Categoría: Sociedad

  • Z

    Z

    Z era muy introvertido, y nosotros unos auténticos cabrones de 12 ó 13 años.

    Últimamente me acuerdo mucho de él.
    Tuvo que tener una adolescencia muy difícil, porque era un buen chico y nosotros no.
    Parece mentira que a esa edad pudiésemos hacer daño de esa manera, inconsciente pero real.

    Poco sabíamos de su vida más allá de que era mayor que nosotros, tenía una cazadora de piel gris, y una cartera que llevaba a modo de bandolera.

    Cada día, al salir de clase, se iba a paso muy acelerado hacia su casa. Entre otras cosas para evitar las malvadas burlas de aquellos muchachos increíblemente injustos con él, que le juzgábamos por la leyenda que afirmaba que su olor corporal era más fuerte que el del resto –en una edad en la que precisamente nuestro aroma, el de ninguno, era nuestra más destacada cualidad–.

    En aquella época yo era delegado de curso. Casi siempre lo fui, la verdad.
    Y ahora que lo pienso, de forma inmerecida dada la poca empatía que tuve con él, por ejemplo.
    Sí, en clase de educación física era mi «pareja de baile» porque nadie más lo quería ser, y el profesor me pidió ese pequeño favor.
    Pero eso no era suficiente.

    Si hubiese sido un buen delegado, tendría que haber conseguido que se integrase con el resto, al igual que lo estaba yo. Y que el respeto hacía su persona fuese el mismo que me tenían a mí.
    Nunca lo conseguí. Me preocupaba más ser popular, buen deportista y sacar unas notas lo suficientemente sobresalientes como para seguir con mi vida distraída, sin ser considerado un empollón.

    ¿Sus padres lo sabrían? ¿Se lo contaría, o quizá prefirió seguir con aquello guardado en un cajón, esperando simplemente que el tiempo pasase?

    Me imagino que esos años le marcaron mucho, y no para bien precisamente. Porque aunque el ser humano es fuerte, hasta la roca más dura se desgasta con el continuo golpeo que hace sobre ella una simple gota de agua.

    Cada vez que me viene a la mente, me pregunto qué será de él. De su vida.
    ¿Tendrá mujer? ¿Hijos? ¿Tendrá un buen trabajo?
    Quién sabe… Sólo espero y deseo que, haya pasado lo que haya pasado, sea feliz.

    Así que por él, y por todos los «Zetas» del mundo, pido perdón públicamente por no haber sido como debería en su momento. Por no haber sido lo suficientemente independiente como para dejar de hacer el juego a la mayoría.
    Lo siento de verdad.

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

  • PASEANDO POR MI PATRIA

    PASEANDO POR MI PATRIA

    Qué mejor manera de honrar a mi patria que salir desde primera hora a pisar el suelo del país que me vio nacer y me acoge.

    También os digo que no haberme acordado de apagar la alarma anoche, me ha ayudado un poco a esa honra desde más pronto de lo que hubiera deseado en un primer momento.
    Pero ya que estaba, ¡arriba!

    Ducha, casa recogida, lavadora puesta, desayuno tranquilo, y listo para salir a la calle (si todo esto lo hubiese grabado, editado, y puesto de fondo «relax jazz», me daba para empezar la carrera youtuber).
    Como he visto que hacía lo que en Valladolid llamamos relente, y en el resto de España frío, he recuperado mi visera, y me he calzado los auriculares de invierno.

    Gracias a que Valladolid y Colón tienen una relación especial, entre otras cosas porque aquí decidió el gran hombre genovés expirar su último aliento, he decidido que el paseo me tendría que llevar, en un momento u otro, a la casa-museo en su honor.
    La recuerdo con especial cariño porque era «la casa con un barco» que veía cada mañana, cuando el autobús me llevaba a aquellas Discípulas de Jesús que me acogieron en mis primeros años de formación educativa.
    Con el tiempo descubrí que aquel barco era la Santa María. Y que en ella se llegó a América, en un tiempo en el que no se podía hacer con Iberia, desde 499€.

    Creo que no somos conscientes de la importancia de dicho hecho. No lo valoramos de manera justa.
    Y ya no es que no lo valoren en el mundo, cosa que se podría achacar a una cuestión de orgullo, sino que no lo hacemos ni nosotros mismos. Hemos dejado que poco a poco se haya diluido como un azucarillo en un vaso de agua uno de los mayores logros de España.

    Lo que nos ha gustado siempre destruir a nuestros verdaderos ídolos…
    Y todo mientras creamos a otros de barro. Tan inestables como inconsistentes. Tan mamarrachos e impresentables, que dan vergüenza.
    Aunque allá cada uno con sus filias. Si esta vida es un continuo aprendizaje, de esos poco vas a aprender.

    Hoy, durante el paseo, me he cruzado con bastante gente mayor. Y al pasar a su lado, me han entrado irrefrenables ganas de pararme a charlar con ellos. Con la simple, pero a la vez valiosa, intención de oírlos contar sus vivencias.
    Porque bien está conocer la historia general de España. Pero también es muy instructivo conocer la particular de sus gentes. Muchas enseñanzas se pueden sacar de ellas. Y muchos errores se pueden evitar si se conocen los resultados que provocan ciertos actos.

     

    Y así ha empezado este 12 de octubre, Día de la Fiesta Nacional.
    En un rato, me meto en cocinas para seguir puliendo mis aptitudes de youtuber. Pero antes me voy a meter otra pequeña píldora de historia, esta vez en forma de capítulo de «Aquellos maravillosos años».
    ¡VIVA ESPAÑA!

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

  • SMELLS LIKE TEEN SPIRIT

    SMELLS LIKE TEEN SPIRIT

    El dormitorio de mi antigua casa tenía un mirador. Con estructura de madera y ventanas que se abrían en forma de guillotina.
    Daba al Campo Grande, y cuando era pequeño me llevaba allí una pequeña silla de mimbre para, simplemente, sentarme a ver la vida pasar.

    Allí tenía muchos de mis juguetes, y sí, jugaba con ellos. Pero a mí lo que me gustaba era mirar a través de sus cristales.
    Me gustaba observar a la gente pasear. Unos con calma y otros con prisa. Ver a las parejas de enamorados agarrarse de la mano, como parte del pacto que implica amarse. A las familias disfrutar de «un día de campo». O sencillamente ver el efecto del aire en los árboles, o los dibujos que proyectaba el sol en el suelo, a través del follaje de esos mismos árboles.

    Quizá de aquellos polvos, estos lodos. Porque escribir no es más que reflejar las vivencias propias y ajenas. Y ya desde entonces tomaba notas mentales de manera inconsciente, sin saber siquiera que esta afición un buen día llamaría a mi puerta para quedarse.
    Gracias a ellas, y a otras muchas, he podido revivir una cantidad considerable de historias. Ya fuese al transformar esas notas en relatos, o simplemente mientras las repasaba, haciendo un ejercicio de memoria, buscando en ellas algún dato significativo que me valiese como hilo conductor.

     

    El pasado fin de semana, tras muchos años, he disfrutado de unos días con mis amigos de toda la vida. Siendo «vida» una palabra que empieza a tener bastante cuerpo e importancia.
    Y durante esos días, muchas de esas historias que fui guardando en mi cabeza, han ido saliendo a la palestra.

    Muchas eran ya viejas conocidas. Pero si son buenas, se pueden contar las veces que hagan falta, que siempre van a provocar el efecto deseado. Ya sea alegría o tristeza. Añoranza o melancolía de tiempos, a todas luces, mejores, por el simple motivo de estar casi libres de obligaciones y preocupaciones.

    De algunas otras sólo conservaba pequeños matices, pero que gracias a la conciencia común de otras nueve personas, se convirtieron en historias de verdad, con principio y fin. Que quizá esperan que las guarde así, de una pieza en mis recuerdos. Aunque me temo que ya no hay mucho espacio, y no es fácil hacer hueco a cosas cuyo cimiento no ha arraigado con fuerza en el principio de los tiempos.

    También ha habido, incluso, alguna que estaba completamente escondida, y que ha salido gracias a la llamada de otra. En un efecto dominó muy de agradecer para las mentes, ya, menos ágiles de los que deberían estar.

     

    Lo que cuesta poderse juntar unos pocos –y aquí entono en alto el mea culpa, porque gran parte de culpa es mía–, y qué reconfortante es cuando se hace.

    Porque te das cuenta de que, por mucho tiempo que pase y por muchas vicisitudes que acaezcan, siempre te reirás de cuando cuenten que uno en clase se subió a una mesa y gritó, «Oh Capitán, mi Capitán«. Que «Smells like teen spirit» fue la canción de nuestra generación. O que cuando hay una guitarra de por medio, y a pesar de un primer pase desastroso, siempre puede llegar «Thunder Road» una mañana de domingo para darte cuenta que donde hubo fuego siempre quedan rescoldos.

    Y es que además, como tienes los amigos más perros de la creación, en la funda de la guitarra te han tirado unas monedas mientras cantabas. Y al verlo te has descojonado de risa.
    ¡Cabronazos!

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

  • XLVI

    XLVI

    De nuevo me encuentro ante mi personal auditoría anual.
    Y he decir que la de este año es positiva.

    Parece mentira aseverar algo como esto en un año aun convulso y desordenado, pero ha sido así.
    Quizá justamente por eso, dado que ante tanto descoloque me he vuelto ordenado y constante para poder llevar mejor la situación, y no empeorarla más

    ¿Cómo empezó todo?
    Aprovechando los dos minutos que tarda el microondas en calentar el agua para hacer pequeñas tareas, en vez de quedarme mirando la puerta como las vacas al tren.

    ¿Que es una tontería? Probablemente. Pero es la base sobre la que me he basado para todo lo demás.
    Gracias a ello, mi proverbial indolencia ha ido desapareciendo. Y el uso, de manera productiva, de esas pequeñas ventanas de tiempo, me ha llevado a ocupar otras muchas ya no tan pequeñas.

    Lo he aplicado a mi vida cotidiana, y a mi vida laboral. En ambos mundos he mejorado gratamente mi situación.
    Bien por mí.

    Además, este orden militar lo he conseguido llevar hasta un campo en el que hasta ahora me desenvolvía mal. Muy mal. Fatal. El hábito alimenticio sano.
    Vale que llevo poco tiempo con él, pero creo que ser disciplinado en otros órdenes de mi vida está consiguiendo que me cueste menos llevar una dieta en la que, los señores que saben de esto, han sacado de ella la pasta, el arroz, las patatas, la harina, la cerveza, el azúcar… ¡el whisky! Y han reducido a la mínima expresión el aceite, el pan y la sal.
    Hay gente que antes preferiría morir, ya os lo digo.
    Esperemos que el esfuerzo merezca la pena.

    Por lo demás, varios apuntes.

    Junto con esta dieta férrea, me recomiendan hacer ejercicio.
    Hace tiempo que Dios no me llama por esos derroteros, por lo tanto, por hacer más de lo que debo, y para lo que no estoy preparado, no voy a poner en peligro esa salud que estoy tratando de arreglar a través de la ingesta de alimentos sosos. Así que para no forzar, retomé la bici –mientras veo, de nuevo, Mad Men–, y salgo a pasear.

    Me acerco al grado de senectud que mi DNI marca, y pasear es un «Must». Pero a esto le he encontrado un complemento fundamental: llevarme siempre la cámara de fotos.
    Gracias a ello, he visto Valladolid y Madrid de otra manera. A la par que me entretengo bastante haciéndolo, en una época en la que mi vida social consiste en dar los buenos días a la farmacéutica, y muy de vez en cuando decir hola por El Farolito o Sala de Estar.

    Sigo sin poner música en bares, a pesar de seguir recibiendo proposiciones, algunas de ellas indecentes.
    Me halaga mucho que se siga pensando en mí, pero sigo sin estar preparado. Además, cuanto más tiempo pasa, menos lo estaré.
    Cada cosa tiene su tiempo, y el mío en las cabinas ha pasado como pasó el Antiguo Egipto o el Imperio Romano.
    «Al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver», dice Sabina.

    Mantengo los amigos que necesito; sigo escribiendo con asiduidad; la música me acompaña de manera continua y efectiva, y he descubierto una canción que me tiene loco. Ésta; mi familia muy bien, gracias; he reformado el despacho tan a mi gusto, que hasta me levanto animado los lunes; una vez que he descubierto que no está mal viajar solo, se me abren muchas opciones este año que espero cumplir; y por supuesto, conocí a David Summers -que será algo que para muchos no signifique nada, pero sí para mí, como bien reflejé aquí–.

    Cuarenta y seis, tienes el listón alto. Espero que sepas aceptar el reto de superarlo, aunque sea por un centímetro.
    Y como esto acaba de empezar, a por ello!!

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis

  • DAWSON CRECE. ¿Y YO?

    DAWSON CRECE. ¿Y YO?

    Soy reo de la nostalgia. No puedo escapar de ella por más que lo intente. Es mi particular Alcatraz, mi Sing Sing.
    La pena actual que me toca cumplir, dentro del espacio temporal en el que me deja moverme mi condena, es ver de nuevo Dawson Crece.

     

    Dado que mi memoria tiene un tupido velo desde aquellos años (en parte, gracias a aquellos mismos años), ver la serie ahora es, para mí, como verla de nuevo.
    Poco recuerdo más allá del nombre de sus protagonistas, y de la pegadiza canción de Paula Cole con la que empezaba cada episodio.

    La cuestión es que me está gustando.
    Pero creo que porque la vida que llevan unos niños de 15 años, de un bucólico pueblo de Massachusetts, se parece más a la mía, ahora, que a la que tuve con esos mismos 15 años.

    Ellos hablan de Matisse, de Degas, de Capra o de Bertolucci, con una soltura pasmosa. Se desenvuelven eficazmente en situaciones en las que, ahora mismo, tendría que hacer un esfuerzo. No ya resolverlas con soltura, sino para salvarlas por los pelos. Sus conversaciones son más profundas que las que mantuvieron por carta Freud y Fleiss.
    Yo a esos años tenía suficiente con comer cuando tenía hambre y llegar de una pieza al viernes.
    Mis aceleradas neuronas, mezcladas con un alto índice de testosterona, me permitían poder hablar y caminar al mismo tiempo, y poco más. Demasiado tenía con controlar de manera correcta la circulación de mi torrente sanguíneo, para que la sangre estuviese donde tenía que estar en cada momento, y no concentrada permanentemente en mi zona pélvica.

    ¿Alguien sabe qué tal les ha ido de adultos?
    Lo digo porque como nunca es tarde, igual estoy a tiempo de crecer y seguir sus pasos. Si hay que reinventarse para no perder el hilo de las corrientes, ¿por qué no convertirme en un chico de Capeside?
    El pelazo aún lo tengo.

     

    Bromas aparte, me está asombrando la calidad de la serie.
    Aunque sólo estoy en la mitad de la segunda temporada, creo que ha aguantado muy bien el paso del tiempo. Y eso sólo puede ser porque estaba bien hecha.
    Son tramas que, si quitamos la obligatoriedad de ciertos temas adolescentes –porque al fin y al cabo era una serie para adolescentes–, son interesantes. Se trataba a la audiencia joven con respeto y no como niños de párvulos.

    La duda que tengo es si a día de hoy calaría en ese mismo tramo de edad al que estaba dirigida igual de bien que lo hizo en su momento, o sería una serie de culto para pequeños grupúsculos.
    Les preguntaré a ellos, porque estoy seguro que algo así lo resuelven Dawson y Joey durante un recreo cualquiera de un martes otoñal en Capeside High School.

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

     

    P.D.: Con 15-16 años ya van clubes de jazz. A mí me tocó esperar hasta bien entrados los 30 para descubrirlo. Lo dicho, algo hice mal en mi adolescencia.

  • SHHHHHHHHHH

    SHHHHHHHHHH

    Partiendo de la base de que soy una persona a la que le gusta hablar, y que mi tono de voz no es precisamente bajo, también puedo decir en mi descarga, que lo sé modular cuando las circunstancias lo requieren.

    ¿Por qué digo esto?
    Porque en mi viernes de anacoretismo, me he venido a uno de mis rincones secretos de esos en los que la tranquilidad impera. Donde nos juntamos algunos más de los que como yo lo único que queremos oír es el sonido de nuestros pensamientos.
    Sin embargo hoy ha hecho acto de presencia uno de los personajes que más me molestan. El del tipo «Me encanta oírme, y que los demás también lo hagan en un kilómetro a la redonda».

    No dudo que el señor no sea una persona culta e instruida, dado que las cosas que dice tienen sentido, y en un ateneo tendría éxito.
    Pero esto no lo es, y lo que dice me importa, exactamente, un guano.
    Por lo tanto no tengo por qué tener resonando su retórica en mi cabeza sin haberlo pedido.
    Será muy listo, pero es profundamente maleducado dada su forma de ser.

    La pena es que él es igual de maleducado que yo de pacato. Porque lo normal es que me levantase y le llamase la atención por su actitud, delante de sus amigos. Los cuales, por cierto, no pueden meter ni una palabra de canto.
    Pero no quiero líos, porque tengo la mala costumbre de pasar de ser pacato a ser muy vehemente, y no he venido aquí a discutir. Menos aún cuando mis auriculares tienen una estupenda cancelación de ruido.
    «On», y todo arreglado.

    Durante el rato que he tardado en activarlo he podido comprobar que como tertuliano en TV no tendría precio. Toca todos los palos.
    Además con una cadencia que ríete tú de las paladas de Craviotto (se nota que estamos en plenos JJ.OO.). Y es capaz de enjaretar varios temas, uno tras otro, con pasmosa facilidad.
    ¡Pesado!

    Por desgracia, ha llegado con la misma prisa que yo. Ninguna.
    Se va desalojando el local dadas las horas, pero él no tiene ninguna urgencia por irse, al parecer.
    Eso sí, yo menos.

    Y me estaba planteando aguantar para poder disfrutar, aunque sólo fuese por unos minutos, de la pax romana del lugar. Pero… Ha llegado una pareja del mismo tipo.
    Ahora mismo esto ya es insoportable, porque entre ambos están intentando convertir su mesa en su particular Speaker’s Corner de Hyde Park, y eso no hay cancelación de ruido que lo soporte.
    Una pena estropear una mañana de viernes por un par de grupos de incívicos voceras.

    Habrá que buscar un nuevo rincón secreto, que seguro que hay más.
    Y dado que sigo en mi plan de planear en solitario, si cambio a nadie trastoco los planes más que a mí.
    Ser solitario cual llanero alguna ventaja tendría que tener, ¿no?

    El erudito se ha levantado, así que por lo menos algo he conseguido. Y sorprendentemente, el púgil de la esquina contraria ha bajado el tono de manera considerable. Será que ya no tiene que demostrar nada a nadie.
    Qué pena que no se hayan dado cuenta antes de que para pavos reales, ya estaban los autóctonos de El Campo Grande.

     

    Besos para ellas y una abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

  • LA JUVENTUD

    LA JUVENTUD

    Hacerse mayor es darse cuenta de lo que cuesta agacharte a recoger algo que se ha caído al suelo.

    He estado viendo La Juventud, que es esa grandísima película de Sorrentino, que si bien no cuenta con la fama de La Gran Belleza, no creo que tenga que desmerecer lo más mínimo con respecto a ella.
    Es más, en determinados momentos, es bastante superior.

    Como bien indica su título, cavila sobre cómo es la vida al hacerte mayor.
    Me gusta verla cuando estoy pensativo y trascendental. Entre otras cosas porque las argucias visuales de Sorrentino me transmiten paz y sosiego, y anestesian durante un buen rato la hiperactividad en la que se encuentra mi cerebro últimamente.

    Qué difícil es hacerse mayor, ¿verdad?
    Sobre todo, qué difícil es cuando no lo asumes. O, más que cuando no lo asumes, cuando te ha pillado por sorpresa (como si no supieses que ese momento iba a llegar).

     

    Al principio decía que hacerse mayor es ver lo que a uno le cuesta agacharse. Pero también es darte cuenta que los deportistas son mucho más jóvenes que tú. Que algunos de tus artistas preferidos no llegaron a tu edad actual. Que recuerdas el momento exacto en que aprendiste a montar en bici, pero no lo que comiste ayer.

    ¿Por qué sucederá esto?
    Y sí, es una pregunta retórica. Porque estoy seguro que hay una explicación científica. Pero prefiero no saberla y sacar mis propias conjeturas tras horas y horas de concienzudo análisis existencial (este es otro de los claros signos del paso del tiempo, la capacidad de perder el tiempo dando vueltas sobre un mismo asunto, sin ser capaz de llegar a una idea concluyente).

    Los que somos solteros «sine die» también lo notamos de otra manera: Los planes cuesta mucho más hacerlos.

    Con la edad se forman familias, y las prioridades son otras. Y entre ellas no se encuentra quedar con el amigo crápula.
    Lo bueno es que ya hace tiempo que eso lo he entendido y he aprendido a hacer planes solo. O por lo menos, a empezar planes solo, y que luego se sumen otros elementos dispersos del mundo.
    Solteros del mundo, no estamos solos. Si conseguimos que vendieran leche en bricks individuales, cómo no vamos a ser capaces de hacer cosas sin necesidad de estar acompañados.

    La única particularidad es que tenemos que ser capaces de estar en silencio. No está muy bien visto hablar solo.
    Aunque siempre se puede fingir estar hablando por teléfono si surge una severa incontinencia verbal que te lleva a expresar tus pensamientos en alto.

     

    De hecho, estoy en La Pérgola ahora mismo creando nuevas teorías conspiratorias acerca de la pérdida de la juventud, de la posibilidad de crear una familia, o de si hablar solo está mejor o peor visto que tocar instrumentos invisibles.  Y sigo sin llegar a nada claro y conciso.
    Lo bueno es que entre que pienso una idea y veo que no me conduce a nada, me estoy apretando una jarrita helada de cerveza.
    Algo es algo.

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis

     

  • OBITUARIO (QUE NO ELEGÍA)

    OBITUARIO (QUE NO ELEGÍA)

    Es definitivo.
    La sociedad –o mejor dicho, mi sociedad– ha cambiado.
    Una de mis mayores creencias, junto con el catolicismo y el Real Madrid, ha llegado, para mí, a su fin.
    Hoy, unos «conocidos grandes almacenes», no han sido capaces de entregarme  (ni de darme una explicación de por qué no) una cámara de fotos que compré hace bastantes días.

    No era una cámara rara, ni ninguna edición especial. Era un modelo de 2020, de hecho. Por lo que debería estar en stock sin problema. Tampoco es que tuviese algún tipo de descuento que la hiciese volar de las estanterías.
    Era una cámara como otra cualquiera. Simplemente la que yo quería, sin más.
    Y en el, otrora, templo de la tecnología, el lugar al que siempre acudía a comprar mis múltiples cacharritos con luces, me han fallado.

    Además me han fallado con alevosía. Porque me han hecho albergar esperanzas infundadas. Han jugado con mi ilusión (y mi paciencia) durante unos cuantos días.
    Cuánto mejor hubiese sido decirme, «Lo siento, no tenemos ese modelo». Quién sabe si hubiese hecho el esfuerzo y me hubiese ido al siguiente modelo.
    Pero no, las palabras fueron «No te preocupes, que lo pedimos al fabricante».

    En otros tiempos, esas palabras hubiesen significado que, de haber sido necesario, el fabricante habría hecho una unidad a mano esa misma noche.
    Pero ya no. Su poder de negociación ha menguado tanto como el de una «Familia» que ha perdido a su Don. Se les ha perdido el respeto.

    Hace años que, también presa de la desesperación, dejé de encargar música y películas en su departamento de ocio. Era una pérdida de tiempo. Nunca llegaban.
    Pero las cosas «potentes» todavía eran suyas en exclusiva. Todos mis, no pocos, ordenadores, salieron de allí. Mis televisiones, DVDs, Blurays, electrodomésticos… Hasta hoy.

    Además he salido desilusionado por el trato recibido.
    – ¿Por qué compras allí con los precios que tienen? –Me decían–.
    – Por su atención– Era mi respuesta (sincera)–.
    Pues durante esta historia que os estoy contando no lo he visto, ni sentido, por un segundo. Ni en el trato directo, ni en el telefónico.

    Entiendo que las circunstancias actuales no son las mejores. Pero al igual que os cuento esta historia, y como escribí –creo que en Facebook–, durante lo más duro del confinamiento, su servicio de supermercado no pudo ser más impecable.
    ¿Cómo se explica esto entonces?

    Fácil.
    Para eso sí estaban preparados, pero para otros muchos departamentos, no.
    Lo que me lleva a preguntarme el porqué no cierran lo que no funciona antes de dar un servicio tan pésimo.
    Que se especialicen en lo que saben, o sino que se conviertan en la competencia de Lidl, Carrefour o Mercadona.

    Diréis que es un caso concreto, y que soy un exagerado. Pero no.
    Antes de escribir algo así he preguntado a los que como yo todavía creíamos en ellos, y las respuestas han sido del tipo «Nunca más»; «Poco me van a ver a mí por allí»; «Les quedan dos telediarios como no espabilen».

    En fin… Menos mal que todavía puedo contar con Dios desde que me levanto hasta que me acuesto. Y que el Madrid, por más que se tuerzan las cosas, siempre nos da buenas alegrías de vez en cuando.
    Así que, «Amén, y Hala Madrid!!».

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

     

    P.D.: gracias, Señor José F. Peláez (ya hay que llamarte por tu firma) por darme el título del post, que es sin duda lo más difícil de escribir.

  • #WOODYALLEN

    #WOODYALLEN

    Desde que puedo recordar, mi ordenador de sobremesa siempre se ha llamado «Woody». Y desde que compré mi primer portátil, tenía meridianamente claro que su nombre iba a ser «Allen».

    En una época en la que es muy fácil renegar de él –por causas que no me incumben, y sobre las que otras personas más preparadas que yo, como son los jueces norteamericanos, ya han dado veredicto a su favor–, yo le muestro todo mi respeto.

    Un respeto que me ha llevado a coger antipatía a otras personas a las que también admiraba.
    Realmente, creo que más que por mi respeto hacia él, les he cogido manía por ser de esos que atacan (o repudian) por miedo a ser señalados por el dedo inquisidor de la turba enloquecida.

    Una turba que usa, como arma arrojadiza, el nunca más seguir apoyando al ídolo destronado, ni a todos aquellos que no lo nieguen tres veces.
    Aunque estoy convencido que –ya sea en este caso o en muchos otros– aquellos que desprecian al artista (a la marca, al negocio o a lo que sea), la primera vez que pensaron en él fue el día en que decidieron que lo iban a linchar.

    Pero por un extraño motivo, auspiciado por esas hordas que enarbolan antorchas y horcas en las redes sociales, el vilipendiado recula y casi siempre les hace caso. Pensando, de esa manera, estar a salvo de la quema en la hoguera que hay situada en medio de la plaza. Sin saber que, si no se apaga rápidamente y con contundencia, simplemente habrá aplazado su ejecución.

    Pero os voy a contar un secreto, usando como ejemplo la cuna de la guillotina popular, Twitter.

    Twitter no es más que el Sálvame de las redes sociales. En el cual unos pocos hacen y deshacen la voluntad del pueblo como pequeños Nerones.
    Con la salvedad que ellos no son emperadores de nada –y menos de una Roma imperial–. Y que su casi única motivación es la tan mundana, y extendida, envidia.
    Su influencia en el mundo real no llega a casi nadie. Si no pregunten a su alrededor cuántas personas de su entorno lo usan. Igual se sorprenden del escaso número de ellos que lo hacen (si encima hacen criba con algo tan simple como si cotizan, menos aún).

    Así que mientras algunos se pasen el día buscando cabezas que cortar allí, yo seguiré disfrutando de la obra del señor Allen (o de quien corresponda linchar en cada momento) como siempre he hecho.
    Entre otras cosas, además, porque intento separar al artista de la persona. No quiero que lo que haga en su vida privada –y menos aún cuando no hay ningún delito por el cual haya sido condenado– me impida ver las habilidades que le hacen ser tratado como gran artista.

    No le demos poder a quien no lo tiene, simplemente por seguir una corriente.
    Si sólo queréis adscribiros a una moda, compraos, no sé, calcetines de fantasía.

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

  • EMPIEZO A NO RECORDAR

    EMPIEZO A NO RECORDAR

    Ya no es que añore ciertos usos diarios que se han ido marchitando con el paso de mi nueva vida, sino que directamente los estoy olvidando.

    Empiezo a no recordar a qué sabe una cerveza bebida con ganas, mientras decenas de personas a mi alrededor hacen lo mismo, en una especie de eucaristía laica.
    A no recordar el jolgorio de las calles ante la llegada de ese tímido rayo de sol que se atrevía a aparecer en medio de invierno. El que proyectaba sombras en el suelo y alegría en las caras.
    A no recordar cómo suena la música fuera de las paredes de mi casa. Incluso empiezo a no recordar cómo suena mi nombre dicho por alguien que no sea mi madre.

    Empiezo a olvidar el bullicio de una estación o un aeropuerto.
    A olvidar la emoción de preparar un viaje, aunque ese viaje no fuese más que para ir a Madrid.
    A olvidar cómo es Madrid. Cómo son sus calles, sus gentes o el acceso VIP a su particular cielo.

    Empiezo a no recordar lo que mi amigo Diego llama «abrazo de gol».
    A no recordar el trato directo, la relación personal o el tacto de la piel ajena.
    A no recodar la sensación de dar un beso. El casto y el que no lo es tanto.

    «Olvidar» y «no recordar» como síntomas inequívocos del diezmo a pagar por esta extraña situación que me está (nos está) tocando vivir.

    A pesar de todo, sigo mirando con optimismo la vida.
    Porque a sabiendas de todo lo que sucede, el ser humano es más fuerte de lo que nos podamos siquiera imaginar. Y llegará un día en el que quizá no consiga recordar ciertas cosas, pero a cambio sí podré crear el recuerdo de muchas nuevas.
    Y en esas depositaré toda mi esperanza.

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

    P.D.: ahora más que nunca, si te gusta lo que lees, comparte. De la forma que sea, da igual.

  • «EL MEJOR POST DE LA HISTORIA»

    «EL MEJOR POST DE LA HISTORIA»

    Ya no sabemos hablar sin hiperbolizar. Absolutamente todo es lo más, lo mejor, histórico…

    ¿Recuerdan el «Les sugiero que estén atentos al próximo acontecimiento histórico que se producirá en nuestro planeta» de la ex-ministra Pajín hablando de la coincidencia de presidencias de Obama y Zapatero?
    Pues con ella empezó todo, al igual que lo hizo con Kevin Roldán en el Real Madrid.

    Ahora se busca siempre la exageración como manera de atraer las miradas y captar la atención.
    ¿Acaso no nos fiamos lo suficiente de nuestro trabajo que tenemos que usar fuegos de artificio para hacerle valedor de más categoría?

    Soy de los que creen en la teoría de que si lo que uno hace es realmente bueno, despegará solo. Si no igual es que no lo es tanto. Y sino fíjense en este blog, que, tras doce años de publicaciones, aquí sigue sin llegar más allá de mis amistades y algún que otro despistado que cae por aquí… (Ah, y de fans de Taburete, que han entrado más de 4500 veces a leer lo que escribí sobre ellos.)
    Es lo que es y hay que aceptarlo (sin resignarse nunca a intentar llegar al siguiente nivel a base de esforzarse más, por supuesto).

    Y es que también soy de los que no cree para nada en la otra teoría que dice «si quieres, puedes» que tanto gusta ahora usar como bandera de progreso personal.
    «Si quieres, y te esfuerzas, igual puedes» sería más adecuado. No queramos convertir en Ícaro a todo el mundo (más que nada por los infaustos resultados, recuerden).

    Elegir el título de «El mejor post de la historia», aparte de ser exagerado, igual atrae a algún que otro aficionado a los clickbait (y si le incluyo la imagen del tiburón a punto de comerse a un militar colgado de un helicóptero, me garantizo dos más, por lo menos). Pero, ¿Realmente quiero obtener visitas de una manera que no me gusta? ¿De qué me vale que me lean aquellas gentes que no van a estar interesadas en lo que cuento?

    No sé si alguno es suscriptor de algún periódico.
    Si lo es, podrá observar que las noticias que son de pago tienen un número limitado de comentarios. Que  además, en un tanto por ciento alto, da gusto leer, porque a veces son más interesantes que la propia noticia.
    En cambio, si vas a una noticia en abierto y te diriges a los comentarios, ves que sí, la cantidad de ellos es 10 ó 20, o incluso 30 veces superior. Pero la calidad… Suelen ser del tipo «Y tú más». De esas que hacen que cierres la página.

    Desde aquí propongo a los rectores de la prensa que desactiven los comentarios para todas aquellas noticias que se puedan leer sin pasar antes por caja.
    Dejen de creer que así oyen «la voz del pueblo» porque es mentira. Como mucho oirán la voz de un pueblito, apagada por la de una gran urbe vociferante que no hace más que ir a tocar los cojones al vecino porque no tienen otra manera de aplacar sus propias frustraciones.
    Que en la batalla «calidad versus cantidad» sea proclamada vencedora, sin paliativos, la primera.

    Sé que por el camino que han emprendido de unos años a esta parte dependen de las impresiones de pantalla que tengan sus medios. Y cuanta más gente entre a insultarse entre sí, más se eleva ese número.
    ¡Deshagan el camino y vuelvan a una prensa en la que los que les leen lo hagan por interés real!
    Si uno encuentra lo que busca en un producto, pagará por él (y sino díganselo a Netflix, HBO o Prime Video, que han conseguido reducir drásticamente la piratería, aún cobrando por sus servicios).

    Pero eso sí, y con esto acabo, el producto tiene que ser bueno.
    Para ello, además de tener los mejores periodistas y firmas posibles, deberían dejar de llenar sus páginas con titulares tan gancho que lo único que consiguen es que algunos ya ni entremos. Y, ya que estamos, no dar protagonismo a noticias y personas que hace unos años no tendrían cabida ni en un libelo.
    Así sólo conseguirán que su publico se convierta en todo aquello que no quieren, mientras ven marcharse en busca de mejor cobijo al que desean. Y por lo tanto la situación se agravará y siempre irá a peor.

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis.

    P.D.: ahora más que nunca, si te gusta lo que lees, comparte. De la forma que sea, da igual.

  • NO MOLESTAR. ESTOY VIVIENDO

    NO MOLESTAR. ESTOY VIVIENDO

    Me imagino que a partir de ahora el camino va a ser más tortuoso y difícil, pero espero que más satisfactorio.
    Las redes sociales se han convertido en todo lo que aborrezco. Y como el 1 de enero de 2021 me parecía un día estupendo para decir adiós a lo que no quiero que siga conmigo, así lo he hecho con ellas.

     

    Siempre he dicho que escribía (o grababa) por verdadera satisfacción personal (o por empatía), y no por conseguir el aplauso ajeno. Veamos si era verdad o simplemente falsa modestia.
    Mentiría si dijese que no me gustaba ver muchos «Likes» y «Me gusta» cada vez que publicaba algo (ya fuese un post, una sesión de música o una foto que había encontrado por ahí y me gustaba compartir). Pero lo que no quiero es que esas muestras de aceptación acabasen siendo el fin de todo.

    Bajo mi punto de vista, las RRSS se han convertido en un escaparate del yo en vez de un lugar de encuentro para todos.
    Y eso no debería ser así, porque lo único que se consigue es mucha gente hablando al mismo tiempo, logrando que nadie escuche al resto.
    Por lo tanto, al igual que otras muchas veces cuando no he estado de acuerdo con algo, la primera medida de cambio es alejarme de aquello en lo que no creo para así no seguir alimentándolo.

    De Twitter ya me fui hace unos años, y nunca me he arrepentido. Así que ahora le toca a Facebook y a Instagram desaparecer.
    No voy a borrar las cuentas, porque creo que pueden ser –algún día– un buen diario de nuestras propias vidas. Muchos recuerdos y vivencias hay guardadas en ellas. Pero sí se van a quedar sin uso. Y yo mismo me voy a encargar de eliminar todos los accesos que pueda tener a ellas.
    Que tanta salud tengan como descanso dejan.

    Con WhatsApp, tras mucho meditar, voy a tomar medidas distintas.
    Sé que no me puedo ir de él porque sería vivir de espaldas al mundo, y todavía no tengo la edad para poder permitirme esos lujos. Pero sí que voy a intentar hacer desaparecer lo más parecido a una red social que hay dentro de él, los grupos.
    Quien quiera hablarme, que me escriba. Y con quien quiera hablar yo, pues le escribiré.
    Será todo más laborioso, pero seguro que fortalecerá las relaciones interpersonales que merezcan la pena.
    ¡Qué más puedo pedir!

     

    Por lo demás el resto de cosas seguirán como siempre, porque al fin y al cabo soy programador y diseñador web. Y sería del género tonto renegar de la vida digital.

    Quien quiera encontrarme, sabe de sobra dónde hacerlo.
    Os diría que también sería fácil buscarme en la terraza de los cualquiera de los bares de mis amigos tomándome un whisky. Pero entre la pandemia y mi mala salud de hierro, eso no ya no lo puedo asegurar tan fehacientemente como antes.

    A partir de ahora, cuando escuche un disco que me ha gustado, vea una peli que me ha entretenido, visite un lugar bonito o, mañana mismo, disfrute del Concierto de Año Nuevo… no lo reseñaré en esas armas de destrucción masiva en las que se han convertido las redes sociales, sino que simplemente las disfrutaré en primera persona. Y tal vez, si así lo queréis, hablaré de ellas aquí o en los podcast.

    Por lo tanto, señor Zuckerberg y allegados, no molestar. Estoy viviendo.

     

    Besos para ellas y un abrazo para los demás.
    Se os quiere y lo sabéis (ahora más que nunca).