bien. Y que como sigan subiendo el tono de su voz, un día les van a acabar oyendo esos mismos «señores» desde sus casas.

    Entre la sección juvenil hay dos hermanos. Con cara de pánfila ella y de listo él –el Señor no reparte los dones por igual, está claro–. Y que siempre acaban bajando en su parada peleándose, como toda familia de bien que se precie.
    Tenemos un casi adolescente con ganas de hacerse mayor. Para lo cual se está dejando un incipiente bigote, aún pelusilla, que seguro que le granjea autoridad entre los de su clase.
    Está también el niño de padres separados –que una semana coge el autobús en la parada cerca de casa de mamá, y otra cerca de la de casa de papá– y que tiene un amigo del cole, que se monta a mitad de camino, con pinta de ser de la mismísima piel de Lucifer.

    Hay dos monjas, una profesora, una mujer con hiyab que siempre va hablando por teléfono de vaya usted a saber qué. Una madre que según deja a su hijo en el cole va a clase de Pilates. El que se queda dormido todos los días según se monta, y que estoy seguro que se pasa de parada la mitad de ellos…

    Y por supuesto ella –porque siempre hay un ella–, con su coleta perfectamente despeinada, y sus uñas impecablemente pintadas. Su informal forma de vestir, y esa dulce manera de decir «perdón, me deja salir», si alguien se ha sentado a su lado.

    Me gustaría saber qué piensan ellos de mí y si habrán construido historias alrededor de mi imagen. ¿Seré el personaje que va siempre con auriculares y gafas de sol, aunque esté lloviendo o todavía ni haya salido el sol? (Hay ojos que a ciertas horas nunca deben ser vistos)
    ¿Quién sabe si igual hasta aparezco en un post escrito por alguno de ellos?

    Sería para mí todo un honor formar parte de la historia de otro, no os voy a engañar.

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.